MARÍA
Sus padres pensaban que era muy joven para quedar embarazada. Era su única hija y no podían permitir que tuviera novio a menos que este estuviera dispuesto a casarse con ella.
—Sus estudios son su único oficio —decía su papá—, sentenciando que cualquier interacción con el sexo opuesto era una pérdida de tiempo.
No la dejaban realizar las tareas del hogar, porque eso se aprendía hasta el matrimonio. Camila tenía veinte, y por más que sus padres la hubieran metido en colegios católicos durante su adolescencia, ella había quedado embarazada.
En sus tiempos libres, le gustaba ver personajes animados, principalmente los de la oleada japonesa. El anime era su único compañero detrás de toda la iconografía católica colgada en las paredes de su hogar. Nunca les dijo a sus padres lo que veía. Se imaginaba a su madre gritando, diciendo que lo que veía era del diablo, y a su padre castigándola.
Camila había empezado recién la universidad; había repetido varios años en el colegio. No era rebelde; al contrario, era obediente, pero las cosas no se le quedaban pegadas a la cabeza. Cada vez que intentaba estudiar, el vértigo se apoderaba de ella: sentía que le faltaba el aire y le dolía el pecho. Esto empezó a pasar en sus primeros años de adolescencia. La llevaron a varios doctores, pero estos siempre recomendaban a un psicólogo. Sus padres nunca la llevaron porque decían que eso era de locos. Así que Camila no tuvo otra opción que seguir estudiando con sus constantes mareos.
El día que supo que estaba embarazada, no lo creyó. Ella nunca había tenido relaciones con ningún muchacho en su vida. De hecho, no se llevaba con sus compañeros de clase y le costaba tomar confianza. Era tímida, asustadiza y solitaria.
—¿Cómo pasó esto? —se preguntaba a sí misma.
Si nunca había tenido contacto directo con nadie. Había tenido un sueño inusual unas semanas antes: un sueño con su personaje favorito, Haru. Pero nunca pensó que eso podría embarazarla. Pese a lo estrictos que eran sus padres, Camila sabía reconocer cómo era la reproducción humana. Todo el conocimiento que tenía del sexo salía de Internet.
No se sentía lista para tener un hijo. Sentía los mareos de siempre; esta vez eran más fuertes. La responsabilidad no era una simple tarea que entregar; la responsabilidad era el golpe puro de la adultez. A pesar de que recién había pasado su adolescencia, ella no se sentía una adulta y comprendía las complicaciones que tener hijos le causaba a los jóvenes.
Siguió intentando con distintas pruebas que encontraba en la farmacia. No tenía tanto dinero, solo un pequeño ahorro de lo que le daban para su pasaje de la universidad. Cada prueba daba la temida cruz que marcaría el fin. Sentía que iba a morir, que a ella le tocaría cargar un martirio que ni siquiera había provocado —al menos no conscientemente.
Dentro de sus fantasías habitaba el personaje de ojos grandes y labios delicados. Su cuerpo esbelto y fuerte. El cabello color azul. Perfecto para ella: lo veía y se emocionaba al instante. Repetía las escenas para no perderse ningún movimiento. El anime no era un hentai —aunque ese género lo consideraba un placer culposo, principalmente el que tenía que ver con relaciones homosexuales—, pero Haru la hacía sentir muchas cosas que no había sentido antes por nadie: era amor, pero también deseo. Sentía calma cuando pensaba en él, locura en su cuerpo moviéndose al compás de la animación. Imaginaba que podía hablarle y tener una conversación siendo la protagonista. Pero también pensaba en que deseaba que la tocara, que la llenara de él, que le besara todo el cuerpo.
Se quería sentir hermosa, como esas chicas que hacían cosplay provocativos: quería sentirse sensual. Se imaginaba escapando de su casa para ir a alguna convención con una peluca de colores y un traje pequeño que descubriera sus piernas y sus pechos. Su ropa era escogida por sus padres: nada demasiado sugerente. Usaba pantalones poco ajustados o faldas muy largas, camisetas o blusas que no mostraran piel. Cuando se bañaba, se acariciaba, se veía a sí misma. Sus curvas, sus senos, sus caderas. Sus líneas, sus brazos, sus piernas. Sentía escalofríos al acariciarse; después sentía culpa. Imaginaba que la Virgen María que se encontraba en la sala la estaba juzgando por sus pensamientos impuros.
