Carlos Calderón del Cid

1992

,

Ciudad de Guatemala

testimonios acerca del transcurrir analógico de la memoria en el que, a través de la postrera luz y la callada algarabía, se encuentra con su propia sombra

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FIESTA EDITADA

“Bueno pues, a lo que venimos”, dice mi hermana eufórica, entrando en la sala, seguida por mi tía llevando la cafetera y por mi madre haciendo malabares con varias tazas.

“Tomá, papi, tu cafecito”. Mi tía le tiende una taza humeante al abuelo quien la recibe perplejo. 

“No es bueno tomar café a estas horas. Ya es muy noche”, replica el abuelo con la voz fatigada.

“No, papi, todavía es de día…, acabamos de almorzar. Está un poco oscuro porque está nublado”, responde mi madre con una inflexión explicativa, la misma que usaba cuando éramos niñas.

“Ah…, sí pues”, dice el abuelo y coloca sus manos surcadas con venas casi púrpuras sobre sus rodillas. Mi madre le acaricia tiernamente la mejilla.

“Fernanda, ¿ya conectaste el bluetooth de la tele?”, inquiere Isabel.

“Ay, se me olvidó”.

Enciendo la Smart TV de mi tía, entro en configuraciones y activo el bluetooth. Aparece en las opciones de conexión «Bichota’s cellphone», volteo a ver a mi hermana quien aguarda sonriendo mi mirada, y ligo los aparatos.

“Ojalá no entre una foto indecente de tus agarres, Isabel”, bromeo. Mi tía ríe y mi mamá esconde su sonrisa.

“Decí que se te antoja, mejor”, mi hermana retruca riendo, pero percibo un resquemor que conozco bien.

“Bueno, muchá, compórtense”, dice mi madre, monotónica.

“Les quería mostrar uno de los que videos que me digitalizaron… Todavía no lo he visto, pero según la etiqueta del videocasete es del cumpleaños de Fernanda del 97’”.

“¿Dónde fue que encontraste los videos?”, inquiere mi tía. Isabel comenzó a quedarse en la casa del abuelo un mes atrás, casi desde que sus hijas lo obligaron, por su condición, a instalarse aquí, en la casa de mi tía. ‘No es bueno que la casa pase mucho tiempo sola’, se justificó, pero sé que a mi mamá y tía les incomodó ese movimiento. Mi hermana lleva años saltando de vivienda en vivienda. Salió de la casa de mi mamá para irse a vivir con su novio del colegio en la zona 2. A los cuatro o cinco meses se separaron y se mudó a la zona 4 con otro hombre que no llegó a presentar, luego se fue a vivir a San Cristóbal con un supuesto colega del call center, después hubo una sucesión de direcciones que no logré acompañar y ahora se afincó en la casa del abuelo, cuidando del patrimonio familiar con su valentía desinteresada. Ya instalada en la casa descubrió el abandono en que vivía el abuelo. Él, no sé si conscientemente, mantenía limpias y ordenadas las áreas comunes, como la sala, cocina y baño, pero los espacios que nosotras no teníamos por qué frecuentar, como su cuarto y la habitación del fondo del patio donde guardaba la podadora y la herrumbre de las bicicletas que fueron de sus hijas, estaban entregadas a la deriva del polvo y el olvido. Isabel incluso halló debajo de su cama platos con restos de comida coagulada y tazas con borras de café infestadas de hongos.

“En el cuarto del fondo…, dentro de una caja”, responde Isabel sin levantar la mirada. En su afán de limpieza también encontró esa caja, enmohecida, conteniendo los videotapes grabados con la cámara Sony que mi abuelo recibió en la Navidad del 95’. ‘Ay, cabrón…, seré todo un Spielberg’, cuenta mi madre que dijo cuando abrió el regalo.

“¿Y cómo los digitalizaste?”, pregunto socarrona, suponiendo que, como siempre, un hombre le hizo el favor.

“Por ahí…”, responde haciéndome un guiño, “cómo te corroe la envidia, ¿va Fernandita?”.

“Ya, muchá…, miremos el video mejor…”, dice mi tía, fastidiada.

Isabel da play desde su celular. En la pantalla aparece un muro de concreto adornado con globos y enunciados de Happy Birthday. Un anciano que no reconozco sostiene dos piñatas en el centro del patio: una de Piolín y la otra del Pato Donald. Niños y niñas, vestidos con colores pasteles o quizás la calidad y el deterioro de la cinta causen esa impresión, corren atravesando la escena. Una voz grave y medio burlona: «Es un triple cumpleaños que se va a celebrar en la ubicación de la Florida en la casa del señor Patachín…, sale más económico así…»

“¿Quién está narrando el video?”, hago la pregunta que me parece más importante, pues asumo que el narrador también es el camarógrafo, aunque me interesa igualmente saber quién es el anciano de las piñatas o Patachín.

