EL CAFÉ Y EL EMPAREDADO
Juan Demetrio llega al café como todas las tardes. Lo de siempre, ¿verdad?, le dice una de las meseras, y la pregunta hace que se sienta incómodo con lo invariable de su rutina por primera vez. Sí, lo de siempre, responde a pesar de la incomodidad, mientras piensa qué cambios aplicar para no ser tan evidente y rutinario durante las tres horas que, como todos los días, planea estar frente a la taza de café. Nunca ha leído, en la primera página del menú, la historia sobre los antiguos sucesos acontecidos en las instalaciones de la cafetería. Le parece buena idea hacerlo y pide uno con la excusa de ordenar un emparedado. Abre el menú, ve las primeras líneas: La casa donde usted degusta de nuestras bebidas y postres… Pero entonces lo saluda con efusividad Carlos González y González, su amigo de la temprana juventud, y Juan Demetrio alterna la lectura con la conversación para aniquilar por completo la rutina.
Durante la Capitanía General de Guatemala, el inmueble era llamado la Casa del Conde y, de las escasas viviendas alrededor de la Plaza de Armas, fue de las más lujosas. El conde de la Gomera, su propietario, siempre procuró mantener los jardines poblados con las orquídeas más hermosas del continente, las paredes adornadas con pinturas de Tomás de Merlo y Cristóbal de Villalpando y un séquito considerable de damas y esclavos para atender, en todo lo necesario, a su distinguida esposa. La cantidad de personas en la vivienda tranquilizaban al conde durante sus viajes a España. Nada podía sucederle a ella acompañada de tanta gente. Recibido el nombramiento como capitán general de Guatemala, debía atender el llamado del rey y viajar a Europa por cuestiones de trabajo cuantas veces fuera necesario. En varias ocasiones recorrió el océano Atlántico de ida y vuelta con total tranquilidad y sin encontrar nada distinto a su regreso.
Perdoname, estaba leyendo, le dice Juan Demetrio a Carlos González y González. Esta historia está muy interesante. Carlos no presta mayor atención y continúa contando lo sucedido durante todos los años sin verse. Sí, como te digo, mi esposa me dejó por otro. Aprovechó mi estancia en los Estados Unidos para gastarse las remesas con su amante. Juan Demetrio suspende la lectura y ve a Carlos directo a los ojos, los encuentra llenos de odio y de nostalgia. Trata de cambiar el tema, no quiere que su reencuentro se incline hacia conversaciones desagradables. Carlos le sostiene la mirada y externa sus deseos de venganza. No se vale, Juan, no se vale que se aprovechen de que la gente trabajadora está lejos para acostarse con la mujer de uno. ¿Pero tenés idea con quién te engañó? Si me aceptás un consejo, deberías dejarlo por la paz. Pero no, Carlos no piensa dejar por la paz nada y mientras avanza en los detalles se exalta más. Juan aprovecha que, a través de los pasillos coloniales de la cafetería, aparece una mesera para ofrecerles café y retoma la lectura con discreción.
Atendiendo el llamado del rey, el conde de la Gomera salió de la ciudad de Santiago en busca del Atlántico para emprender su travesía hacia el viejo mundo. Hacía mal tiempo, la fuerza desmesurada de un huracán arrugaba con violencia las aguas del mar, volviendo imposible embarcarse esa noche. A decir del capitán, el mal clima duraría cerca de dos semanas. El conde decidió volver a la ciudad en lo que mejoraban las cosas y emprendió el regreso a través de las indomables montañas de Guatemala. No estaba en sus planes ser un náufrago… La ausencia que debía durar dos años se redujo a tres meses. La Plaza de Armas lo recibió silenciosa; todo estaba tal cual lo dejó, excepto la casa. Por entre los muros implacables del silencio, se abrió una grieta de ruido casi imperceptible. Provenía de su hogar, eran risas, risas provocadas por el placer sexual y la lujuria, no por los chascarrillos. Dijo a sus acompañantes que se dispersaran por la ciudad. Se quedó solo con su hombre de confianza e ingresó con cautela hasta el dormitorio, donde la condesa estaba acostada con un mucamo.
