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	<title>TE PROMETO ANARQUÍA &#187; narrativa</title>
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	<description>procesión poética desde las fauces de un país en llamas</description>
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		<title>del telón que se abre salta esa infame certeza de encontrarse a solas con el presente y de hincarle los colmillos al primer transeúnte</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Oct 2011 23:29:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1976]]></category>
		<category><![CDATA[Antigua Guatemala]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Salir de una institución mental más que una acción es una sensación, se percibe como si una vez en la calle, se llevase dentro de sí el manicomio...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1156" title="angel lopez" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/10/angel-lopez-217x300.jpg" alt="angel lopez" width="217" height="300" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://angellopezsantizo.blogspot.com/">[ÁNGEL LÓPEZ SANTIZO]</a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>IN NIETZSCHE WE TRUST</strong><strong> </strong></p>
<p>Salir de una institución mental más que una acción es una sensación, se percibe como si una vez en la calle, se llevase dentro de sí el manicomio, te sientes ajeno al mundo exterior, un intruso que está de más, temes que cualquier acción sea el detonante de una nueva crisis, no haces nada sin sentirte culpable de algo que está prohibido por unas reglas secretas que desconoces. Imaginas que todos te verán infringiendo una línea invisible, pues llevas en la frente de tu yo interno el sello de haber sido un desadaptado del esquema lógico colectivo, y eso te come silenciosamente el interior, pero eres incapaz de decir nada, ya que simplemente no existe a quien decírselo; estar ahí, por fin fuera, ver hacia todos lados y no conocer a nadie, no tener un sitio a donde ir, entonces extrañamente te asalta un absurdo deseo por volver a entrar, pues adentro al menos tienes amigos, un sitio donde dormir y la comida asegurada.</p>
<p>Como una sucesión de ondas se fue expandiendo el rumor de lo sucedido, la librería más grande había amanecido clausurada mediante un sticker enorme con el logo de <em>Parental advisory explicit ideas</em>, al cual ya Dee Snider se había opuesto ante el senado estadounidense el 19 de septiembre de 1985, y al que nos habíamos acostumbrado a ver en portadas de discos, pero nunca a la entrada de un lugar; conforme pasaron las horas se supo que diarios, librerías, kioscos de revistas e imprentas habían corrido la misma suerte, y que además durante la noche todos los libros, con excepción de los de autoayuda, motivacionales o de corte light, habían sido cuidadosamente envueltos con papel periódico, estrictamente de la sección de clasificados, a fin de no dejar idea suelta.</p>
<p>El hermetismo era total, con excepción de algunas noticias, más bien escuetas, en radio periódicos que transmitían en A.M. respecto a algunos conatos de trifulca en los puestos de revistas y libros usados de los mercados; para ese momento ya se conocían más detalles, quedaba rotundamente prohibido escribir, imprimir o distribuir textos, hacerlo no podía ser considerado como delito, pero sí como un serio indicio de atrofia en las funciones cognitivas, atentatorio contra las normas de coherencia colectiva, por ende todo el que fuera sorprendido en tales menesteres, se le marcaría con hierro candente el sello de censura y sería confinado a instituciones en las que se le aplicaría una reingeniería cerebral, que hiciera posible su reinserción al sistema de uniformación estética y mental de las masas.</p>
<p>Nunca nadie había leído en aquella ciudad, pero ahora esos artefactos, hechos de cartón, papel, tinta y de vez en cuando incluso de ideas, pasaban a ser enseres bastante codiciados, que eran sustraídos de debajo de los muebles cojos, para ser vendidos o alquilados; algunos cafés literarios, poco conocidos y poco frecuentados, se arriesgaban a atender a puerta cerrada, en uno, llamado <em>La Piraña Sholca</em>, un grupo de caricaturistas, graffiteros y guionistas proscritos nos reuníamos e ideamos una caricatura de Nietzsche con el traje de Superman, la mano izquierda haciendo la señal de los cuernos y el slogan: <em>in Nietzsche we trust; </em>sistemáticamente la fuimos dibujando en los sitios menos inusitados, lo que fue tomado como un acto de terrorismo ideológico, haciendo cada vez más arriesgadas nuestras intervenciones del espacio público; primero cayeron los que nada tenían que ver, luego los que, aunque nada sabían, confesaron y entregaron a otros, que tampoco estaban implicados; finalmente, y como era natural, fuimos cayendo uno a uno los culpables.</p>
<p>Aquella tarde por fin veía las pestilentes calles de la libertad, o al menos lo que llamaban como tal, me hallaba con la ropa sucia, hambriento, más pobre que un perro sarnoso y sin saber cómo, o más bien por qué, alejarme, sabía que ellos no querían que pensara y nunca más pensé.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>AVTOMAT KALASHNIKOV MOD. 47</strong><strong> </strong></p>
<p>Y el ensordecedor zumbido continuaba en mis oídos, siempre es así, pensé, pero algo era distinto esta vez, incontables personas pasaban a mi lado, nunca había visto tanta gente en una calle, todos hablando con ellos mismos, como los locos, realmente ensordecedor; en la cornisa del frente vi sentados a unos hombres que conversaban, uno de ellos se me quedó viendo con un odio feroz, era F. Pérez, con disimulo miré hacia otro punto, aunque en realidad su mirada me había horrorizado, intentaba olvidar el asunto cuando a mi lado pasó P. López, su mirada se cruzó con la mía, y una vez más experimenté aquel malestar, nunca había sentido miedo, pero esto era distinto, no sabía qué pensar, sensación que aumentó al aparecer entre la multitud un grupo de agentes de la D.E.A. (<em>Fuerza Administrativa Antidrogas</em> por sus siglas en inglés), acompañados por paramédicos que traían una camilla y equipo, parecían caminar a través de los transeúntes; debí haber huido del lugar, oponer resistencia al menos, pero no hice nada.</p>
<p>Al inicio eran tiempos difíciles, ser sicario, aparte de arriesgado, era estar a la espera de trabajos escasos y mal remunerados, era tal la miseria que, luego de eliminar a alguien, debíamos robarle lo que tuviera de valor para recuperar lo gastado en la bala que minutos atrás había acabado con su vida; pero, a pesar de todo, era la única puerta que esta sociedad dejaba abierta para quienes desde antes de nacer ya se nos habían cerrado las otras; conforme el narcotráfico fue creciendo y tomaron forma diversas organizaciones que lo administraban, esto había dejado de ser un oficio para convertirse en una profesión, a la cual se entraba por ambición y se terminaba con un precio ante la ley.</p>
<p>Fue así como entré al servicio de don J. Reyes, quien con el tiempo me fue tomando confianza; don F. Álvarez, su competidor más directo, había empezado a invadir nuestro territorio, lo que al jefe no le pareció, por lo que era necesario dar un golpe que desarticulara al grupo entero; el día elegido para tal fin, salimos en 8 <em>Tahoe Hybrid</em>, con 5 hombres cada una, todos con nuestros respectivos cuernos de chivo; al llegar a cierto punto, nos separamos en dos grupos y nos dirigimos al sitio en el que, según el soplo, pasaría F. Álvarez y los suyos; debíamos ser muy precisos, ya que desde una azotea alguien filmaría el ataque, pues el patrón quería subir el video al <em>YouTube</em> y ponerle <em>Jefe De Jefes</em> de Los Tigres Del Norte como fondo, tal y como lo habían hecho con <em>A Mis Enemigos</em> de Valentín Elizalde un año atrás, para luego hacer circular el link al e-mail de todos los capos del área y que supieran de manera clara quién era el que mandaba.</p>
<p>Divisamos una <em>Hummer H2</em>, resguardada por 4 Pick up <em>Avalanche</em>, cada uno con 5 hombres dentro y 4 atrás, estos últimos anclados mediante un sistema de cinchos a fin de no perder movilidad a la hora de maniobrar sus armas, nos colocamos por detrás de la caravana, para despertar sospechas de ser del antinarcóticos, clavaron su mirada en nuestras camionetas, al tiempo que nuestros compañeros les bloqueaban el camino, no lograron reaccionar a la inmisericorde sucesión de ráfagas que les llegó en cuestión de segundos, nos bajamos, arremetiendo por detrás, dejándolos bajo fuego cruzado, respondieron al ataque sin miramientos, sabían que les había llegado su hora, pero no querían irse solos.</p>
<p>Sentía que desde la última bala había transcurrido un siglo, la multitud de gente continuaba pasando, ahora se asomaban periodistas, nos enfocaban y fotografiaban, no comprendía nada, no reconocía a nadie, hasta que de pronto vi acercarse a uno de los hombres de F. Álvarez, —y ahora qué…  —me dijo, en tono burlón—, te vas a quedar ahí o te vas con los demás a vagar por el mundo… no te has dado cuenta que nos hicimos pedazos… no hay sobrevivientes… toda esa gente que camina por ahí son muertos que deambulan por la tierra… como de ahora en adelante lo haremos nosotros —creí sentir que alguien me había retorcido el cerebro, entonces caí en la cuenta que F. Pérez y P. López estaban desde hacía tiempo muertos, tan seguro como que si el que les había rellenado de plomo la conciencia había sido yo; vi hacia abajo, era cierto, ahí estaba, o lo que después de como 60 balas quedaba de mí, decir que tenía al menos una uña completa hubiera sido pecar de optimista, quise llorar, pero los muertos, como los machos, nunca lloran.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>MEDELLÍN 2043</strong><strong></strong></p>