“Mmmm…, creo que es mi papá…”, dice mi madre, “¿será, papi?”, inquiere volteando a ver a mi abuelo quien no responde, embebido en la pantalla.

“Creo que sí, muchá…, esa voz de fumador”, responde mi tía sonriendo.

La toma se corta y retoma en otro ángulo del patio. Pared grisácea con los mismos adornos de cumpleaños, y varias mujeres sentadas en sillas de playa en lo que parece, por los abrigos de todas, un día frío en la ciudad de Guatemala. El camarógrafo enfoca a tres niños que se juntan entre sí, parados ante un portón abierto, como si se sintieran extraños. «Aquí están los hijos de Güicho…», pero la última sílaba, el “cho” del nombre, la ejecuta con un silbido agudo.

“Sí, definitivamente el camera man es mi papá”, dice mi tía emocionada y mi abuelo sonríe.

Atrás de los niños surge mi papá, jovencísimo, colocando una silla de aluminio. «Ahí está el progenitor de una de las cumpleañeras, ve…, entren pues…», alentando a los niños para que se integren a la fiesta. Se escuchan murmuraciones de adultos y gritos jubilosos de patojos jugando. La cámara suavemente gira hacia su derecha, haciendo una panorámica del patio, hasta que se detiene en mi mamá, delgada y risueña, con sus colochos voluminosos y largos, vistiendo un saco amarillo que jamás se pondría en la actualidad y cargando a una niña morena de 2 años, usando un vestido blanco estampado con flores azules, mi hermana Isabel. «Y ahí está Nora, la señora madre de las cumpleañeras…», mientras la enfoca saluda a la cámara con el brazo libre. Del flanco derecho surge otra niña, con blusa rosa, jeans y botas vaqueras, e identifico la que fue mi forma impetuosa y despreocupada de moverme, «Fernanda, ¿ya saludaste?», pregunta mi madre y la niña que fui balancea el dedo índice en una negativa que parece un baile, y me impacta darme cuenta de que tuve y perdí ese desenfado. «Y aquí está Fernanda, mi nieta, una de las cumpleañeras», complementa el camarógrafo.

“Tan lindas mis nenas”, dice mi madre, viéndonos con cariño. Mi hermana no le corresponde la mirada.

El plano se interrumpe, sin duda el video fue editado y me parece improbable que haya sido el agarre de Isabel, y se retoma encuadrando a un hombre de unos 50 años, sentado sobre el borde de una de las paredes grises, mientras sostiene un bambú con el que estira, desde arriba, el lazo de la piñata. «Bajate de ahí, pues…», es otra voz, gangosa. El nuevo camarógrafo ríe y hace zoom sobre el rostro del sujeto. «Tirate pues, Mico», insiste el narrador. Al oír el apodo, el hombre voltea hacia la cámara y en la sonrisa sesgada hacia su lado derecho reconozco al abuelo.

“Sos vos, mirá papá”, dice mi tía conmovida y le coge una de las manos.

“Ese bigote me quedaba calidad, ¿va Negra?”, responde el abuelo mientras se pasa los dedos de su mano libre sobre los labios y el mentón, quizás sintiendo la ausencia de vello facial, la pulcritud con que lo mantiene mi tía, rasurándolo todas las mañanas.

“Sí, papi, te mirabas guapo”, dice mi madre a punto de llorar, sin corregirle que la Negra, mi abuela, ya no está.

La toma se aleja y mi abuelo luce desamparado, con un bambú en las manos, sobre el muro gris y bajo un cielo nublado. «Siquiera se cayera para que saliera una película», murmura el camarógrafo con tono burlón.

“¿Quién es el culero que graba?”, pregunta Isabela enfadada.

“No sé, mija…, pero ha de ser un hermano de mi papá, solo ellos le decían Mico”.

“Es Renato”, musita el abuelo, riéndose. Veo que mi madre y mi tía se miran con intriga, haciendo cuentas de los años. Yo no me acuerdo del tío Renato, pero sé que falleció en un accidente vial alrededor de aquella época.

El joven abuelo se balancea, usas sus brazos para colgarse del muro, disminuyendo la distancia con el suelo, y aterriza impecable para decepción del camarógrafo. El cuadro vuelve a interrumpirse dando paso, sin transiciones de luz, a una mesa larga totalmente ocupada por niños y niñas de entre 3 a 8 años. La mayoría habla o grita simultáneamente, sobreexcitados por el azúcar. La minoría, los tímidos, callan y observan apenas el caos de la mesa; entre ellos, Isabel, resaltando por el vestido blanco estampado en flores azules, con una mirada de reojo, velada y ascendente, casi vengativa, la misma que exhibe, ya de adulta, cuando mi mamá la regaña. A su lado estoy yo, sentada, y con total naturalidad, en una secuencia que me toma desprevenida, agarro, con la punta de los dedos, un poco de la porción del pastel que está ante mí y se lo doy en la boca a mi hermana, embadurnándole sin querer el rostro. La cámara hace zoom sobre las mejillas de Isabel sucias de turrón. Sobreponiéndose al parloteo agudo de los niños se escucha una respiración honda y agitada.

