20 AÑOS
Decía que uno está preparado para la amistad,
no para los amigos.
Que uno se acostumbra a las palabras,
a los paseos largos,
a las tardes solitarias,
pero no a las sombras proyectadas en las paredes.
Decía que los libros le presentaron muchos amigos
y que por eso él se los presentaba a sus lectores.
Decía que a Cela y a Umbral, ni en pintura,
pero que a Quiroga, a Felisberto Hernández,
a Borges había que pasarles tocando la puerta.
No como un mensajero con un paquete,
sino como un niño travieso que corre y se esconde.
Decía que cuando no puedan escoger entre un amigo y otro
digan que los dos son buenos en algo que nadie entiende.
Sugería que los amigos los hiciéramos de tres en tres,
o de cinco en cinco. Y si era posible,
de nueve en nueve o de quince en quince.
Pero jamás de uno en uno.
Decía que la consolidación del estilo
puede llevar a la planicie, a la monotonía,
eso que llaman conformismo
(que es bueno para las finanzas, no para la amistad).
Han sido veinte años
sin el tipo que decía que los amigos son raros,
pues desaparecen.
Sin el tipo que al visitar la casa de Nicanor Parra
juró que el fantasma de Huidobro le había jalado el pantalón.
Sin el tipo que leía a Osvaldo Lamborghini
solo cuando se sentía valiente.
Sin el tipo que leía a Borges
sentado en la tumba de algún funcionario.
Que decía que el valor no sirve para nada,
pero que sin él no se puede vivir.
Veinte años sin el tipo que dijo:
La muerte es un automóvil con dos o tres amigos lejanos.
Veinte años sin el tipo que dijo muchas cosas,
muchas verdades,
y solo se equivocó en una:
uno está preparado para los amigos,
pero no para perderlos.
APRIL IS THE CRUELLEST MONTH
¿Confiarías en mí? ¿En la noche? ¿Otra vez? ¿Correrías
a mostrarme las nubes que le arrancaste a Dios el fin de semana?
¿Si te dijera que lo siento, tomarías mi mano, o dirías, como siempre,
no es nada? ¿Dirías: así es la vida, o como te gustaba decir, c’est la vie?
¿Volverías a dejarme plantado por una llamada cerca de la medianoche?
¿Volverías a decir: la vida es una coincidencia, una rareza involuntaria?
¿A rendirte, a poner un libro en el tocadiscos? ¿A decir: esa es la mejor parte:
siempre hay una batalla: siempre hay más en los ojos que en lo visto?
¿A decir: hace mucho que no hablas, esos teléfonos te están matando?
¿Volverías a cerrar los ojos, a decir: déjalo todo, volvamos a los caminos?
Lo sabes, lo supimos: como un cometa abriendo un paracaídas:
Mario Santiago, Rimbaud, Kurt Cobain, el Gran Rey Lagarto.
La muerte son dos amigos sentados sobre sus propios libros
esperando a ver a quién le crecen alas primero, habrías dicho
mientras rodábamos de casa en casa después de que nos cerraran el bar…
¿Lo volveríamos a hacer? ¿Volverías a decir: no es nada,
lo ha hecho otras veces, él volverá? ¿Volverías a quedarte
dormido, esperando una llamada, sabiendo que al contestar
no será mi voz? ¿Volverías a esconderte tras unas gafas negras,
una camisa negra, y un pantalón negro, en el día más soleado del año?
¿Volverías a practicar unas palabras que no dirás? ¿Volverías
a pedir que abran la caja, aun sabiendo que al fondo no estaré yo,
sino el mar, la noche? ¿Volverías a girar la rueda? ¿A decir
I’m with you in Rockland, donde ambos somos temibles escritores
sobre las mismas temibles hojas, donde tu pronóstico es la noche
y lo transmiten las aves, donde tu nombre está escrito en letras doradas
y nadie sabe que te llamás Verlaine, Rimbaud, Jean Michel Basquiat
y José González Orama, donde el canto de un pájaro se pierde
entre el fango luminoso de un montón de preguntas inútiles,
donde una grieta se abre una y otra vez y la luz no penetra?
LA BARCA DE TESEO
¿Qué será de mí
sin mi cabello,
sin mis dientes,
sin mi ropa talla S,
cuando tenga que abrir
dos o tres agujeros al cinturón,
cuando el espejo no se reconozca,
cuando el rostro sea un rompecabezas,
valorado más por las divisiones
que por la imagen que forma?
¿Qué será de mí
sin mis cuadernos,
sin mis libros subrayados,
sin mi fama de niño que no crece?
¿Qué será de mí
cuando la estación llegue con nuevos colores,
cuando las hojas hayan desaparecido bajo la nieve,
cuando la gran mudanza de lo permanente
encuentre el vacío de nuevo?
¿Qué será de mí
cuando solo queden
mis dedos flácidos en tus dedos flácidos,
cuando el polvo de mi nombre encuentre el polvo de tus labios,
cuando mis ojos cerrados se vean por última vez
en tus grandes ojos abiertos?