<p>La noche se extendía densa y serena más allá del abandonado silencio de la calle; un hombre decrépito, con el pelo alborotado, vestido tan sólo con un raído abrigo y calzado con unos pedazos de piel, apenas sostenidos por las costuras, que si bien alguna vez habían sido botas, hoy dejaban escapar impunemente sus sucios dedos; trémulo y sigiloso se arrastró hasta la estatua de Pablo Escobar Gaviria, que, fría e inerte, pernocta al centro de la plaza del mismo nombre; casi sin aliento logró sacar una, bastante desactualizada y averiada, nano netbook, dictando con voz entrecortada la carta siguiente:</p>
<p>Querido Pablo,</p>
<p>Cuánto ha cambiado todo en nuestras tierras desde que tú no estás, hace 50 años que te fuiste y si volvieras no reconocerías a esta que fue tu ciudad, con el tiempo todo cambia, lo sé, pero acá pareciera que aún al tiempo lo han logrado cambiar; como recordarás, en tu época quienes exportaban la droga eran perseguidos y encarcelados, pero llegó el día en que el consumo de la misma fue legal, con lo que ingenuamente se pensó que nuestros países dejarían de ser paupérrimas repúblicas bananeras para pasar a ser ostentosas naciones cocaineras; nada más lejos de la realidad.</p>
<p>El país que tanto te persiguió, pero que a su vez era el principal consumidor, fue quien presionó para legalizarla; una vez logrado dicho objetivo, pusieron en práctica un proceso largamente planificado, primero activaron una impresionante red de plantas industriales productoras de un estupefaciente digital, luego lanzaron un ambicioso proceso de marketing encaminado a hacer un profundo posicionamiento de mercado para el mismo; los efectos más notorios llegaron cuando implementaron la tercera fase, introduciendo en los más populares <em>talk shows</em> y <em>hidden camera</em> un componente altamente adictivo, haciéndonos paulatinamente dependientes a todos, a tal forma que si en una semana no consumes mueres.</p>
<p>El cuarto paso del proceso fue declarar ilegal toda droga que no estuviera patentada por la marca Drugbuster, o sea la de ellos, iniciando una persecución aún más implacable que la de antes, en defensa del respeto a las leyes y la moral; el licor corrió la misma suerte y todos aquellos que se detectaron como consumidores del mismo fueron arrastrados a juicios sumarios, en los que indefectiblemente salieron culpables de padecer polidipsia alcohólica crónica o, en el mejor de los casos, sustituir el licor por alcohol hospitalario; cuadrillas de personas fueron expulsadas de las áreas urbanas y condenadas a malvivir errabundas en los basureros de los alrededores, alimentados tan sólo por los desechos que les tira una sociedad drogada y bien pensante.</p>
<p>Cuánto puede deber un continente a la historia, o a los administradores de la misma, para que se condene a sus habitantes a vivir perpetuamente manipulados, peleando diariamente por la causa ajena y defendiéndola como propia; para que vivan, como en la actualidad, rodeados de su publicidad desde las más grandes cadenas de hipermercados hasta las más humildes tiendas de barrio; para que, si intentan rebelarse, su única opción sea existir en un eterno estado de confusión, en el que consumen un producto que mientras finge brindarles la anhelada libertad, sólo los hace ser cada día más esclavos de ese mismo opresor que es quien lo fabrica; quizá tú sepas las respuestas y si es que existe esa otra gran panacea con la que han narcotizado a los pueblos y que llaman el más allá, sin duda que en pocos minutos lo podremos discutir, pues acá tenemos la tecnología en la mano, pero quien no tiene para la droga se mue ###@###@###@###</p>
<p> </p>
<p><strong>45 MINUTOS***</strong><strong></strong></p>
<p>Nunca me ha gustado el futbol, esa estéril alienación que padecen los engendros de esta patética rutina llamada sociedad; en cierta ocasión le pregunté a un amigo por qué ese deporte era tan popular —simple —respondió —no necesitas pensar para comprenderlo—, pero aquel día era distinto, de todas formas no jugué, pues no tengo la más mínima noción de las reglas de dicho deporte, me quedé entre el público, oprimiendo mi cuchillo con todas las fuerzas de mi rabia, atento por si éramos copados por el enemigo, los de la prensa nos observaban desde la distancia, incapaces de entrar, el humo lentamente nublaba la lejanía y el partido apenas comenzaba, los del sector 13 contra los del sector 18, los goles se fueron sucediendo uno tras otro.</p>
<p>Y estaba yo ahí, rodeado de todas aquellas gentes millonarias, todos hablándome y preguntándome acerca de tantos autores, acerca de tantos libros, acerca del mundo que más me atrae; repartieron los vinos y una vez en la calle, ellos siguieron en su mundo y yo a contar las escuálidas monedas de mi bolsillo para ajustar lo del pasaje, la gente quiere saber de qué hablan los escritores no de qué viven; ya en el metro, rodeado de individuos que nada sabían de literatura y menos querían averiguar, que venían pensando en cuánto tenían diariamente que suplicar una moneda, otros, los más, cuánto habían tenido que correr luego de haber asaltado a algún transeúnte.</p>
<p>En una derruida y penumbrosa estación había un retén de policía —levántese la t-shirt —me dijeron nada más bajar y mientras me apilaba junto a los otros, para que nos revisaran hasta las uñas, a fin de que en ellas no escondiéramos alguna sustancia ilícita o algún texto subversivo; maldije la hora en que, en un arranque de anarquismo kitsch, me había tatuado una de las ya celebres ratas de Banksy en la espalda.</p>
<p>Desde hacía un tiempo las pandillas se habían multiplicado por la ciudad, eran incontrolables para las autoridades, por lo que hacían estos seudo-operativos, en los que arrestaban a quien podían, preferiblemente si tenía tatuajes; en los periódicos salían titulares anunciando el avance en contra de la plaga de la delincuencia juvenil, enumerando la enorme cantidad de arrestos efectuados; mientras, los pandilleros libremente utilizaban las páginas de esos mismos diarios para envolver los cadáveres que iban abandonando en barrancos y carreteras.</p>
<p>Esa misma noche conocí al maldito <em>chupacabras j</em><em>o</em><em>h</em><em>nson</em>, al entrar en la celda, más bien cuando me tiraron dentro, llegó unos minutos más tarde, pues por una extraña razón, que tiempo después comprendí, tenía acceso a todas las celdas, los agentes le obedecían aun más que al director del presidio, me quitó todo cuanto de valor cargaba, incluyendo los zapatos, al protestar, sus secuaces me dieron una golpiza con la que mi rostro quedó irreconocible y mi cuerpo triturado, eso lo hacían constantemente con todos los reos que no pertenecían a su grupo; quienes se les oponían o amenazaban su poder, amanecían ahorcados con alambre de púas, sin que nadie dijera nada, el <em>chupacabras j</em><em>ohnson</em> estaba por asesinato, secuestro y asalto de bancos, no resta decir que cumplía cadena perpetua; el tiempo corría mientras investigaban hasta el último resquicio de mi vida y dado que el oficio de escritor por estos lares no es considerado oficio, sino más bien una transgresión, la situación se volvía compleja, con lo que se alargó el proceso, hasta esa tarde, en que estaba disfrutando del partido, que por cierto no dejaba de tener algún sabor a venganza.</p>
<p>Mientras nosotros apenas llegábamos a los 3 goles, <em>el</em> <em>needle</em>, que era el mejor de los contrarios, ya llevaba 4, <em>el</em> <em>blue</em>, otro que era bueno, también había metido 2 a su favor, la misma cantidad había anotado <em>el</em> <em>killer</em>, a estas alturas el encuentro se tornaba más que reñido, pues con esa diferencia de goles era casi imposible que los pudiéramos alcanzar, <em>el</em> <em>spoon</em> se tomó la delantera por la izquierda, atacó de contragolpe a uno de los nuestros, corrió con furia hacia la portería y ¡¡¡goooooooool!!! ¡gol! ¡gol! ¡gol! ¡¡¡goooooooool!!!, 5 mil hombres, cubiertos sus tatuados rostros con pasamontañas o trapos viejos, gritando al unísono, elevando sus ensangrentados cuchillos, oxidados tubos y más de una M-16, incautada a los guardias; la cabeza del <em>chupacabras johnson</em> fue atravesando como en cámara lenta el arco de nuestro sector por 9na vez, ese fue el último gol de la tarde.</p>
<p>*** <em>Inspirado en hechos reales acaecidos el 23 de Diciembre de 2002 en el sector Alaska (La Hielera) del Centro Penal Pavoncito.</em></p>
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		<title>tras la sequía, palabras de lluvia como una táctica para abordar segmentos de un tarde voraz e inocente</title>
		<link>http://www.teprometoanarquia.com/2011/09/28/tras-la-sequia-palabras-de-lluvia-como-una-tactica-para-abordar-segmentos-de-un-tarde-voraz-e-inocente/</link>
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		<pubDate>Wed, 28 Sep 2011 18:28:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1980]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[De pie, frente a estos árboles, me aferré a las raíces de algo inexistente. Fuerte, respiraba lento para no caer. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-1143  aligncenter" title="marilinda guerrero" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/09/marilinda-guerrero-248x300.jpg" alt="marilinda guerrero" width="248" height="300" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://mariguerval.blogspot.com/">[MARILINDA GUERRERO]</a> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>LA PARTIDA</strong></p>
<p> </p>
<p>De pie, frente a estos árboles, me aferré a las raíces de algo inexistente. Fuerte, respiraba lento para no caer. Aprisioné mi alma contra el pecho, evitaba su partida. Éste era el mundo. Ésta era la crueldad. ¿Se olvidará alguna vez el viento de las voces que torturaron los cuerpos? ¿Qué tan ciegos somos para percibir la luz, el aire, la luna? Todo esto lo pensé, mientras los demás cuerpos caían. Uno tras otro. Seguidos del disparo al aire. Observé la vida unida a la rama de estos árboles. Me convencí de escuchar el latir de mi corazón al mismo tiempo que danzaban las hojas de ese árbol.</p>