En su desesperación, visitó a la única amiga que tenía. La visitaba de vez en cuando en busca de series nuevas que escondía en una memoria. Su relación se basaba en el silencio y en el acompañamiento. Era cómodo sentarse a ver las series que tanto amaban juntas sin juzgarse. Se llamaba Graciela. Ella la escuchó con mucha atención; era de esas personas con el don de escuchar. Si hablaba, era porque de verdad tenía algo importante que decir. No sabía si creer la historia de su amiga; era inaudito. Sintió empatía por la angustia y preocupación; esperaba que esto no fuera obra de algún momento de vulnerabilidad en la universidad. Sabía que había que tener cuidado con las bebidas que daban los muchachos, siempre con una doble intención. Su único consejo fue que les dijera a sus padres, que fuera honesta.
—Me van a matar —dijo Camila entre sollozos.
Lloró todos los días antes de dormir, hasta que volvió a soñar con Haru. Le dijo que dejara de temer, que todo estaría bien y que su situación era un milagro. La estrechó entre sus brazos con fuerza y se despidió. Camila se cansó de llorar y aceptó su situación. Imaginaba a un niño fuera de lo humano: un verdadero milagro. Ojos grandes, rasgos perfectos, cabello de fantasía. Quizás este ser no era tan distinto de Jesús. Soñaba con ser famosa dando a luz a una criatura extraordinaria. Nacida de un deseo puro y del amor. Había disfrutado cada momento de ese sueño y se sentía cansada de sentir culpa.
Había soñado que le entregaba su virginidad a su personaje favorito. Nunca se había sentido tan dueña de sí misma, tan hermosa, tan sensual y tan amada.
Decidió hablar con sus padres. Su reacción fue la esperada. Desde el enojo hasta la angustia, y los vecinos escucharon los gritos. Camila estaba loca y no podían detenerla en su delirio. Pero ella no sentía miedo. Observaba el escándalo con serenidad. Vio la imagen de la Virgen Inmaculada en la pared de su sala y, con una voz tranquila, les dijo:
—Afortunadamente, mi segundo nombre es María.
*En Te quedaste dormida (Editorial POE, 2025)
MUÑECA
Su mejor amiga había muerto hacía un mes, y la única herencia que le había dejado era una colección de muñecas. Algunas tenían más apariencia infantil que otras. La favorita era una Barbie de segunda mano que su amiga encontró un día en el mercado. Durante la vida de su amiga, no le puso tanta atención a la peculiar colección. Empezó a contemplarlas cuando se quedó sola en la casa.
Su mejor amiga y ella vivían juntas: se quedaron solteras, pero no necesitaban a ningún hombre; se tenían la una a la otra para acompañarse. Platicaban mucho y también sabían reconocer los silencios. Su sala era testigo de la admiración que sentían por la otra: una era costurera y la otra, maestra de artes plásticas. En sus años de gloria, ganaban suficiente dinero para subsistir. El convite del pueblo era el acontecimiento que más les generaba ingresos: una cosía una inmensa cantidad de vestidos, y la otra ofrecía servicios para decorar las carrozas.
Hizo su recorrido por la casa como acostumbraba. Observaba a las muñecas con el anhelo de reencontrarse con su amiga. Se dio cuenta de que cada muñeca era distinta: tenían distintos vestidos, moños, zapatos, cabellos, peinados, tonos de piel. Cada una puesta con esmero en las repisas de la casa, ordenadas según el color y tipo de vestimenta. Las de vestido verde, en la cocina; las azules, en el baño; las de los vestidos más elaborados, en la sala. La Barbie ochentera se encontraba en la cabecera de la cama del cuarto principal.
Ese día se dio cuenta de que esa muñeca jamás hubiese pertenecido a su infancia. En su juventud, se jugaba a ser madre. La tomó en sus manos cuidadosamente. Sentía la sonrisa de su amiga cerca; veía sus ojos brillar al ver su colección. Se quedó en los recuerdos hasta que escuchó una voz aguda que le dijo:
—Estoy muy sola, déjame dormir contigo.
Al principio intentó buscar de dónde venía la voz. No podía creer que esta viniera de la muñeca. Pero en efecto, era la muñeca quien hablaba.
—Por favor, déjame dormir contigo esta noche. Me siento sola, te veo dormir desde esta repisa y siento la urgencia de estar contigo.
