Jorge Fernández

1998

,

Granados

en la entraña más voraz de la naturaleza, la impunidad se alza como humo hasta chocar con su propia condena: una inmersión sin retorno donde todo lo profano queda expuesto ante plegarias subterráneas

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FOSA


La tierra caía sobre mi cara como lluvia negra. Era una tierra húmeda, repleta de lombrices. Desde arriba, el sol entraba por el círculo que se dibujaba a lo lejos y, allá, cuatro hombres, como soldaditos de juguete, paleaban aún más. La fosa era como un reloj de arena llenándose, acumulando horas, caía la tierra sobre todos nosotros.

Yo estaba en la cúspide, en la cima de todos los cuerpos; fui el último en ser encontrado y me lanzaron casi vivo, casi muerto, sin asegurarse, porque eso ya no importaba, no habría evidencia. No sabía quién estaba hasta debajo de la torre carnosa: tal vez una vaca, tal vez un gato, tal vez un niño.

Pronto la tierra empezó a cegarme y las lágrimas a correr. El sol que se colaba por arriba estaba siendo ocultado; también nos robaban el sol, y eso era lo más cruel de todo. Mi cuerpo se arrastró bajo tierra para sentir su hambre y su sed, para ser tributo de las deidades y victoria de los demonios, mientras mi alma regresaba a un tiempo remoto, a un útero antiguo.

Entonces recordé una vez, cuando regresaba de la ciudad, subiendo por verdes montañas en el carro de mi padre, que el valle a los pies de la cordillera, repleto de cemento, de casas y de edificios, lucía dorado por el sol, aunque las montañas estaban cubiertas de nubes y niebla. Era una tarde azul, una tarde de domingo de noviembre, y me pregunté por qué las nubes huían, como desplazadas de guerra, de ese valle herido repleto de barrancos.

Pensé en cómo habría sido aquella tierra antes de todo ese mar de cemento sobre ella, antes de que el humo negro la cubriera, antes de que los ríos fueran secados y antes de que se llenara de aceite el suelo. Incluso antes de los abuelos de los abuelos de los habitantes de la ciudad. Antes de que sobre esos territorios crecieran reinos y pisaran esas tierras sacerdotes, guerreros o reyes sabios. Antes de que los primeros habitantes de nuestro continente cruzaran el estrecho de hielo y encontraran aquel rincón perdido entre un verdor inmenso, imaginé pájaros.

Pájaros que volaban, que revoloteaban sobre mi cabeza, envueltos en un humo lavanda. El humo parecía tener vida, y flotaba hacia arriba, hacia el cielo, junto a los pajarillos que, de pronto, eran de muchos colores, y me di cuenta de que eran colibríes. Pero el sueño se transformó: los pájaros se volvieron una tormenta en el cielo, una explosión de sangre hirviendo y de plumas. Miré el humo lavanda y sentí la contaminación en el aire, producida por los cuerpos quemados que flotaban en círculo como un tornado que subía y subía buscando las nebulosas. 

A lo lejos, todavía con algunas chispas de nervios rebeldes, sentía los ecos de botas grandes y pesadas apelmazando la tierra en la cima, hasta que ya no me llegaba el aroma a casa quemada, a ropa raída y a filo mojado. Después me sentí distante, enaltecido sobre las cenizas de aquel pueblo que se quedaba atrás en el tiempo.

En algún punto todo se tornó oscuro y yo estaba en el centro de un círculo. Cuatro caminos se abrían a mi alrededor, y de ellos aparecieron caminando, lentos y protocolarios: mi abuelo, mi padre, mi hermano y mi mejor amigo, y me saludaron descubriéndose la cabeza de los sombreros blancos que llevaban puestos. Los cuatro sostenían también veladoras.

El canto de los tecolotes que llevaban en su pico pulgas y sapos resonó en mi mente; era un llamado que no sabía quién hacía. Y entonces, una voz en mi interior dijo: «Aquí no hay llamas ni crujir de dientes, solo ríos de sangre y casas de navajas». Y comprendí que no importaba que el tiempo y la tierra me sepultaran, pues yo ya era parte del movimiento.

Recordé en mi letargo subterráneo que una vez creí que las estrellas eran del mismo tamaño en el cielo y debajo del mar, que una hoja de nance valía lo mismo que la galaxia entera, y que una lágrima de serpiente era igual de dulce que la de un bebé recién nacido.

Los cuatro hombres, uno parado en el camino negro, otro en el amarillo, otro en el blanco y el último en el rojo, levantaron sus machetes y jugaron sus filos entre ellos, carcajeándose, hasta que, desde un punto en las alturas de todo lo que existe, un sombrero blanco cayó sobre mi cabeza. Entonces una mujer ultrajada de rostro parecido a la Virgen del pueblo se apersonó ante mí y me cubrió con su manto de seda.

Allá arriba o allá abajo, sobre la fosa, el humo era exterminado por la lluvia de esa tarde gris, y las casas, los cuerpos y la vida humana se disolvían en el tiempo. Un niño de ojos color jade era arrastrado por uno de los hombres de botas, y solo en él, escondida entre sus pupilas verdes que fueron sus guardianas, la memoria de nosotros era salvada del olvido corrosivo.