<p>En este cementerio clandestino, las cruces estaban de sobra. Las hojas, testigos mudos, se mecían, hamaqueando nuestras almas hacia el cielo. Arrullaban el soplo del dolor. Ésta era mi partida forzada hacia un nuevo mundo. Un calor inundó mi cuerpo al mismo tiempo que volé hacia el fondo de la fosa. No supe distinguir bien, una rara combinación de sonidos acompañaron los últimos instantes de mi línea en este planeta. Tal vez fue el duro sonido del choque de huesos con carne, el susurro de los vientos, o los grillos y los sapos que arrullaron esa noche, o todos juntos. De lo que sí estoy segura, es que al caer en mi último lecho, sentí que el universo entero abrazó mi alma y me brindó un abrazo de consuelo.</p>
<p> </p>
<p><strong>RETRATO DE UN ANTIHÉROE MODERNO</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Sencillamente es indescriptible cómo la parsimonia de lo imperfecto crea una perfecta influencia en la sociedad. Entre más disfuncional es un ser humano, más es aclamado por el público. Amo ser un anómalo entre lo funcional. Deseo ser siempre el cable suelto, el hilo del suéter tejido que cae listo para tomarse. Mi obsesión por lograr llegar al último escalón del estrato social es un incentivo para mejorar mi participación como arpía de esta sociedad. La educación es una fantasía, sólo para los imaginativos. Yo crezco como lo hacen los parásitos. A costa de otros. Mi espiritualidad es un fiasco. Lo material es mi religión. Dicen algunos que esto es pasajero, pero soy feliz así. Viviendo el instante, la dosis de adrenalina diaria. No sé si existiré mañana, y no sé si haré el bien por alguien. Velo por mi interés. La vida es una jungla, una selva y yo sobrevivo.</p>
<p>Así va el antihéroe, inspirando aire y lanzando bocanadas de fuego. Se oculta en lo obscuro y sale en las noches. A veces se le ve en el día, lacerando almas, recolectando muertes. Ha acabado con los héroes, los cuales se esconden por temor a represalias.  Con los años ha crecido, como un tumor inextirpable. Ahogante, asfixiante, succiona  sangre de su propia ciudad.</p>
<p> </p>
<p><strong>LA PRINCESA</strong></p>
<p> </p>
<p>Con  amores y odios, frutos y pérdidas, nimiedades y grandezas, su vida transcurre. Se sienta frente al espejo en su habitación, cuarto de cuatro paredes ennegrecidas por el  humo que entra por las ventanas. Solamente ella y su reflejo saben la verdad. Conocen  qué se oculta bajo del maquillaje y las ropas. Con sus retoques diarios, ella transforma cicatrices, verdades, es una corruptora de realidades. Utiliza cenizas de pasiones muertas en los párpados, mezcla de moscas y hormigas machacadas en las pestañas. La base de yeso, harina de habas y tiza la reparte de manera equitativa en su rostro y para terminar, los labios con óxido de hierro y polvo de rosas rojas. Queda hecha una Diosa.</p>
<p>A veces se ve más alta, otras veces se ve más robusta. Posee piernas largas, un poco musculosas. Sus brazos fuertes contrastan con las manos delicadas y el escenario de vida que le toca vivir. Se viste con ropas vistosas y provocativas. Utiliza tacones demasiado altos, no aptos para personas con vértigo. Al verla de lejos, es muy deseable. Amiga de la noche, se oculta de día, vuela y vive como vampiro. Es más fácil criticar y juzgar a la luz del sol. No se qué ocurre en la noche, pero lo prohibido es permitido. ¿Será acaso el alcohol, las drogas, las luces de los bares, el cigarro, los autos, el efecto de luna? No lo sé. Su vida nocturna es un nuevo amanecer. Ave de paso, alza sus alas buscando volar, alzarse hacia un nuevo universo sin tabúes, marcas ni estigmas. Sueña  caminar de día sin ser juzgada, señalada. Todas las noches busca su nueva esperanza de amor, o al menos, la añoranza de vivir una noche más, de restarle luciérnagas al calendario. Sobreviviente nocturna, descansa los pétalos y sus alas en el día y salía a planear en la noche por las calles del gris asfalto iluminadas por los faroles de pocos automóviles que deambulan por esos sitios. La confunden con un ángel, y los que la ven pasar se quitan de su paso para observarla. Deslumbra belleza espectral. Es la reina de la noche. Es la cenicienta de los bajos mundos, que va en busca de su príncipe azul.</p>
<p> </p>
<p><strong>TOQUE DE REALIDAD EN UNA NOCHE DE INSOMNIO</strong></p>
<p> </p>
<p>El vivía las lágrimas del insomnio. Vigilia de días. Con ojos resecos. El sueño que tenía no sufría remordimiento alguno por haber desaparecido. A lo lejos escuchaba su risa, cada vez que suspiraba, esperando tener algún descanso en su cuerpo. Aburrido de verlo despierto,  Morfeo retiró la espiga del enchufe de su desvelo. En un instante se sentó en la cama. Realizó una profunda inhalación. Atrajo para sí, el humo del primer cigarro en la noche. Noche larga. Negra con puntos blancos. Cerró los ojos para aceptar que conforme inhaló el humo de varios cigarros, su ropa se impregnaba de un presente de nicotina que le recordaba su adicción.</p>
<p>Experimentó la desconexión de sus pensamientos. Se refugiaba del mundo. Escapaba  de la crueldad, de las negociaciones diplomáticas en medio de guerras de países y masacres en el suyo. Se hospedaba lejos de las muertes injustas y del borrador constante que trabajaba a diario por eliminar cualquier trazo de vida en el planeta. Le daba asco ver cómo estrechaban la mano los políticos, midiendo poderes, como quien mide quién la tiene de mayor tamaño.</p>
<p>Ese humo de cigarro le recordaba el inventario de su día. Los disparos. La transformación diaria de su mente como un ordenador. Manipulada  por los medios. Se dio cuenta que su cotidianidad era aburrida, en medio de tanta violencia. Que era un suplente de un antiguo trabajador en la empresa. Un substituto en ese hotel que habitaba. Un evasor en la vida de su  esposa. Un accidente en la vida de sus padres. Era un apéndice, un añadido. La sobrecarga de esos pensamientos en medio del sueño le llevó a doblar la espalda. Le dolían los hombros. Su respiración se agitó, observó el surgir de sus miedos y pesadillas del fondo de la cama para conquistar su alma. Quiso gritar, pero no pudo. Una pesadilla le mostró su realidad. La de su muerte en ese cuarto. Solo. Con varias colillas de cigarro en las sábanas.</p>
<p>Se levantó de golpe. Abrió los ojos. Estaba solo. Con varias colillas de cigarro en las sábanas. En ese hotel de paso. Al sonar el reloj de la alarma, se levantó y se bañó. Empacó sus cosas, decidió volver a casa.</p>
<p> </p>
<p><strong>TUS PÍCAROS OJOS</strong></p>
<p> </p>
<p>Frente al hotel cariñito, con la pensión occidente al lado derecho y al izquierdo el comedor la chinita, lo conocí. Vestía una playera blanca, gorra azul y sonrisa amplia. El lunar de su nariz resaltaba el color de sus ojos. Cada vez que salía a comprar el quetzal de tortillas a la panadería y tortillería la bendición, siempre lo veía, parado, en la esquina, con un cigarro en la mano. Si cruzábamos miradas, él sonreía y me decía piropos, dejando por último un silbido. Lograba ruborizarme y yo corría con las tortillas en la mano y los calzones mojados a mi casa. Lo espiaba a través de la cortina. Parecía una estatua, frente aquel bar, tus picaros ojos. Era muy sociable.</p>
<p>La amistad que tenía con las chicas del bar nunca me gustaba. No parecían mujeres decentes. Yo, en cambio, era una niña de bien. Mis papás siempre cuidaron de mí. Imaginé ser una mujer hermosa para él. En las mañanas, cuando me arreglaba, peinaba mi cola y subía las calcetas del uniforme, fantaseaba con sus manos rozando mi cintura como él lo hacía con las chicas del bar. Deseaba tanto ser el cigarro que besaba su boca.</p>
<p>Nuestra  primera plática fue corta. Fue frente a la venta de lotería que estaba al lado de la estación de policía, la que queda bajo las escaleras de la pasarela. Tímida, le dije mi nombre mientras él tomaba mi mano. Sentí mariposas en el estómago. Me sorprendió que un hombre como él quisiera conocer a una niña como yo. Preguntó por mis papás, mi familia, me decía lo bonita que era. Al llegar a mi casa, con las tortillas casi frías, me enfrentaron mis papás. Querían saber qué había pasado. Inventé la excusa de que no tenían hechas las masas y por eso la tardanza.</p>
<p>Por varios días desapareció. Yo mantenía la esperanza de volver a verlo. El día que tanto soñé, se cumplió. Se acercó por detrás mientras esperaba que salieran las tortillas y me abrazó. Mi cuerpo vibró y un calor me inundó. Me dijo al oído si lo dejaba darme un beso. Me quedé muda. Pude percatarme de que la señora de la tortillería lo veía con cara de enojo. “Es una niña”, le dijo. Me molesté. Seguro que estaba celosa. Me acompañó a mi casa y en el camino me dijo que estaba enamorado de mí, que era la niña mas linda de la cuadra, y quería vivir conmigo siempre. Yo escuchaba sus palabras en las nubes, no podía creerlo. Me dijo que huyéramos a vivir juntos el resto de nuestras vidas. Después de depositar un suave beso en mis labios, fijó una fecha para la huida.</p>
<p>Durante los días previos a la partida, me di cuenta que iba a abandonar todo, mis amigos, mi familia. Pero valía la pena. En ese momento, mi amor por el trascendía edad, tiempo, espacio. Empaqué mis ropas. Estuve cerca de mis padres el día previo a mi partida, era mi despedida para ellos. Al día siguiente, mientras esperaba  que saliera mi mamá a su reunión habitual con sus amigas, escuchamos unos disparos. Llegó la policía, los bomberos, y salimos a la calle. Vimos en dirección al bar y de allí salía él, con esposas, lo subían a la patrulla. Mi mundo se desplomó. A los días me enteré que a otras niñas les había dicho lo mismo y que planeaba llevarnos a otro país a trabajar. Ahora lo odio, jugó con mis sentimientos, creí que me amaba. Rompió mi corazón.</p>
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		<title>explosiones de pus ambarina en el oscuro anfiteatro en donde las almas se enfrentan al soez placer de la infraexistencia</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Aug 2011 19:28:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1966]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[—Que todo sea por el amor a mi arte —anunció teatralmente Bauhaus mientras alzaba su vaso ofreciendo un brindis.