“Ay, tan chulas las hermanitas…, cómo se quieren”, dice mi tía con voz aniñada, y ríe junto a mi madre. Isabel voltea a verme con una sonrisa irónica, entrecierra los párpados y hace un chasquido con los labios, como diciéndome ‘Escuchá a este par de loquitas’.

La toma da paso, igual de brusca, a tres hombres tomando cerveza recostados sobre un muro, con corazones de Happy Birthday sobrevolándoles las cabezas. Mi abuelo en el centro y sus yernos a los costados. Brilla la juventud en mi tío y mi padre, ambos distendidos, sonriéndole al camarógrafo. «Cómo chupa esta familia… Tío Rolando, ¿en verdad le llega ser suegro de este par de bolos?», bromea una voz más mofletuda, acaso un poco afectada por el alcohol. Mi papá, siguiendo sin éxito la tendencia del bigote, pues le sale ralo y fragmentado, voltea a ver a mi abuelo expectante, con una suerte de ternura. «¿Cómo no, mijo? Si nos envergamos juntos», responde el abuelo y todos ríen, dándose palmadas en los hombros.

“Ah, cómo chupaban los lindos”, dice mi tía fingiendo enojo, y mi abuelo levanta los hombros, riéndose. La contraposición de su imagen en el video, tan vital y lleno de sí, y el anciano que es ahora, tan débil y sin potestad, me llena de impotencia, porque apenas hace unos años, cuando más se lo necesitó, él fue el anclaje de la familia, supo estar para todas cuando mi padre y tío fallecieron, uno atrás de otro, convirtiendo a sus hijas en viudas antes de cumplir los 50 años. También fue el sostén cuando murió mi abuela, aunque creo que él fue quien la pasó peor. Se sobrepuso, primero, yendo a la iglesia, intentando justificar o descifrar la voluntad divina, pero después, cuando la melancolía no cejaba, encontró consuelo en las Meditaciones de Marco Aurelio, algo sobre reflejar u honrar la vida de los difuntos en los propios actos. Así habitó, en soledad, la casa que construyeron junto con mi abuela, y donde criaron a sus hijos y nietos, durante casi cinco años hasta hace un par de meses cuando él mismo, casi de madrugada, llamó a mi mamá, ‘Nena, la mierda me está saliendo negra’. Lo llevaron de emergencia al hospital y después de algunos análisis descubrieron que tenía anemia y una úlcera en el estómago, ambas provocadas por una alimentación escasa. Al principio los médicos sospecharon que el abuelo padecía maltratos y convocaron a una trabajadora social, quien, al enterarse de que vivía solo y de que poseía pensión, pidió que lo sometieran a exámenes cognitivos. Fue diagnosticado con demencia senil incipiente. El abuelo simplemente olvidaba comer, como si el hambre fuera un atributo de la memoria. Desde esa crisis sus hijas no le dieron opción, lo obligaron a dejar su casa y a instalarse en la vivienda de mi tía.

“¿Quién era el camarógrafo?”, pregunta Isabel.

“No sé, un primo nuestro, de plano”, replica mi mamá.

“Ahuevos”, complementa irónica Isabel. 

“Creo que Gerson, el hijo menor de Renato”, dice claramente el abuelo y nadie sabe si recuerda o inventa.

«Ay, este mi tío», dice el camarógrafo condescendiente y el cuadro se congela un momento, retratando el jolgorio del cual nosotras también comulgamos hasta que se extinguió con los que murieron, porque la dinámica nunca más fue la misma, como si también hubiésemos quedado viudas y huérfanas de ciertas emociones.

“Qué bonita imagen”, dice mi madre conmovida y de reojo percibo que unas lágrimas resbalan por las mejillas de mi tía.

La escena se interrumpe, pero esta vez retoma luego de una transición más suave, hasta sugiriendo una continuidad no sé si premeditada; la cámara barre el muro grisáceo del patio en una panorámica que revela un final de fiesta, sillas vacías y desechos desperdigados, hasta fijarse en tres parejas bailando cerca de un Toyota Corolla azul. «Dos mujeres, un camino», canta una mujer acompasada por una cumbia lenta. Descubro por primera vez, en la pareja del extremo derecho, a mi tía en el video, casi adolescente, usando un vestido verde, con el flequillo rizado de Lucero, sonriendo extática. En realidad, todos sonríen; mi tío, quien baila con ella, la mira con alegría y deseo; mis papás, en medio de la toma, están de perfil y apenas distingo las comisuras estiradas de sus bocas, los rostros alzados, contemplándose mientras danzan, en unas ganas por vivir, como si la canción no tratara de dos mujeres disputando miserablemente el cariño de un hombre, sino sobre esa felicidad que solo existe en aquel instante, mientras su juventud los hace inmunes a la desgracia y la vida aún no es la repetición ingrata de los días.