Mirá que este inmueble donde nos encontramos tiene su historia y es muy interesante, le dice Juan Demetrio a Carlos González y González. Ya lo sé, se limita a responderle, mientras busca la manera de conducir de nuevo la conversación hacia el engaño de su mujer. Juan se opone sin decirlo y le pregunta sobre su profesión y sus pasatiempos en los Estados Unidos. Con ese tema Carlos se olvida de la infidelidad por algunos minutos. Allá viví en un barrio habitado por migrantes africanos. Trabajaba de taxista y al finalizar las jornadas pasaba largas horas hablando con los vecinos sobre el vudú… Juan Demetrio se asombra, pero se interesa, le pregunta si un mestizo americano puede acceder a ese tipo de poderes. Carlos le responde afirmativamente y le confiesa que él consiguió no solo acceder, sino dominarlos a plenitud. Tal vez porque en mis venas, además de la maya y la española, corre también sangre garífuna, aunque en porcentaje menor. ¿Dominarlo? ¿En serio? ¿Para qué?, pregunta Juan, y Carlos, sonriendo con misterio y picardía, le responde con otra pregunta: ¿Cómo crees que me enteré del engaño de Cristal?
El rostro de la condesa fue eclipsado por un halo de terror. El mucamo quiso envalentonarse, pero fue sometido a fuetazos. El conde de la Gomera alzó a su esposa por los cabellos, la tiró al piso y la cubrió de insultos y de puntapiés… pero algo lo detuvo. Aún la necesitaba para mantener impoluta su imagen de capitán general. La dejó retorciéndose de dolor en el suelo de la habitación que cerró con llave tras sacar arrastrado al mucamo. Mandó llamar a todos, ataron al adúltero y el conde se sentó en uno de los paradisíacos jardines a meditar sobre la manera más oportuna de proceder. No podía concentrarse; dentro de la habitación se quejaba su mujer, afuera protestaba el amante. Lejos de irritarse, una sonrisa malévola le cruzó el rostro. Se le había revelado la mejor forma de efectuar su venganza. Matarlos no era opción, no pagarían con sufrimiento la vergüenza que él estaba sufriendo. Se levantó y sin demora mandó a uno de los esclavos por materiales de construcción.
El nombre de Cristal resuena como cristalería rota en la mente de Juan Demetrio. Da pequeños sorbos a su taza de café y algunas mordidas al emparedado para disimular los nervios frente a Carlos González y González. Intenta con mayor ímpetu cambiar el tema de conversación, pero no le es posible. Carlos vuelve a la carga, empieza a revelarle a Juan cómo llegó a dominar el vudú y cómo pudo descubrir la infidelidad de Cristal. Le habla a detalle sobre una de las tantas veces que ella se fue con su amante. No cabe duda, la esposa de su amigo de juventud es la misma Cristal Girón que él conoció hace cuatro meses en una discoteca y a quien hasta en ese momento consideraba su novia… Pero si Carlos de verdad tiene poderes de brujo, así como supo que ella estaba engañándolo, debe saber que él en ningún momento tuvo conocimiento de esa relación; debe estar consciente de que él la creía soltera y todo lo hizo porque no tenía conciencia de estar dañando a alguien; y si conoce los pormenores, no puede estar buscando venganza en su contra, ya que es inocente. Carlos lo mira, Juan baja la vista y la diluye entre las letras del menú.