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-1126" title="eduardo juarez" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/08/eduardo-juarez1.JPG" alt="eduardo juarez" width="400" height="533" /></p>
<p> </p>
<p align="center"><strong><a href="http://exposiciondeatrocidades.blogspot.com/">[EDUARDO JUÁREZ]</a></strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>EXPOSICIÓN DE ATROCIDADES</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="right"><em>A Jazmín </em></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="right">—Gregorio —dijo la voz de la madre—,</p>
<p align="right"> ya son las siete menos cuarto. ¿No tenías que irte de viaje?</p>
<p align="right">FRANZ KAFKA</p>
<p align="right"><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>CAPÍTULO I </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>—Que todo sea por el amor a mi arte —anunció teatralmente <em>Bauhaus</em> mientras alzaba su vaso ofreciendo un brindis.</p>
<p>—Hace shó, vos <em>hijuelagranputa</em> —respondió <em>Goya</em>, explotando la p como bomba fonética, con decepción iracunda en su semblante y parpadeando rápidamente como si quisiera leer letras demasiado pequeñas y en un idioma desconocido.</p>
<p> —Todo se reduce a hacer plata, mula, cuándo vas a sacarte la cabeza del trasero y ver que no es arte si no decoración lo que el mundo quiere, trivialidad es lo que pide a gritos, chiquilladas es lo que piden que vos y yo pintemos —continuó, obviamente molesto y su voz sonaba como si estuviera a punto de soltar el llanto.</p>
<p> —Arte transnacional, arte corporativo, pintar lo que la gente quiera consumir, arte banal, volverse la pizza del arte, con servicio a domicilio y garantía de entrega en treinta minutos o no paga —Ahora hablaba rapidísimo, sin resollar, como si se estuviera ahogando.</p>
<p>—Paisajes de La Antigua con delfines y unicornios invadiendo las nubes para el criterio de los que tienen plata mal habida en este país corrupto, para los que quieren mantenerse a la par de sus amistades que decoran sus casas porque piensan que hay que decorarlas, no porque necesiten rodearse de belleza, sino por el instinto de manada    —condenó <em>Goya</em> tragándose la desilusión que era lo único que conocía—. Arte sin voluntad. Arte sin pasión. Arte sin musas. Arte sin arte. Entretenimiento del más vulgar. Lástima que ya no hay guerrilla, muchá. Yo me metería a esa mulada, ¡por Dios!, y les volaría bala a todos esos malditos locatarios del mercado del arte decorativo —tembloroso de rabia, el hocico de <em>Goya</em> estaba literalmente echando espuma.</p>
<p>—Pé-len-me el e-jo-te-las-dos  —dijo <em>Popart</em>.</p>
<p> </p>
<p>Los tres habían sido estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas y sus apodos se los habían puesto ellos mismos de acuerdo al artista o género que querían imitar.</p>
<p><em>Goya</em> tenía talento, se llamaba Francisco, era de origen indígena. Había leído biografías y estudios del maestro con exceso de pasión. Además, había escudriñado los cuadros de Goya por horas en los cafés cibernéticos cercanos a su casa y se identificaba completamente con el hecho palpable de que, más que la lujuria, lo que consume a la humanidad es el odio. También simpatizaba con Goya por las recurrentes visiones infernales y lunáticas que le sucedían donde quiera que se encontrara, en todas partes, en su mente, en su cuarto, cuando pintaba sus cuadros, cuando se emborrachaba en las cantinas de su cuadra, en su barrio y, en fin, por toda Guatemala. Otra razón por la cual se había apodado <em>Goya</em> era que se daba cuenta que también en su familia, como en muchas de las familias guatemaltecas, las madres y los padres preferían devorar a sus hijos en vez de alimentarlos, liberarlos y verlos ir y volverse ellos mismos.</p>
<p>Francisco a menudo fantaseaba imaginándose que él era una hilacha de carne atrapada en una carie en las apestosas fauces de la muerte y que ésta se la pasaba lengüeteándolo todo el día tratando de sacárselo de la muela, ya sea para tragárselo o escupirlo.</p>
<p><em>Bauhaus</em> era tapicero y todo el mundo lo conocía como “El Topo”. Se había apropiado de ese apodo porque le sonaba delicado e intuitivamente sabía que era mucho más difícil diseñar una silla de primera calidad que pintar un cuadro que tuviera alguna utilidad. Fiel a sus inconscientes e inarticuladas convicciones estéticas, ni siquiera diseñaba sillas, únicamente las tapizaba y sólo pintaba cuadros malogrados. Alguna vez fantaseó con tapizar —intervenir— el piso del mercado de El Guarda con sus cuadros para que todo el mundo viera su trabajo y se paseara sobre él hasta que no quedara ninguna huella. Su fantasía era que en él encarnaba el pensamiento más absurdo y  más vulgar del jardín de imágenes guatemalteco.</p>
<p><em>Popart</em> era publicista. Le encantaba utilizar en su complicado y aparatoso léxico las palabras “creatividad”, “tecnología”, “innovación” y sobre todo “pasión.” Esta parte de su verborrea era el combustible que lo ayudaba a alcanzar sus más ambiciosos deseos.</p>
<p>Vendía bien su trabajo más por su perorata mareadora y delirante que por la calidad de sus creaciones. <em>Popart</em> rechazaba todo: el realismo, el primitivismo, lo abstracto, el dadaísmo, el surrealismo, el posmodernismo y todo lo que no fuera “su obra”. Persuadía a los clientes diciéndoles que sus cuadros, fotografías, collages y esculturas sustituían la realidad con la belleza por medio del diálogo entre la armonía y ruido —ellos—, entre lo despierto y lo dormido —ellos—, entre lo único y lo masivo —ellos—.</p>
<p>—Ustedes, mis innovadores clientes —les juraba—, simplemente no pueden  perder al adquirir cualquiera de mis piezas.</p>
<p>Lo que verdaderamente lo había empujado a adoptar ese apodo era el hecho de que su formación familiar, ética, estética, sentimental y académica había quedado a cargo de la tele, la radio y una que otra revista ilustrada, pues desde pequeño aborreció las letras. El fantaseaba sin resuello que simplemente era una letra desconocida más en la mente de este país analfabeta.</p>
<p>—¡Pelámela vos a mí, maldito prostituto, asqueroso! Estás igual que las viejas zorretonas burguesas que compran tus mamarrachadas solo porque tienen calzoneados a sus garrotes y ellos les compran cualquier estupidez que haga juego con los sillones de su sala del catálogo <em>Sears</em>. Todo para no quedarse atrás y seguir propagando el desquiciado mal gusto adquirido de sus amistades imbéciles ‘<em>nouveu rich</em>’. Es como vestir a la mona de seda o maquillar a un cadáver que se voló la tapa de los sesos, es echarle miel a una gran plasta de caca y pensar que es un manjar y comérsela —resolló—. ¡Hmmnn, qué rico! —y concluyó entre carcajadas perturbadas.</p>
<p>Los ojos de <em>Goya</em> estaban a punto ser expulsados de sus órbitas por la profunda indignación que sentía, y continuó en un arrebato.</p>
<p>—Mejor deberían decorar sus jaulas de oro con pósters de purina <em>Puppy Chow</em>, de papel toilet recién usado, con alitas de pollo,<em> </em>con cajas de cartón de televisores <em>Sony</em>, con sus calzones pringados, con cualquier porquería menos con tus cuadros impostores, hijo de la grandiosa puta —terminó gritando encaramado sobre su silla.</p>
<p>La rockola, que estaba atrás de unos barrotes para evitar que se la robaran, contaminaba el ambiente de mala suerte y muerte de La Estrella Fugaz con música ranchera, cumbias y melodías del recuerdo. “Hoy vi a Santa Claus llorar,” resonaba catastróficamente una canción del los Buquis que algún desgraciado había marcado en pleno junio.</p>
<p>—Sólo porque no ganaste nada en la bienal del supermercado no tenés porque apestar nuestra pequeña celebración del arte de mi arte con tu espíritu de súper bastardo amargado —reprochó <em>Bauhaus</em> desilusionado mientras ayudaba a Goya a bajar de la silla.</p>
<p>—Hace shó vos también, estúpido, cara de mi huevo —cortó colérico <em>Goya</em>—. Vos sos parte del problema, conformista fotocopiado. Mejor olvídate del arte y seguí tapizando sillones y sofás ajenos con florecitas primaverales y pintando paisajes torcidos; el arte debe deshacerse de basura como vos —soltó una amarga carcajada de frustración.</p>
<p>Mientras tanto, la atmósfera de La Estrella Fugaz había alcanzado su nivel usual de infamia y desesperanza. Un borracho inconsciente se deslizó en cámara lenta de la silla y se acomodó lo mejor que pudo entre las escupidas del piso. Sus zapatos y calcetines hacía rato que se habían dado a la fuga con un amigo de lo ajeno. Otro bolo dormía en la mesa de la esquina. Tenía la cara hinchada y raspada, y una poza de babas había creado un mini lago cuya fuente era la comisura de sus labios. En el fondo, tres jóvenes bebían serenamente sin platicar mucho. Sus semblantes eran ásperos y amedrentadores. Eran algunos de los ladrones del barrio. Esa noche habían robado lo suficiente y ni siquiera eran las diez. Ahora, con silenciosa dignidad disfrutaban del dinero arduamente ganado por sus víctimas.</p>
<p> </p>
<p>A los tres aspirantes de artistas les gustaba La Estrella Fugaz porque los hacía sentirse dentro de una pintura demente de Van Gogh y además porque el trago era barato. En el ambiente había densas capas de degradación espiritual mezcladas con grasa acumulada de miles de bocas mal cocinadas. A pesar de la suciedad, un verde perico y un amarillo canario con tonalidades excrementicias eran los colores que definían las paredes.</p>
