UNA HERIDA RURAL
Don Arsons paseaba a un costado de la ruta rural No. 27 sin poder configurar un pensamiento en concreto. Su chaqueta enguatada de pana lo escudaba firmemente contra las ventiscas sibilantes de un invierno que iba adueñándose de los pastizales del sur hasta las cabinas del teleférico hacia New Polok. El rechinido congelado de éstas le llegaba pese a la distancia, y recalculó que las primeras nevadas vendrían más pronto, lo que impediría sus caminatas de las próximas jornadas.
«Solvitur ambulando», había pensado antes de dejar su estancia embellecida por el deshielo de sus memorias de infancia; la techumbre inclinada del porche fue para él un perfecto resbaladero. Don todavía podía sentir la inagotable molestia en su tobillo izquierdo, nacida de la torcedura y ulterior esguince que sufrió cuando retó su intrepidez con un salto que no había intentado antes: caer en un montón de hojas de alerce congeladas. Lo que Don no sabía era que, oculta debajo de las hojas, reposaba la cabeza de un rastrillo.
¿Qué era, pues, lo que Don necesitaba desproblematizar acudiendo a un paseo comarcal en las vísperas de una feroz helada? ¿El punzón en su tobillo alimentado por la baja temperatura acaso valía la pena para desobstruir pedazos de sus memorias carroñeras?
El clangor de un ave lo sustrajo del nudo que le impedía atar la respuesta a la imagen buscada. Acercándose a pequeños saltitos, rodeando por detrás un seto enano, un grajo de color negro metálico, pico alargado y cabeza de plumas aplastadas hacia atrás vino a sus pies y comenzó a picotear violentamente el cuero de sus borceguíes. Don lo dejó hacer, quizás compadeciendo su aversión por un calzado asociado a prácticas de violencia indiscriminada. Ante la imposibilidad del grajo para agujerear el cuero de la bota, Don se agachó y tomó al pajarillo entre sus manos colocadas en cuenco y notó la herida mortal en el vientre.
Pequeñas gotas rojizas, grandes jadeos provenían de su cuerpo pintado por un Goya meditabundo sonriéndole a la cripta alada. Arriba, los vuelos en espiral de un halcón comunicaban su instinto por darle muerte al grajo que apenas si podía mantenerse recto. Don, ni lento ni perezoso, ocultó al grajo dentro de su chaqueta. Luego sopló en sus manos una vaharada de insensibilidad, las enterró en la nieve y cavó, pese al adormecimiento purpurino de sus dedos. Cuando hubo terminado, extrajo al grajo de dentro de su chaqueta y apretando fuertemente su cuerpecito lo enterró en el agujero. Después se sentó sobre la tumba improvisada hasta que el halcón entendiera y volara en retirada.
—¡Te doy el tiempo en que mis dedos se caigan de mi mano para que te largues a tu nido infernal! —gritó Don.
—Graj, graj, graj —garganteó el halcón sin pausar sus vórtices aéreos.
Un calor de arcilla moldeaba una pechera en la piel de Don. A la par que crecía la sensación de humedad, Don perdía el hiato de sus respiraciones. Incrédulo ante su baja constante de entereza, metió la mano por debajo de su camisa de algodón y notó al tacto el puntillismo de picoteadas que el grajo había dejado en su abdomen.
Como la increencia regía su conducta ante las emergencias, Don desestimó el rezo, la imploración, las súplicas que ebullían en su saliva por las heridas que iba sintiendo. Poco a poco, fue aproximándose al lugar del corazón. Había un agujero, un nido infinito. Sintió las yemas de sus dedos en su espalda granulosa al atravesarlo. La sangre empezaba barnizar su cuerpo a modo de una segunda piel. Sabía Don que no podía continuar en la posesiva escudería del grajo, que a estas alturas ya sería un bulto de dureza incomestible.
Empleándose a fondo, Don se puso en pie y dispuso enrutarse a su casa. En los primeros pasos, el calorcillo que pacificaba su congoja por el grajo fallecido prontamente pasó a ser un acaloramiento incapacitante. La nieve bajo sus pies se aguaba y del líquido trascendía a un vapor cuyo perímetro de expansión cegó los senderos.
En algún punto de la neblina que dejaba en su boca un resabio a axila de estatua olvidada, a un carrete de hilos parlantes, a los anillos de un sacerdote incendiado por las chispas de una soldadora, escuchó el trote de una recua de caballos. Los cascos brillaban en pequeños estallidos de luz boreal. Don los seguía absorto, boquiabierto, y entendió, paulatinamente, aguzando los oídos, que el ritmo de los relinchos acerados marcaba el que su puño, sucedáneo de su corazón devorado por el grajo, debía marcar. Así, Don apretó y aflojó dentro del agujero de su pecho el puño que otras veces aterrorizó a hombres perdidos en parajes semejantes a este.