“Pura música de cantina, muchá”, dice mi hermana y reímos juntas. Mi mamá y mi tía contemplan embebidas, sonriendo, casi deslumbradas por las que fueron.

“Mamá, no sabía que te gustaba ese tipo de canciones”, comento extrañada, sabiendo lo elitista que suele ser con la música, al punto de prohibirnos escuchar reggaetón en su auto.

“Ay, mija, pero bailábamos chilero, ¿va Kiki?”, dice mi madre procurando el respaldo de su hermana quien apenas asiente, incapaz de salir de la escena que continúa con las personas danzando.

Estoy a punto de preguntar quiénes conforman la tercera pareja, la de la izquierda, pero durante una vuelta de 360 grados de la mujer, en la manera de acomodarse el cabello, reconozco a mi abuela, tan vital, con la cara iluminada como nunca se la vi. El hombre que baila con ella no es el abuelo, pero se parece bastante a él. «Cuidadito con mi mujer, Renato pisado», dice el camarógrafo, la voz de mi abuelo, divertida, impostando cierto enfado. Mi abuela sonríe hacia la cámara y hace un gesto con la mano. «Déjese de babosadas, Rolando», responde la abuela y todos ríen, interrumpiendo un poco el baile.

“La Negra…”, dice el abuelo, con una alegría evocativa, y el comentario hace a mi mamá y tía llorar en silencio. De reojo, percibo que Isabel intenta mantener la compostura; en su expresión adusta, con la mirada volcada hacia la pantalla del televisor, permea un amago de puchero en sus labios, el mismo que hacía de niña cuando se echaba a llorar. ‘Bemba’, le decía mi tío divertido, haciéndole guitarrita, una pantomima burlona de pergeñar el instrumento, mientras mi papá, mi mamá o ambos la regañaban.

Por mi parte, un nudo en mi garganta se enceguece ante las facciones de la abuela, tan elegante y guapa en medio de la parranda. Su imagen, con la boca abierta de reír y cantar, se congela unos instantes, dándole paso, en una ruptura violenta, a un cuadro en penumbras que sugiere que ha anochecido. Escucho una respiración agitada, unos pasos desarticulados, la estridulación de los grillos; la toma acompaña el movimiento del camarógrafo y van sucediéndose siluetas desenfocadas, retazos de luz naranja, superficies sólidas, un pasto negro. El cuadro se estanca, de golpe, en una noche casi total, la respiración jadeante y parcialmente sofocada, y a lo lejos, como si no viniera del video sino de la casa del vecino, se escucha en sordina «Que no quede huella, que no y que no», de Bronco. Un ligero giro de la cámara provoca la definición de algunos contornos, como si el cuerpo de quien grabó estuviera obstruyendo la poca luminosidad que viene de afuera. La realidad material se revela poco a poco, o son mis pupilas dilatándose, y se intuye una cama y unos bultos sobre esta. El cuadro se aproxima, acaso un par de pasos, y surge una mano oscura proyectándose hacia dentro de la toma, tanteando suavemente uno de los cuerpos que yace sobre la cama. La mano levanta un tejido, al principio sospecho que es una sábana, pero luego, durante la minucia de los gestos del camarógrafo, la cadencia al palpar, el deleite del tacto, distingo formas, unas flores negras, estampadas, contrastando con la tela clara del vestido. El cuadro, la cámara y todo aquel mundo, se sumergen repentinamente en la oscuridad absoluta, implosionando en el televisor de mi tía.


*Inédito


Carlos Calderón del Cid en IG: https://www.instagram.com/caldecid/


Una respuesta a «Carlos Calderón del Cid»

  1. Avatar de Gustavo Gonzalez del Cid
    Gustavo Gonzalez del Cid

    De veras mijo, qué manera de contar las cosas que miraste en ese video .A mí me lo mandaron, y todavía lo disfruto , pero sólo vos , con ese don que Dios te ha dado, lograste sacar una historia tan llena de recuerdos familiares . Cuando yo vi el video yo pensé : Como pasa el tiempo… la que estuvo ahí fue mi hija Ivy, tendría como 17 años , y después veo a toda la Mara y me doy cuenta de cómo pasa el tiempo . Gracias por traer todo esto para admirar tu talento . Dios te bendiga

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