<p>Las huellas visibles de los brochazos y del goteado delataban la mala gana con que habían sido pintadas. Más que con brocha, parecía que la pintura hubiera sido embadurnada con un cepillo de raíz o con los dedos. El piso era de un rojo diabólico, con vaporosos contrastes de rosado-con-su-amor-propio-herido. Los muebles de pino eran rústicos, flojos y mal acabados. Cada lugar que absorbía luz arrojaba la locura del gran Vincent: dedazos estancados de color hipnotizador y grueso queriendo circular los objetos.</p>
<p>—Los pintores y toda la insolente escena del arte guatemalteco no es otra cosa que una serie de destempladas poses pornográficas con actores antiestéticos y sin imaginación —continuaba <em>Goya</em> devastando todo con su imparable metralleta verbal—. Toda Guatemala es una perra muerta de hambre de dinero con presunciones de señorita virtuosa y honesta haciendo performances en una feria católica.</p>
<p>—¿De qué jodidos estás hablando <em>Goya</em>? — indagó <em>Pop</em> perdiendo la paciencia con su amigo de la adolescencia. Quiso hacerle regresar a sus sentidos con un poco de ridículo—. Está altísima la marea de tu neurosis en esta noche de derrota. Deberías incorporar un poco de tecnología a tu trabajo estético —ironizó herido <em>Popart</em>, viéndolo con incredulidad y disgusto—. Si hubieras ganado un hueso, aunque fuera honorífico, ahora mismo estarías carcajeándote y sofocado de calor, sonrojado, chupándote el dedo índice, sentado en las piernas del supermercado, susurrándole ‘es que… es que… es que lo quiero muuuuucho’ una y otra vez como quinceañera enamorada —remató agresivo.</p>
<p>—Hablando de mujeres fáciles —interrumpió <em>Bauhaus</em>, intentando calmar un poco la violencia verbal de sus compañeros—, hoy tu madre me maldijo de nuevo y me acusó de que te estoy llevando de la mano por la ancha carretera que lleva al infierno —dijo a <em>Goya</em> amablemente, palmeándole el hombro, como queriendo desviar el conato de pleito de su verdadera fuente. Ellos eran vecinos y la mamá de Francisco no soportaba ver a <em>Bauhaus</em> ni en pintura.</p>
<p>—Y hablando de sus madres indigentes, allí viene entrando una de ellas —dijo <em>Popart</em>, señalando a una paupérrima mujer de unos treinta cinco años que husmeaba la atmósfera saturada de compulsiones peligrosas.</p>
<p>Se acercó a los tres pintores para pedirles un trago. Al verla de cerca, los artistas anotaron en sus corazones traicioneros que era una mujer muy atractiva, robusta, de rostro bondadoso y obviaron que tenía unos ocho meses de embarazo. Los ojos de la señora parecían estar ciegos a toda la basura sobre la que navegaba sin siquiera mancharse, y en su mirada derramaba un alma buena que se había divorciado de todo el egoísmo que contenía aquella bacinica de cantina, aquella letrina de ciudad, este retrete colectivo que llamamos sociedad, del todopoderoso rebalsante cagadero del Mundo en el cual vivimos.</p>
<p>Sus ojos ciegos a la maledicencia reflejaban una intensa calma y brillaban serenamente. Los desconocidos artistas la invitaron a sentarse a la mesa y compartir su guaro. Su rostro aparentaba tranquilidad e inteligencia pero también era fácil adivinar que una mala racha la había enviado exiliada, la había convertido en una desterrada de la vida. Era evidente que ella venía de otra constelación que, ciertamente, no era la de La Estrella Fugaz.</p>
<p>Luego de servirle el trago, <em>Bauhaus</em> empezó a manosearla como a los bosquejos mal habidos y de mala fe con la que usualmente empezaba sus cuadros. Metió la mano bajo el vestido lustroso de mugre. Ella lo empujó con disimulo e intentó disfrutar de la bebida. Los jóvenes pintores ignoraban el humor atroz de la señora. <em>Goya</em> y <em>Popart </em>trataban de conversar con ella, pero pronto comprendieron que la mente de la señora estaba demasiado distante, lejos, en otra galaxia. La rockola gritaba el narco-corrido que el cantante interpretaba con pesado acento gringo: “<em>enséñarme tus huevos… no tener ni clara ni yema sólo tener cocaínaaaaa!!!</em>”</p>
<p>A pesar de la lejanía en que ella estaba, <em>Bauhaus</em> logró sacarle un pecho grande, redondo, firme y blanco como la leche, que contrastaba tiernamente con la piel mugrosa que lo rodeaba. El extravagante contraste de colores excitó instantáneamente a los ambiciosos y lujuriosos miembros de la plástica guatemalteca.</p>
<p>La señora trataba en vano de sacudirse a <em>Bauhaus</em> como a una mosca necia y rezumbona. Éste intentaba con desesperación y lujuria, a pesar de los empujones defensivos de la señora, posar sus labios sobre su pezón rozado, hermoso y encantador. Estiraba sus labios y su lengua parecía la de una víbora. A estas alturas, <em>Popart</em> y <em>Goya</em> estaban excitadísimos. <em>Bauhaus, </em>intempestivamente, le propuso a la señora coger con él por cincuenta quetzales. El rostro de la señora se entristeció profundamente mientras consideraba la propuesta desde su lejana constelación. Después de un largo momento dijo que aceptaba, pero solamente si iban los tres.</p>
<p>La lujuria deformaba el rostro de <em>Bauhaus</em> en tanto persuadía a <em>Goya</em> y a <em>Popart</em> de que cayeran muertos con la plata.</p>
<p>—Pero está a punto de reventar, morboso desgraciado. Es probable que dé a luz mientras te la estés planchando, enfermo maldito —exclamó nerviosamente <em>Popart</em>, tratando de negar su propia e incontrolable excitación.</p>
<p>—¿Y qué pisados, huecos, puritanos de mierda? Piensen en lo innovador que va a ser. Piensen en las furiosazas musas que vas a despertar acostándote con esta indigente, —argumentó luciferinamente <em>Bauhaus</em>. <em>Popart</em> consultó a <em>Goya</em> con la mirada y éste sólo encogió los hombros.</p>
<p><em>Popart</em> compró una botella para llevar y pagó la cuenta. Se volvió agudamente consciente de todo lo que pasaba a su alrededor: del ruido del arrastre de las patas de las sillas cuando se levantaron, de la separación de cada billete cuando pagó la cuenta, de las ranuras de los discos de la rockola que sonaban como si los cantantes estuvieran masticando papalinas o chicharrones mientras cantaban la misma canción por trillonésima vez. La rockola de la Estrella Fugaz era tan retrógrada que tenia discos de celuloide y de cuarenta y cinco revoluciones.</p>
<p>Los cuatro abandonaron la opaca estrella y se dirigieron a la pensión Rodríguez que quedaba a la vuelta de la cantina. La señora los seguía calmada. Los jóvenes pintores no querían admitir la lujuria que los poseía, que corría por sus venas, por sus genes, por sus <em>trestristespenes</em>. La excitación los agitaba visiblemente y desarticulaba desde dentro sus pensamientos y sus palabras, sobre todo a <em>Popart</em>, a quien con más frecuencia se le desbordaban las emociones.</p>
<p>Uno tras otro entraron mecánicamente al cuartucho hediondo a creolina, amueblado con dos camas y una silla de pino, tan mal hecha como las de La Estrella. El silencio nervioso se quebró con el sonido seco que hizo la tapa de la botella al romperse y con el pequeño estrépito de la tapita de gaseosa al caer al suelo para dejar libre el acceso a los líquidos que habrían de lubricar la ocasión. <em>Goya, </em>después de tragar generosamente, pasó la botella y los otros la empinaron según su capacidad y necesidad obviando la gaseosa.</p>
<p>La intensidad de lo que vendría aumentaba con el gluc, gluc, gluc de las gargantas. El sonido del tragar quedó tatuado en el alma de <em>Popart</em>.</p>
<p>La señora dijo que podían hacer lo que quisieran con ella mientras las luces estuvieran apagadas y <em>Bauhaus</em>  las apagó antes que la indigente terminara de decirlo.</p>
<p>La mujer se desvistió y se acostó en una de las camas con las piernas abiertas y levemente alzadas, en posición de pollito asado. <em>Popart</em>, el capitalista de la expedición, fue el primero. Sin mayores miramientos, se montó sobre ella y la penetró. Su vagina quemaba como horno de panadería. Ella lo abrazó tiernamente y con cuidado cruzó sus piernas sobre las nalgas de <em>Pop</em>, que sobre una panza embarazada no pudo detener las silenciosas lágrimas que le calcinaban sus ojos. Su llanto lo hizo sentir como un inocente niño en las tinieblas profundas en la noche de su mente.</p>
<p><em>Bauhaus,</em> sentado en la otra cama, se reía como hiena convulsionando. <em>Goya</em>, en la silla, como babuino tosiendo, y ambos hacían chistes y comentarios inhumanos mientras esperaban su turno en la penumbra y bebían.</p>
<p><em>Popart</em> intentaba, pero nada. El rechinido odioso de la cama vieja lo desesperó. El olor de la señora le producía nausea. Recordó el comentario que le hizo una prostituta no hacía mucho tiempo, cuando estaba en la misma situación: “Vos sos como el Gobierno de Guatemala, no servís para ni mierda, pa’qué mi chile”.</p>
<p>Mientras tanto, <em>Pop</em> hacía muecas obscenas, fingía pujidos y estertores de muerte. Pensaba en lo que su finado amigo Mundo le contó que sintió cuando hizo el amor por primera vez con la que ahora es su esposa. Mundo le reveló que esa gloriosa vez él sabía que estaba creando vida y esa emoción le había volado la mente y que una increíble sensación de bienestar se había apoderado de él durante esa unión sagrada. “Una conexión cósmica, manix”,  le compartió, mientras se jalaba el pelo con la mano izquierda y sus pupilas se dilataban alarmantemente, más en un ojo que en otro, y sacudía la mano derecha hasta que los dedos sonaron como latigazos al aire. “Una conexión cósmica, vos <em>Popartito</em>”, le había confesado Mundo, y ¡cabal! su novia había quedado preñada.</p>