No importaron los gritos implorando clemencia, el mucamo fue inmovilizado mientras construían un muro a su alrededor, en el fondo de la casa. Fue enterrado vivo, sin ninguna clase de compasión. El muro semicircular lo apresó hasta el último suspiro, apenas una abertura en la parte alta, cerca del techo, dejaba salir sus lamentos para satisfacción del conde que noche a noche escuchaba los efectos de su venganza y los veía en los ojos de angustia de su mujer, que se torturaba con los gritos. No se sabe con certeza cuánto tiempo duró el emparedado con vida, solo se sabe que en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala la historia nunca fue confirmada, solo se mitificó, mientras el conde de la Gomera y la condesa continuaban como un matrimonio feliz ante la sociedad… Durante la restauración del inmueble, para habilitarlo como cafetería, se encontró, tras un muro colonial, la osamenta del mucamo revuelta con cadenas oxidadas. La casa fue exorcizada; sin embargo, algunos comensales cuentan que han escuchado lamentos al pasar por ahí cuando se dirigen a los servicios sanitarios…
Juan Demetrio se levanta rumbo a los sanitarios, para despejar la mente y lavarse el rostro a ver si se le va la especie de ensoñación que le provocó la noticia. Carlos lo interrumpe y con sonrisa burlona le dice cuidado, no te vaya a espantar el adúltero que fue emparedado en esta casa; lo pronuncia como si él también hubiera leído la historia escrita en el menú. Juan hace como si no le presta importancia y se va disimulando los nervios. Se siente como en sueños, trata de quitarse la sensación lavándose el rostro con agua fría, pero es inútil. Alza la mano temblorosa e intenta abrir la puerta del servicio sanitario; el brazo le pesa como si cargara una maldición, pero logra entrar y por un momento se siente libre de la presencia de Carlos González y González. Eso no le sirve de nada, porque el miedo lo invade de nuevo cuando escucha entre los muros coloniales una especie de queja centenaria.
Así que, apreciado cliente, leyó Carlos González y González en el menú, el lugar donde usted bebe su café es un recinto histórico, testigo de profusos acontecimientos que han marcado el rumbo del país. Cada uno de nuestros platillos y cada una de nuestras bebidas están impregnados con la historia de la Casa del Conde y del amor de nuestras colaboradoras. Deseamos que disfrute su estancia y estamos seguros de que no querrá irse nunca de nuestras instalaciones. Carlos soltó una sonrisa y dijo para sus adentros hay personas que, aunque quieran irse, no podrán hacerlo nunca más… Pidió la cuenta, sí, sí, también la de mi amigo la pago yo. Dejó una propina generosa y salió del recinto, mirando el fondo de la casa por última vez.
Al parecer, Juan Demetrio sufrió un desmayo, pero se incorpora poco a poco. Se siente desubicado; pronto recuerda que está en el café con Carlos, que la situación es complicada, pero debe hacerle frente. Intenta salir del servicio sanitario, y lo intenta en vano; no encuentra la puerta; cuatro paredes implacables lo circundan. ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Empieza a sentir claustrofobia, desesperación y miedo, pero a través de las paredes se filtra un rayo de luz y coloca sus ojos en la hendija; el café continúa con el mismo ritmo, van y vienen los turistas y los comensales, varios leen el menú, y entre el desorden cotidiano del restaurante, distingue la figura de Carlos de la Gomera que ya se retira del lugar, acompañado de Juan Demetrio, su amigo de la temprana juventud… Antes de cruzar definitivamente el vano, ambos voltean a verlo y se ríen. Entonces comprende todo: nunca más volverá a salir de esas cuatro paredes; ha terminado la vida para él y deberán pasar quinientos años para que el mundo encuentre su osamenta y su alma sea liberada a cambio de la de otro adúltero y gracias a otra venganza… ¿O no?, piensa, ¿será que nunca fui Juan Demetrio y llevo aquí más de medio milenio pagando por mi error? Grita con desesperación, pero los muros ahogan su voz; solo algunos comensales voltean a ver con cierto asombro hacia el lugar donde está encerrado, para luego volver a las mesas y murmurar quién sabe qué cosas…
*Inédito
Pablo Bejarano en IG: https://www.instagram.com/pablo_bparedesss/


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