EL MOTOR DE LA ALDEA ENLOQUECIDA
“Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.
Suban, si les parece…”
Nicanor Parra
Las vidrieras donde la niña veía su reflejo
son ahora los ojos quebrados del asesino.
El mercado aldeano enloquece a todos.
Los bárbaros traspasamos las fronteras y tapiales
cargando ganzúas articuladas para abrir sus puertas
y carruajes;
nuestros nietos ingresaron reptando y sollozando,
disminuidos.
Aldeanos, irrumpiremos en sus bocas y en sus culevas, en esta comedia somos los fregadores, los cambia-pañales extra-large, las Cabezas Oscuras del Incendio (léase “Cabecitas Negras” en el Manual Indoeuropeo del Buen Tejedor): pieza fundamental del motor; devorando los fragmentos del Banquete C.A.V.A. seremos inmunes a la ausencia y a las plagas, nuestro estómago es una bodega y nuestra boca la tormenta de reclamos, de querellas atendidas a medias.
Nuestras hijas son mariposas grises,
nuestros hijos poetas extraordinarios
que jamás recibieron premios ni distinciones.
Aldeanos, lo que sacrificamos en un exhalo cuesta cuatro bosques y un río, nosotros llenaremos sus panzas y meceremos a sus hijos (futuros violín/istas y lame-culevas), ustedes saldrán cada día a tensar las cuerdas que nosotros enceramos, a echar combustible al motor; este circoito no le importa a nadie, a nosotros menos que a nadie.
***Tomado de Patria Sangrante Aldea Enloquecida
DIOSES DIETÉTICOS
mi niño muere en la playa partido por un rayo
y yo tengo un Dólar de plata atravesado en las piernas
con todo el ímpetu necesario para callarme;
tijeras, cremas, fragancias,
tabaco ya no son útiles
nada alcanza porque nada resucita,
ni el encendedor dorado que arrojé contra la biblioteca
torciendo la tapa de su fuego ahora muerto,
caído entre revistas y dioses edulcorantes
enfoco mi vista hacia la costa nuevamente:
un enjambre de ángeles rubios, inverosímiles e imbéciles
arropa el alma de mi niño con prendas de moda
llevándolo entre mieles y almíbar
curan a mi niño
arropan a mi niño
abrazan a mi niño
elevan a mi niño montando un rayo
***Tomado de Arrebatos del Epígrafo
EL ESPASMO DESHABITADO
Agazapado
en los límites externos del Carneval
acicalo
músculos y capacidades sensoriales.
Oigo gemidos,
veo cuerpos voluptuosos;
algunas lanzas
que no han dado en su blanco de Ninfa
me zumban o caen junto a mí,
su leve humo de incienso se eleva,
entre chispazos.
Las ramas que azotarán mi carne
se agitan
como juncos lejanos e inapelables.
Huelo y envidio en los Toreros
el entusiasmo previo al estoque:
espasmo contenido,
torbellino retenido en el pulso,
ahogado rugido,
voluptuosa sensación y llama
que también quemó dulcemente mi pecho
y hoy me deshabita.
Recuerdo el entusiasmo aquél
y lo añoro,
con toda mi piel lo anhelo,
hasta el llanto…
Debo atravesar el Carneval,
debo hallar a mi Luna.
***Tomado de Que eres de planta y estás triste…
JUAN RAMÓN ORTIZ GALEANO. (Buenos Aires, Argentina, 1975). Escritor. Tiene estudios de Derecho (Universidad Nacional de La Plata). Ha obtenido distinciones en numerosos concursos literarios y sus textos han sido publicados en diversas antologías impresas, bitácoras literarias y revistas culturales.


Deja una respuesta