<p><em>Popart</em> sabía que en ese momento lo que estaba haciendo no era crear vida. Al fin dejó de llorar y encontró un poco de consuelo en la experiencia de Mundo, que tanto añoraba para sí. Se dio por vencido y le cedió el espacio al que seguía.</p>
<p><em>Goya</em>, que también había puesto unos centavos, fue el siguiente. Agresivo y seguro de sí mismo, ejercitó la “patadita de ángel”, “armas al hombro”,  “tumbito de mar”,  la “llave de pupo” y por último la puso en cuatro. <em>Bauhaus</em> se jalaba violentamente el pajarito como si se lo quisiera arrancar antes de que llegara su turno. <em>Goya </em>gimió como macaco cuando acabo y se secó el sudor de la cara con sus calzoncillos. </p>
<p><em>Popart</em>, desde la silla torcida, observaba con profunda tristeza esa perversa prueba de hombría. Se tomó otro largo trago y no supo si era él o las cosas las que se iban apartando del cuarto. Todo se alejó y se sintió flotar por los cielos. Cabeceó, durmió y soñó. “Richi richi richi richi”, la odiosa cama marcaba el ritmo del sexo que invadió paulatinamente el terruño de su inconsciente, su verdadera patria.</p>
<p><em>“Montaba una bicicleta de reparto con el canasto lleno de cuadros. Había una cuesta empinadísima por lo que cada vez le costaba más pedalear y hacer avanzar la bicicleta. Se dio cuenta que era la antigua carretera a El Salvador. Se detuvo porque su corazón iba a estallar. Se bajó de la bicicleta y reconoció el parqueo del Colegio Maya. Aprovechó el descanso para mear. Se acercó a una pared y dejó fluir sus orines. </em></p>
<p><em>De pronto, una mujer policía lo jaló del pelo, lo lanzó al suelo como si fuera un costal vacío y allí mismo lo esposó. Hoy si te llevó la gran diabla, marchante del arte </em>—<em>le gritó</em>. <em> La agente policíaca lo levantó a jalones mientras lo empujaba hacia dentro del colegio. Él vio su fláccido miembro al aire. La mujer lo tironeaba con fuerza ejerciendo presión alrededor de sus muñecas. Mientras lo conducía al tribunal, él sentía que se le reventaban las venas por la presión de las esposas. Lo sentó en el banquillo de los acusados. El jurado, compuesto por mujeres maduras, adineradas, muy bonitas y bien cuidadas, estaba en su contra. Una de ella le dijo </em>“<em>Popart, nunca más te vamos a comprar nada  por hablar mal de nosotras a nuestras espaldas”, y</em> <em>las demás gritaron en coro como en una caricatura, “nunca más, Popart, nunca más.</em></p>
<p><em>Cabizbajo, Popart miraba su miembro encogido y feo. </em>“<em>Gracias a Dios”­</em>,<em>  les respondió reconfortado. La mujer policía lo levantó violentamente para echarlo fuera del tribunal. Alguien abrió la puerta y lo lanzaron a la calle.</em></p>
<p><em>Popart</em> despertó y somató duro el piso de la pensión.<em> “</em>Richi, richi, richi, richi.” <em> </em>Las imágenes del sueño fueron desorbitadas y tambaleantes. Al darse cuenta donde estaba, fue como si estuviera viendo un video casero de pésima calidad, con el sonido estropeado por el viento que chocaba contra el micrófono de su mente. Su rostro obedeció al impulso de no manifestar ningún sentimiento. Sin embargo, estaba a punto de explotar como una bomba de tiempo a la que le quedan únicamente tres segundos.<em> </em></p>
<p><em>Goya</em> se destrabó de la señora y el momento que <em>Bauhaus</em> había esperado toda su vida por fin llegó. Se colocó entre las piernas de la lunática y anunció dramáticamente “que todo sea por el amor a mi arte.” Luego le ordenó a la señora que lo montara como al semental que él creía que era. Trabajó dura y afanosamente, practicando todas las posiciones que su formación pornográfica le había proveído. Él, en su imaginación, siempre se consideró un superhombre aunque fuera en tiempos de hambre. Para su mente engañada, él era una leyenda. Pero <em>Bauhaus</em> no sólo quería impresionar a la señora con sus vastos conocimientos en el “arte de coger” sino sobre todo a sus colegas artistas y bohemios. Impresionar, de eso se trata el arte. Sus compañeros habían perdido todo interés en lo que pasaba enfrente a ellos y estaban sumergidos en lo más profundo de sus abismos emocionales.</p>
<p><em>Popart</em>  se preguntaba perturbado por qué no estaba echado y roncando en su casa como todas las personas normales. Temía admitir que este vacío que sentía estaba igualmente presente en su casa. Tenía miedo de aceptar que nunca se había sentido normal en la ciudad fantasma de su alma. Por otro lado, quería convencerse de que ésta era la formación de todo artista, que las experiencias enfermas eran las que despertaban los demonios de la creatividad y el interés de los ángeles por los creadores. <em>“El camino del exceso conduce a</em> <em>la sabiduría”</em> y otros axiomas trillados de esta clase se repetían a sí mismo para apaciguar la congoja inmensa que se había apoderado de él. Quería creer que esto que estaba haciendo le iba a quitar el candado a las puertas de su percepción y podría ver el panorama del misterio que es la vida. Insistía en confiar que este momento era su pasaporte visado y con beca al jardín del edén del arte.</p>
<p>Su deseo de toda la vida de estar en cualquier otro lugar que no fuera donde precisamente se encontraba latía incesante en su mente. Una catarata de pensamientos quemados chocaban con sus sentimientos. Las accidentadas ideas que producían tal colisión eran tan predecibles que lo avergonzaban aún más. <em>“Dios no ayuda a los que se ayudan a ellos mismos”.</em> <em>“Al camarón,</em> <em>aunque no duerma, siempre se lo lleva la corriente”.</em> <em>“Siempre es más</em> <em>tenebroso segundos antes de la aurora”.</em> Después de lo que se sintió como una eternidad, el amanecer empezó a apoderarse de todo.</p>
<p><em>Bauhaus</em> y <em>Goya</em>, con exactitud de reloj suizo, seguían turnándose a la señora, sumergiéndose en ella como en una piscina donde se refleja un cielo plomizo. A la pálida luz del alba, <em>Bauhaus</em> y la señora se veían como un monstruo de dos cabezas, retorciéndose y agonizando sobre el colchón maloliente de paja. Al fin, <em>Bauhaus</em> moría en éxtasis histriónico. Su respiración aumentaba de velocidad, pujaba, gemía, jadeaba, pataleaba, desfallecía, hasta que soltó la voz entrecortada y pudo decir “¡soy… el… hombre… más… feliz… del… mundo!, y fingió caer fulminado sobre la indigente.</p>
<p>—Será mejor que quités tu culo huesudo de mi camino —le advirtió<em> Goya </em>carcajeándose como chimpancé del hombre más dichoso del planeta y preparándose para el próximo round con la indigente.</p>
<p>—Está amaneciendo y me tengo que ir —susurró la señora desde el olvido.</p>
<p>Se vistió delante de los tres artistas quienes la observaron minuciosamente. Actuaba como si ellos no estuvieran allí, como si nada hubiese sucedido. <em>Popart</em> tenía la cara fragmentada en varios pedazos y aventuró a preguntarle su nombre.</p>
<p>— Aurora —musitó la señora, y el sueño, el hastío y la maldad sin voluntad se combinaron para convertir aquel cuadro en parte de una pesadilla.</p>
<p>A <em>Popart</em> le causó gracia el paradójico nombre de la señora. Lo asumió con cinismo. Pálido y hecho pedazos, se carcajeó en silencio de ser víctima de esta ironía. Se carcajeó hasta que sus lágrimas empaparon sus cachetes. Sus risotadas desorbitadas lo hicieron vomitar. Sus compañeros se vieron el uno a otro sin saber qué pensar.</p>
<p><em>Goya</em>, vanidoso e impenitente, no pudo resistir hacer la pregunta.</p>
<p>—¿Quién de los tres se desempeñó mejor?</p>
<p>Ella le sopló un beso y lo señaló como la estrella de esa noche fugaz. <em>Goya</em> brilló como farol de tamalería, orgulloso de haber salido avante en esa ardua prueba de hombría, engreído de no haber quedado mal delante de sus amigos.</p>
<p><em>Goya</em> y <em>Bauhaus</em> estaban alarmados porque <em>Popart</em> parecía haberse quedado suspendido en una dimensión bizarra. Su cuerpo estaba allí pero su mente se había dado a la fuga. Aurora se marchaba y <em>Bauhaus </em>caminaba tras ella como hipnotizado.</p>
<p>—¿Adónde pisados vas, maje? —indagó <em>Goya</em>—. ¿Qué van a decir los vecinos si nos ven salir con esa loca desgraciada?</p>
<p>—Si salimos los tres solos van a decir que somos huecos —razonó impecable <em>Bauhaus</em>.</p>
<p>—Qué piensen lo que se les dé la regalada gana —dijo <em>Popart</em> sin emoción alguna en su voz y tomó a Aurora de la mano. <em>Goya</em> y <em>Bauhaus</em> titubearon sin saber qué hacer o decir.</p>
<p>Salieron de la pensión con la ropa arrugada, los pelos parados, el aliento corrompido y soltando por los poros un inconfundible olor a trasero. En el mercado de El Guarda, un tumulto de gente inauguraba el día armando sus ventas callejeras. Era jueves y los tres artistas  sabían que ese día no se asomarían por sus empleos absurdos.</p>
<p>Llegaron hasta la parada de buses de la pasarela del Trébol. <em>Popart</em> recordó que en muchas ocasiones había deseado morir allí, atropellado por un vehículo enorme, quedar como chucho destripado bajo cualquiera de las pasarelas de aquella enorme calzada.</p>
<p>El Trébol. No podía existir paisaje urbano más desolador.</p>
<p> </p>
<p>La nube de <em>smog</em> que desdibujaba todo, el infernal ruido de diez mil carros atorados, las bocinas frenéticas, impacientes y enloquecedoras que, de no ser porque los transeúntes ya nacen sordos y aturdidos, enloquecerían a todos los ciudadanos que tienen que pasar por allí. Los autobuses rebalsaban de pasajeros que hubieran preferido quedarse echados viendo tele en su casa en vez de salir a aquel infierno y a sus empleos sin pies ni cabeza. Las vaharadas hediondas que despedía el basurero de la Zona 3 terminaban de denigrar el paisaje. Todo esto y miles de cosas más se mezclaban para producir en el alma de los artistas la afligida necesidad de un trago tempranero.</p>