La tiró al piso y salió corriendo al patio. Tenía miedo de volver a entrar a la casa. Pensó por horas las posibilidades: podía ser un espanto, un aparecido que perdió su rumbo. ¿Podría ser su amiga?
Regresó a casa, la recogió y la recostó sobre su cama. Solo dormía junto a ella. Observaba su figura idílica, completamente inmóvil a su lado. No la tocaba; la veía con atención hasta quedarse dormida. Así eran todas las noches; no le tenía miedo. La dejaba recostarse en su cama y dormir.
En sus años de juventud, jamás hubiera dejado dormir a su mejor amiga en la misma cama, aunque le hubiese gustado. Ver dormir a los demás siempre le trajo calma. Durante toda su vida había sido virgen. Tenía ochenta años y no sentía arrepentimiento por no haberlo hecho con ningún hombre.
—Desvísteme —le dijo una noche la muñeca.
Con mucho esmero la desvistió. Tenía espalda ancha, pechos grandes, cintura pequeña y caderas un poco pronunciadas. La veía con asombro; era bella. Esa sonrisa con los labios pequeños, la sombra de ojos exagerada y el pelo alborotado. Se estremecía al verla; había encontrado una pieza faltante en su vida.
—Ahora, vísteme.
Le mostró la ropa que su amiga tenía guardada para sus muñecas. Cada mañana le cambiaba de ropa y sentía una fascinación extraordinaria: una mujer le permitía dejarle ver el cuerpo, aunque no fuera real.
Un día le preguntó si podía pintarla. La muñeca aceptó encantada: le pintó violetas por todos lados. Su esbelto abdomen lucía una violeta preciosa en la parte del ombligo. Ambas sonrieron juntas: eran cómplices, era su nueva compañera de vida.
La muñeca dejó de hablarle después de un año. No se despidió. Solo amaneció sin decirle los buenos días. No parecía que hubiese nada nuevo con la muñeca; estaba intacta.
Lloró. Sentía que todas las muñecas de la casa se le caían encima.
El tiempo no tenía sentido; todo había terminado por segunda vez. Una segunda vez había visto la muerte de un ser amado. La partida del amor fue la más dura. En su caso, el amor se iba con la muerte.
Decidió enterrar a la muñeca después de meses intentando revivirla. Pintó una cajita de cartón para dejarla ir. Hizo un velorio en el jardín de la casa. No había ninguna muñeca que faltara. La enterró, no sin antes leerle un poema escrito por su autoría.
Siguió con su vida, solitaria. Se agotaba con recuerdos. Su casa estaba llena de rincones con fantasmas con los que no podía dejar de reencontrarse. En su soledad, deseó morir, pero dejó al tiempo pasar, que las arrugas y las canas siguieran invadiéndola, con la esperanza de morir pronto.
El recorrido por las muñecas seguía siendo una costumbre. Las admiraba con fascinación. Se adaptó a la soledad: estar dentro de su casa era lo que le tocaba vivir, pero siempre podía observar a las muñecas.
*En Te quedaste dormida (Editorial POE, 2025)
LOS PERROS SE VAN
Era un día lluvioso cuando lo visité, estaba rodeado de tierra e inmundicia. Llevaba meses sin salir al patio para ver si en realidad estaba vivo. Lo dejé ahí, solo, sin el reconocimiento de que su amo estaba a su lado. Tenía cáncer, eso dijo el doctor. Yo solo sé que en los últimos meses yo no pude levantarme de la cama. Ambos padecimos de males distintos. Yo le temía, pero él era mío.
Recuerdo cuando el doctor dijo, con la honestidad que solo los de su oficio están acostumbrados a decir, le están prolongando la vida. Sentí la noción de que la única noche juntos fue esa en la que los gusanos carcomían su piel. Mi único cariño calmaba ese dolor por pocos minutos reduciéndolo a silencio. Siempre me pregunté cómo se siente la muerte, cómo se apaga el cuerpo hasta que se retuerce en un espasmo frío. Yo lo amé, a mi manera, como amé a mi amigo, el que murió. Me faltó coraje para no quedarme en el exilio. Mi perro /ceniza/ era el único que podía entenderme, pero también era el único al que tanto temía.
/Ese día murió y solo yo quise estar con él/.
*Inédito
Edit Guevara en IG: https://www.instagram.com/gatomentira/


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