La hematosis volvía a la normalidad.
Caminó un poco y recordó que había salido sin apagar el fuego de la chimenea. Apresuró el paso. A medida que su fiebre decrecía, las cresterías de los Montes Odradek quedaron a su espalda perdiendo altura y filo en el desafinado internarse de Don en el bosque de coníferos y liebres escurridizas.
—Ojalá la cena estuviera hecha —dijo Don en voz alta para sí mismo.
—No te olvides de apretar la almohada contra tu autorretrato —respondió de repente un hombre que se escondía, a vuelo lento, en las copas—. No desatiendas la jarrilla de agua hirviendo —volvió a instruir después de saltar unos quince metros a la usanza de las ardillas voladoras—. No separes los calcetines rotos de los enmendados. —Y planeó en la dirección que Don tomaba—. No maldigas la música de los huesos desaparecidos. —Lloró el hombre que ya pocas reservas mantenía en no ser visto.
—¿Eres el médico que no cobró sus honorarios? —inquirió Don, sin voltear hacia arriba—. Hacía mucho que había dejado de pensar en ti; es más, te creí muerto. Saliste de la casa y ni siquiera volteaste a verme. Yo corrí con las monedas goteando de mis puños. Me diste la espalda. Y yo te seguí hasta quedarme sin piernas. Ahora, dime cómo, cómo regreso al lugar donde dejaste tu huevo de malicia. Dime, dime cómo viviré sin sacar este mi puño, símbolo de mis fallos, de mi pecho que retumba ganas de vivir, de rememorar —siguió diciendo Don con los párpados semicaídos y la cabeza alzada.
—No te olvides que solo soy un médico, y uno mal preparado. Me he impuesto no volver a pisar el suelo. Desde aquí no veo si alguien me sigue. Yo tampoco tengo un rastro. Por eso te perdiste. Recuerda que la verdadera enfermedad, la herida valedera, el desangramiento irrepetible es la que la memoria se obstina en reinterpretar como un camino a seguir —prorrumpió el médico antes de calcular mal un salto y quedar atorado cuando su capote fue atravesado por una entropía de ramas.
Al suelo cayó su báculo y su par de monóculos. Don los recogió y los usó para ubicar la cabaña. El último estertor del médico pobló el cielo y apresuró el anochecer.
Entre dos altas antorchas, la madera impermeabilizada del frente de la cabaña semejaba la máscara con que el diablo oculta su deformante acné. Don avanzó a paso lento hacia aquel recinto en cuarentena donde el invierno hacía agrietarse los dientes. Como lo esperaba, la chimenea aún atesoraba una cría de fuego sin cola ni cuernos. En la puerta, sobre la alfombra exornada con un apellido que no constaba en los registros biológicos de Don, quedaron el báculo y los monóculos que semovientes transferían su ajenidad a cualquier ser vivo que por casualidad pasase por ahí y cayese en la tentación de llevárselos.
Don subió a la habitación de su hermano, y los reguiletes, los carritos, los cascanueces, las crayolas, las canicas, los tubos de oxígeno, las vendas, los anticoagulantes, las mascarillas aún exhalaban su aliento a menta, púas y centavos.
Se acercó a la foto enmarcada sobre la cabecera de la camilla, la desclavó y vio al hombre de aspecto intelectual, librepensador a cuyo cuello se enrollaba una serpiente que volvía audible el idioma fractal del corazón. A su lado, su hermano, se abrazaba a la pierna del médico, padre y guardabosques. Don, pegando la foto a su nariz aguileña, pudo reconocerse por la pequeña cabellera, cortada al estilo hongo, que salía del pecho de su hermano en fluido fantasmal y que se disolvía detrás del tronco de un alerce en tercer plano. Suspiró lentamente y dejó la fotografía boca abajo sobre la almohada equívoca.
En la planta baja, por la ventana que daba al norte, el halcón entró con su nido repletado de rocas con marcas de humo aferrado a sus patas. Este, sin mediar contemplación, lanzó el nido hacia el fuego de la chimenea que crepitó y se agigantó como una probeta estalla junto a un gnomo cuando bebe de ella sin saber su contenido.
Don extrajo su puño del agujero, se retrepó al sillón en donde leyó durante treinta y cuatro inviernos seguidos los diagnósticos que robó del escritorio del médico y que su hermano imploró no escondiera en la jaula de su grajo.
*Inédito
Brian Lucas en IG: https://www.instagram.com/brianlucas816


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