ZORRO


El cañaveral lo reclamaba con cada movimiento que el viento provocaba sobre sus vellos llenos de azúcar.

—Has de pagar —susurraba con miles de voces de mujeres el campo entero.

Y él solo veía la caña volar a su alrededor en un torbellino hecho de fuego, de dulce y de sangre cocida por el sol ardiente. 

Mientras moría en el centro de aquel vórtice que se lo devoraba, recordaba su casa en las secas colinas, lejos, muy lejos de la costa depredadora, a los pies de la sierra que partía el mapa con los huesos de su espalda.

Allá, a los pies de la sierra quedó su pueblo, que también lo aborrecía, pero era su pueblo, él y sólo él podía masticarlo y escupirlo entre las muchas fosas comunes de su patria. Pero la costa no. Ella no tenía el derecho de devorarlo.

Había sido malo siempre, desde niño, desde feto. Pero antes de ser malo, fue astuto, sagaz como un zorro, ágil como el rayo y frío como el agua que bajaba desde las montañas.

El zorro. Eso era y estaba orgulloso. 

Sus manos fueron fauces cuando robaba gallinas, sus pies patas acolchonadas que apagaban el ruido cuando se inmiscuía en las tienda y su rabia era su instinto de cacería cuando, sin ceder a los gritos y a la sangre, forzaba a las mujeres en lo profundo del cementerio de su pueblo.

Una vez escuchó a su padre hablar sobre el señor que cuida a los zorros, un viejo hecho de sombra y niebla que los esconde de la escopeta y que los impulsa a saltar por los barrancos.

Y aunque él no era religioso, vio hacia el cielo, hacia las densas nubes que cubrían las puntas de los cerros y sintió que ese espíritu le guiaba sus pasos de animal, sonriéndole desde arriba, pícaro, secuaz. 

Y por eso no solo era un zorro: era el zorro listo, el zorro risueño. El zorro que no necesitó más armas que sus garras y su onda para acechar a sus presas. El zorro bendecido por el Señor.

Se libró de muchas trampas, de muchas jaulas y de muchas balas, pero la costa fue más ágil que él y ahora, desde el suelo cubierto de tuna y de hojas filosas, veía el fuego y al humo bailar frente a él, moviendo sus caderas.

Su madre ya había muerto, su padre también, y su hermano lo repudiaba. Sus hermanas no tenían alma, el odio no las conocía, pero el amor parecía no poder habitar en sus corazones de mujeres pobres.

Era un zorro y, como tal, estaba destinado a la soledad.

Su pueblo, su amada madriguera, ya nunca lo recibiría. Las gallinas se armaron y desterraron a su cazador. La montaña, que siempre le fascinó, lo sacudió de sus faldas, y ahí él sintió el dedo índice incrustado en su corazón.

La larga costa, con sus orillas calientes y su selva de bananales, caña y algodón, fue su salida. Viajó cuesta abajo, buscando sofocar el hambre entre aquellas plantaciones que parecían infinitas; infinitas y calientes, asfixiantes. Sin embargo, el zorro es zorro en todas partes, y el calor del sur extrajo desde el fondo de su alma la rabia que brotó espumosa y espesa.

Clavó sus colmillos en una chiquilla que buscaba entre los senderos de las plantaciones a su padre para llevarle el bastimento y por un segundo, entre su jadeo y regocijo, creyó que renacería también en esos suelos repletos de pesticidas (no como los suelos negros y con olor a húmedo de arriba). Pero ahí no se toleraba nada, ahí los zorros estaban rodeados por lobos y por hienas.

Una cuadrilla entera siguió sus huellas, y con el filo de un machete plateado le abrieron el pecho. Pero el zorro corrió, golpeándose la cara con las cañas y cortándose las plantas de los pies con las hojas secas. Se refugió entre el bagazo, acuclillándose y sonriendo de miedo.

Pero el bagazo se quema, y pronto el olor a gasolina se mezcló con el hierro de su sangre.

—Has de pagar —gritó de nuevo la caña con la voz de muchas mujeres.

Y no supo si lo que veía era real o no, pues su corazón luchaba para tamborilear y no parar.

Pero lo que veía era hermoso.

Un zorro hecho de humo negro, otro hecho de fuego azul, otro de miel de caña y otro de sangre jugaban entre ellos delante de sus ojos. Se mordían, saltaban, se perseguían las colas y hacían ruidos. Nunca antes había conocido la voz de un zorro.

El fuego se acercó hasta sus piernas, y con una voz que regurgitaba lo empezó a devorar, mientras el humo se alojaba en sus pulmones para hacer su nido y la sangre sabía a caña.

Pero los zorritos seguían jugando delante de él, y él aún podía verlos, pues sus ojos aún no explotaban por el calor.

Y entonces los zorros corrieron hacia el cielo, y el Señor que los protegía se apersonó entre las nubes para recibirlos en su regazo; con su arco, con su flecha, con su barda de nubes negras.

No obstante, a él no lo veía, ni lo llamaba, ni lo recibiría.

Y entonces, el zorro, el gran zorro, aquel zorro de las tierras altas, por fin conoció el sufrimiento.


*Inéditos



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