<p>—¿Y ahora qué ? —preguntó <em>Goya</em>, arrebatándole de la boca la pregunta a <em>Bauhaus</em>, incómodos ambos de ver a <em>Popart</em> y a Aurora tomados de la mano.</p>
<p>—Tengo para una botella —anunció tajante <em>Popart</em> y preguntó retórico—: ¿Regresamos a La Estrella?</p>
<p>—Yo diría que eso sería lo mas sensato que podríamos hacer en este preciso momento —opinó <em>Bauhaus</em>, leyéndole la mente a Goya.</p>
<p>A las 6:30 de la mañana se oían los retumbos gastados de la rockola que en ese momento gritaba “Al perrito le duele la muela… no podrá ir hoy a la escuela…” Con la mirada en alto los pintores entraron nuevamente a La Estrella Fugaz precedidos por Aurora, quien navegaba extraviada alrededor de otra clase de estrellas. Otra vez los mismos temas de conversación, el arte, la soledad y el abandono rebalsaron de los corazones de los artistas y cubrieron la mesa donde compartían la botella con moscas y el silencio profundo que es anterior a todo.</p>
<p>Los únicos cambios en el tinte y en el sentido de la conversación era que sus argumentos tenían connotaciones esquizofrénicas incuestionables. Producto, sin duda, de su nuevo romance con Aurora. Las musas furiosas se reían a carcajadas de esta muestra significativa de la plástica guatemalteca contemporánea. Trajeron la botella y <em>Popart</em> sirvió mecánicamente el primer round.</p>
<p>—Que todo sea por el amor al arte de mi arte —brindó teatralmente Bauhaus, pero ahora sin convicción. Cada quien hundido y ahogándose en sus pensamientos, alzaron sus vasos evitando las miradas de sus acompañantes.</p>
<p>Los cuatro personajes sentados parecían posar para un cuadro de ausencia en claro oscuro, con astillas grises y lóbregas, definiendo sus formas desubicadas y descompuestas en un cuadro cubista que se trazaba segundo a segundo. Las figuras de esa composición matutina empinaron sus vasos hasta vaciarlos, tras lo cual sus semblantes quedaron aún más vacíos y miserables que los vasos. Sólo Aurora sonreía alegremente y canturreaba con agrado la canción que rugía de la rockola: “No te metas con mi cucu… Qué rico mi cucu&#8230;&#8221;</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>*Fragmento de la novela &#8216;Exposición de atrocidades&#8217;  (Letra Negra, 2010). </strong></p>
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		<title>la realidad procede de un espacio intermedio y se expande por múltiples senderos. allá, el atalaya cierra los ojos y observa</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Aug 2011 17:49:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1960]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Enredados en las sombras de la noche, viajaban conmigo dos extraños... Eran como un fuerte torbellino sacudiendo mis entrañas...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-full wp-image-1120" title="gustavo abril" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/08/gustavo-abril.jpg" alt="gustavo abril" width="320" height="240" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://www.librodearena.com/blog/mapache/1621">[GUSTAVO ABRIL]</a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>REMORDIMIENTO</strong><strong> </strong></p>
<p>Enredados en las sombras de la noche, viajaban conmigo dos extraños&#8230; Eran como un fuerte torbellino sacudiendo mis entrañas y como una torrentada que arrasaba con mi paz. Por fuera, mi rostro impávido, pétreo… muerto; por dentro, mi alma desgarrándose, tirada en direcciones opuestas por dos colosos al mismo tiempo. Eras tú, con mis manos, tratando de salvarme, haciéndome tocar el cielo. Era yo, con tu cuerpo, tratando de vengarme, ganándome a pedazos el infierno.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>EL UMBRAL </strong></p>
<p>Garrido despertó justo cuando el reloj de la sala daba la hora con seis largas y desafinadas campanadas. Los rayos del sol entraban casi perpendicularmente por la ventana y traspasaban sus párpados, aun entreabiertos, hiriendo sus pupilas dilatadas y oscuras. Una sensación de bienestar lo acariciaba, quizá porque el insomnio recurrente pocas veces lo dejaba dormir tantas horas como las que había dormido esa noche. La oscuridad se había esfumado por las rendijas de la puerta que siempre dejaba atrancada, por si a su padre se le ocurría cumplir la amenaza de entrar cualquier noche, cuando él estuviera dormido, y tusarle a tijeretazos esa melena negra que desafiaba su autoridad paterna y quebrantaba la sarta de reglas que debía obedecer si pretendía seguir viviendo bajo ese techo. No era necesario abrir la puerta para que los aromas del café recién hecho, de huevos con tomate y cebolla, y de frijoles colados, que su madre había dejado preparados antes de irse al trabajo, inundaran la alcoba haciéndole más difícil mantener el estupor del semi-sueño con el que, con una estampida hormonal mañanera, abrazaba la almohada confundiéndola con la mujer que tanto amaba.</p>
<p>La ducha dio final cuenta de los rezagos de su modorra, y con latigazos fríos escurrió en la coladera, junto a pompas de champú y espuma, esos ímpetus suyos, casi incontrolables, cuya abundancia quizá algún día hubiera echado de menos si las cosas hubieran sido de otro modo. Al salir del baño, Garrido, se vistió con el uniforme: pantalón y camisa caqui, zapatos negros, herrados en los tacones —para que al caminar sonaran a trote de potro—, y un cinturón militar con hebilla dorada —que pulía con Sidol, para que siempre brillara—. En un bolsillo de su chaquetón verde olivo, colocó una cajetilla casi agotada de Marlboro y un encendedor Zippo antiguo —que para él era un verdadero tesoro—. Luego, sin prestar mucha atención a lo que hacía, apiló un par de libros de texto, media docena de cuadernos y unos papeles ajados donde llevaba la tarea —todavía a medio hacer—, y los metió en su desparramada mochila. Echó un vistazo al reloj, y sin disponer de más tiempo para tomar otro alimento, dio un grueso trago de café y salió sin que quedara nadie en casa para despedirlo. Cruzó el jardín, saltó la verja que daba a la calle, encendió un cigarrillo y, como todos los días, inició la caminata hacia el Colegio Mixto José Lorenzo de Romaña, donde estudiaba el tercer año de secundaria. Al llegar a su destino saludó de manos a un par de compañeros, y antes de entrar por el portón del viejo centro de estudios, dio un largo chupón a su último cigarrillo, exhaló el humo con laxitud y lanzó la colilla a un charco con un disparo de sus dedos.</p>
<p>Las clases —como sucedía desde hacía tiempo— transcurrieron inocuas e intrascendentes: las ecuaciones de tercer grado no tenían suficientes incógnitas como para despertarle el interés, y la trágica muerte de la tísica “María”, de Isaacs, no bastaba para sacarlo de la abstracción en que se hundía cuando miraba por el amplio ventanal del aula. Sin importar cuántos alumnos caminaran por los corredores, o cuántos de ellos estuvieran sentados en el salón de clase, desde que Andrea no estaba allí, todo le parecía fantasmal y vacío.</p>
<p>Se había cansado de verla en espejismos traslúcidos como el humo de sus cigarrillos, y de oír sus palabras y sus risas, vacías de sonidos y alegrías. Garrido vagaba abandonado en una interminable senda hecha de melancolía; se encontraba abatido por un recuerdo que la contundencia del presente no lograba desplazar&#8230; Todo su mundo carecía de sentido, y poco a poco, irremediablemente, la vida se le iba convirtiendo en muerte.</p>
<p>La campana tañó tres veces, llamando a formar filas. Garrido, con aparente indiferencia, escuchó el rezo que se acostumbraba a la hora de salida, pero no repitió las palabras de una letanía que le quemaba por dentro: su rabia no era contra la religión que lo excluía del Reino de Dios a causa de sus vicios y su estrafalario aspecto, ni contra los predicadores que, ofreciendo redención, cargaban de cadenas a la gente, sino contra el mismo Dios, quien, con un porrazo del destino, lo había condenado a una vida de soledad y tristeza.</p>
<p>Después de aperarse con cerveza, cigarros y algunas chucherías —como era usual en los días viernes—, él y algunos de sus compañeros se dirigieron al lugar donde se reunían para pasar momentos generalmente alegres. En esas reuniones las reglas eran simples: cada quien podía hacer lo que le viniera en gana, nadie juzgaba a nadie, todos cuidaban de todos&#8230; Y de allí no salía ninguno si no era capaz de llegar a casa por sus propios medios. Las mujeres, con total desenfado, fabricaban el ambiente soltándose el pelo y bailando descalzas. Ellos, un poco menos conspicuos, organizaban la música, contaban chistes colorados, y bailaban con ellas. Todos reían, fumaban algo de hierba y libaban mucha cerveza. Unos pocos —los más osados— sorbían cartoncitos de LSD como si fueran hostias de azúcar. </p>
<p>Aquella tarde, Garrido se limitó a sentarse, muy callado, absorto frente al tocadiscos, contemplando los negros giros de un long play del grupo Ten Years After. Esa tarde nadie lo vio tomando&#8230; Mucho menos drogándose. Ni siquiera lo vieron fumando un cigarro. Al menos eso fue lo que todos aseguraron. Su rostro, enjuto de tanto evocar la solitaria tristeza, no mostró emoción alguna cuando, entre los dibujos de la música, frente a sus ojos de pupilas dilatadas y oscuras, se abrió un umbral de luz que su alma atravesó sin que la sola idea pasara por su cabeza. Garrido tampoco supo cómo llegó a la ribera de aquel río de aguas mansas, más azules que el cielo limpio en un amanecer de enero, donde vio a Dios vestido con jeans desteñidos, sonriéndole mientras cortaba flores amarillas y bajaba del firmamento estrellas, para ponerlas todas en su largo pelo. Entonces descubrió que el tiempo había dejado de ser; que el pasado ya no le dolía, como tampoco le dolía el presente, y que el futuro ya no tenía poder para afligir con incertidumbres su corazón, ni su mente.</p>