BLOOMSDAY
16 de junio, el día de Leopoldo Bloom, la historia moderna de Odiseo, el relato común de los hombres que «salen de casa a buscar su hogar». De esta expedición, Constantino Cavafis acota la importancia del viaje por encima de la meta, que Ítacas abundan, pero ninguna será tan perfecta como la última, que atracaremos, envejecidos, de regreso a la isla, enriquecidos por lo que las heridas nos han enseñado. Ese será acaso nuestro destino: descubrir el valor de las Ítacas estando lejos de ellas. Mientras tanto, la espada habrá de fatigarse en minúsculas venganzas, en pequeñas parábolas sin auditorio, sin otra intención, como refiere Borges, que la de preguntar por aquella sombra que en los días y noches del destierro erraba por el mundo como un perro, afirmando que Nadie era su nombre.
Después de todo, somos aquello que precisamente hemos expulsado de nuestras vidas.
*De Los amigos son raros (Proyecto Edit. La Chifurnia, 2026)
ASUBHÃ III
Es ahora cuando el invierno abre mi pecho.
Es ahora que lloro
como una represa que el invierno ha roto
Yo me licencié porque mis padres nunca pudieron,
ni mis abuelos tampoco. Todo el bosque cayó en mi hoja.
Todo el mar buscó mis zapatos.
Fosas de ayer. Fosas de hoy. Fosas de noche.
Un tambor de horror perseguía mis pasos.
Oh, Nicanor Parra. Oh, Tomas Gösta Tranströmer, alguna vez grité,
borracho, tu nombre, mientras tus versos le devolvían la vida,
dentro de una ambulancia, a mi alma desplayada entre la aurora.
A través del espejo del tiempo, me recuerdo, con los pulmones en alto
y la adolescencia empuñada, tirando tomates
a la rectoría del pasado, derribando las puertas de los libros,
un día domingo, ignorando que es día de fiesta.
Yo pesadillaba con los Heraldos Negros,
cuando solo tenía dieciocho años.
Y creía en Vallejo y su Dios enfermo. Y creía que Dios tenía catarro.
Deseaba una segunda Babel.
Pero el cielo cayó como toro espeso en mi corazón.
La Biblioteca, La Huelga de Barrenderos, El Comunismo,
todo fue corazón de juventud, ala clavada en la voz de un pájaro,
mancha de luna en la ventana.
Cuando se es joven, uno tiene tantos sueños que se duerme en las aulas.
Al leer la hoja de vida, la piel ya no se reconoce
en sus latidos, en sus miradas, en sus máscaras
que se buscan, brincan y acechan.
Llega el día en que uno se despierta y se busca el cabello,
pero se toca la calva, y a uno se le ocurre que tal vez han despertado
a uno diferente y que el verdadero yo sigue durmiendo
en una revista indexada en algún país del norte.
Llega el día en que uno ya no cabe en su cuerpo,
que la sensación de frío toca todas las palabras,
que el corazón ya no parece tan blindado y que el polvo de la piel
regresa como una estatua que una tormenta ha desenterrado:
sexos de múltiples patas, árboles podados de consciencia,
briznas de yo, trajes de ayer y muerte; todo percudido,
todo barnizado en una helada capa de culpa.
Es la burocracia del otoño, el rascacielos de los años,
la vida demente que cavila sobre el olor pestilente del cadáver.
Atrás quedaron las estaciones de piernas abiertas al final de la cama,
los trenes perfumados con vagones de labios diferentes.
Atrás quedó la boda blanca donde juré ser más casto que Domingo Savio.
Los que alguna vez quisieron el cambio,
ahora, ni desnudos, se pueden quitar el uniforme de burócrata.
La vida supura su venganza en nuestras manos que friegan pañales
y corbatas contra el fregadero recostado en el corazón,
mientras la consciencia sigue durmiendo en un escritorio
de filosofía o de ciencias médicas.
Es ahora que un silbato de puerto trae consigo la carta ceniza del tiempo:
que en Bora Bora, París y Londres no te pudiste encontrar;
que sos huérfano y también lo son tus padres,
que tu consciencia es un cadáver dormido
frente a un pizarrón en rectoría.
¿Dónde quedó tu juventud soñadora que soñó alguna vez
no soñar que despertaba?
¿Dónde quedó el vagón del verano,
de cuyo rumbo te burlaste tanto?
Al final todos acabamos pintando sacos y corbatas en el tímido muro
del anarquismo universitario.
Yo también soñé con gasolina. Yo también soñé con los puños en alto,
con la cordillera revolucionaria que caminaba mordiendo frío.
Yo también fui cursi. Yo también rugí los versos cursis de O. R. C.
Y aquí estoy, veintidós años después, como un buda de piedra, muerto,
con Hitler y Freud, mientras un diván me cuenta sus problemas.
SE BUSCA
Ayer perdí mi sombra.
Yo, que la sacaba a pasear
y la cubría cuando la luz le dañaba los ojos,
la perdí.
Pero la sombra de todos los hombres se parece.
Quizá no la he perdido,
tal vez me la robaron.
¿Pero cómo saberlo?
¿Cómo saber si la sombra que tengo
es la que nos han dado?
¿Cómo saber si la nítida silueta,
entre todas las que hay, es la correcta?
Quizá tengamos la sombra de otro
y otro tenga la nuestra,
y nunca lo sabremos.
Quizá yo soy la sombra de mi sombra
o la sombra de otro hombre.
Quizá yo también esté perdido
y quizá nadie me esté buscando.
*De ASUBHÃ (Editorial Universitaria, 2016)
Matheus Kar en IG: https://www.instagram.com/matheus_kar_/


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