<p>—¡¿Qué le han dado cabrones?! —gritó el padre, cuando llegó y vio aquel rostro macilento, dibujando espantosamente en su hijo por el rictus de la ausencia. Al escuchar su voz, Garrido vio de nuevo el umbral de luz: se asemejaba a la puerta de su habitación y estaba entreabierto. Una vez más sintió el aroma del café recién hecho, de los frijoles colados y de los huevos con tomate y cebolla, pero las manos que los preparaban seguían ausentes. Luego abrió un poco más la puerta, y vio que al otro lado vivían tres sombras que juntas se llamaban tiempo; ellas mantenían a Andrea encadenada a la muerte&#8230; Y a la muerte encadenada a ellas mismas&#8230; Entonces supo que nunca podría separarlas, porque en la mentira del tiempo, esas sombras no pueden existir individualmente. También vio a su padre que lloraba mientras sostenía en la mano unas filosas tijeras, entonces recordó su pelo largo, y recordó que Dios, vestido con jeans desteñidos, lo había coronado con flores amarillas y estrellas.</p>
<p>Garrido nunca tuvo un momento de mayor lucidez que aquél en que decidió escapar por el umbral de la inconsciencia. Y yo, al haber visto el brillo de sus pupilas oscuras, dilatadas desmesuradamente, y al haber visto su rostro diáfano y sonriente, como no recuerdo haberlo visto en mucho tiempo, entendí su terrible decisión de atrancar la puerta&#8230; Y quedarse para siempre adentro.</p>
<p> </p>
<p><strong>ROSTRO INERTE</strong></p>
<p>La carretera siempre había sido una mala consejera, y esa noche, la monotonía de la línea blanca me conducía a los más absurdos soliloquios: ¿Éramos acaso un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar otra forma de amor? No, no llegábamos a tanta cosa, sólo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.</p>
<p>Me detuve en mitad del trayecto; un jeep había caído de un puente y se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la vastedad de un cañaveral amarillo. El conductor, un hombre joven, había quedado atrapado bocarriba, sumergido en apenas un palmo de agua.</p>
<p>Mientras la gente ingeniaba poleas y aplicaba palancas, yo lo veía: los ojos abiertos, con la expresión insípida de quien ha luchado y se ha rendido. De pronto noté el parecido. ¡Ese rostro inerte era el mío! Me había dado por vencido&#8230; Yo era ese hombre atrapado, no por unos hierros retorcidos, sino por un sentimiento malsano: un amor infectado con odio por el que estaba dispuesto a basurearme a mí mismo.</p>
<p>Ya lo dice el proverbio chino: “Uno no se ahoga por caer al agua, sino por permanecer hundido”.</p>
<p> </p>
<p><strong>IMPOSTORA (INTERIORIDADES)</strong><strong></strong></p>
<p>Está amaneciendo. El sol se filtra por los bordes de la gruesa cortina que nos aparta de todo. No quiero abrir los ojos pues ella sigue allí, tan fea como siempre. Se ha aferrado a mí como si no hubiese quién quisiera hacerla suya. Susurra palabras necias en mi oído y, acariciando ese lado de mi mente que no distingue entre tiempos y momentos, se aprieta contra mí cuerpo disfrazada de recuerdos. Usa su mismo aroma, el sabor de su piel, de su boca.  Imposta su voz, su imagen… Incluso el toque de sus dedos. Me excita, me toma entre sus brazos, e irremediablemente me posee a su antojo.</p>
<p>Soledad, hija de puta… ¡Cuánto te odio!</p>
<p> </p>
<p><strong>EL CERRO Y EL INDIO </strong><strong></strong></p>
<p>El anciano se sentía cansado. Le parecía que cada día de su vida había subido y bajado por el cerro, ya fuera para cortar el monte con su machete, para zurcir la tierra con azadón y piocha, o para cosechar una milpa que con cada siembra daba menos elotes.</p>
<p>Sus caites de hule y cuero, de tanto andarla, habían gastado la estrecha vereda que culebreaba entre las peñas. El morral de lana cruda, donde la Tomasa colocaba su bastimento de sal y tortillas, con el ir y venir de cada día, se había roto como sus propias fuerzas, y el pumpo de jícara en que solía llevar el agua —que siempre le supo a tierra—, vestía telarañas, colgado al haz de la ventana del rancho, condenado al olvido porque la botella de plástico se lavaba más fácil y no se rompía como el pumpo&#8230; ni como se le rompía a él el lomo con los costales que se echaba a tuto para venderlos en el mercado por unos cuantos quetzales.</p>
<p>La vida le pesaba como si la hubiera usado entera para tejer el cerro&#8230; y el cerro al que estaba atado —que siempre tejió su vida de indio—, le pesaba mucho más.</p>
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		<title>que la maravilla de los pestañeos que penden con vapor se cuaje en la realidad y lo precipite todo: aciertos</title>
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		<pubDate>Tue, 25 Jan 2011 22:08:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Mentes Fugitivas es un titulo impresionante, suena a cine oscuro, mentes complicadas, sociedades que no entienden. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-976  aligncenter" title="renato buezo" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/01/renato-buezo-252x300.jpg" alt="renato buezo" width="252" height="300" /></p>
<p style="TEXT-ALIGN: center"> <strong><a href="http://renatobuezo.blogspot.com/">[RENATO BUEZO]</a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>UN TITULO IMPRESIONANTE                                                                             </strong></p>
<p>Mentes Fugitivas es un titulo impresionante, suena a cine oscuro, mentes complicadas, sociedades que no entienden. En cierto rincón de un viejo mundo, un lugar que flota sobre el agua oculta del océano, me descubrí embelesado por una colección de fotografías de Stanley Kubrick. Yo escapaba del turismo apurado que como una ola avanzaba por las callejuelas tal cual una inundación. Te venden la idea de la plaza tal y el lugar tal, pero una pancarta colgada de los barrotes envejecidos de la biblioteca me hizo huir, y así fue como de pronto me descubrí entre una colección de blancos y negros, y una serie de mentes fugitivas que caminaban a mí alrededor. Hablaban idiomas distintos al mío, idiomas que desconozco, aunque en sus ojos y en esas maneras de buscar la luz descubrí lo que se decían, lo que cada quien pensaba con emoción sobre el trabajo artístico del maestro. Un torbellino de emociones que no eran mías señalaban lugares extraños de aquellas fotografías que mi mente no lograba comprender, eso precisamente hacía que el disfrutarlas fuera inentendible y bello. «Alrededor de aquí se exhiben instrumentos que flotan en el aire», dijo una mujer que avanzaba levitando frente a mis ojos. El hombre al que hablaba descansaba en una columna del salón, aunque no lo podía ver entendí quien era, entendí su posición y la manera de decir las cosas. «Violines, han de ser los del Cura Rojo. El haberlos visto es una señal, agradécelo.» Por supuesto no entendí el significado, ¿violines flotando?, a qué podría referirse, y por qué debía agradecerlo, a quién. Las respuestas deben buscarse, necesitan ser descubiertas, que la luz llegué de nuestras manos a ellas y que retorne portentosa; porqué, porqué nuestras manos, porqué nosotros. La luz que nos da los blancos, y la que nos da los negros, ¿es la de todo?, ¿la del resto?, ¿no es necesario entender el fenómeno para verlo? Mentes que se fugan en este mundo, mentes que van de un lugar a otro. «Qué es todo esto», me pregunté sin poder salir, y qué podía ser si no una representación figurativa de la muerte. La muerte que al final de todo es todo. No hay evolución ni desarrollo que obvie a la muerte, no se puede, y no se debe. Mentes que se fugan, mentes que se van. «¡Qué diablos buscan!», grité, pero todo era blanco, una especie tenue de luz que llegaba de todos lados. Luego el sol, la gente que se te queda viendo, y vos parado como un loco en medio de la plaza San Marcos con los pies hundidos en el agua que emana del suelo. </p>
<p> </p>
<p><strong>FUENTE DE LAS SIRENAS</strong></p>
<p style="TEXT-ALIGN: right"><strong>I</strong></p>
<p>Intempestivo, René se deshizo de la camisa a cuadros burlando la pequeña barda de hierro forjado que rodeaba la fuente. «Es tarde —le dijo la novia—, no puedes hacer eso, vas a atrapar una pulmonía.» René continuó embebido en su borrachera, una felicidad extraña le embrutecía. «Son las sirenas las que me llaman.» «Más te valdría atarte al mástil», le dijo ella soltando al viento de la madrugada una carcajada que se dispersó lentamente por la sombría plaza mayor. «René por favor, ya basta.» Pero su felicidad era el instinto atávico de una bestia prehistórica, y no pudo, por más que quiso, salirse con la suya. «Jamás —le dijo ella—, estás loco, yo no entro allí.» Fernanda era su novia desde hacía algunas horas, nada más; él ya sentía la solidez de las bases, la fuerza natural y profunda de las raíces entrelazadas.</p>
<p align="right"><strong>II</strong></p>
<p>Creyó escuchar el canto de las sirenas húmedas y enmohecidas. Los pechos terráqueos, como planetas divididos, lo perdían desde la estructura central en un mundo danzante de sonidos que no lograba entender. Fernanda no era una muchacha cualquiera, no en ese lugar: antigua ciudad de historias, de aristocracias hereditarias. «Te imaginas», le dijo él levantando los brazos, hundidos los pies en el frío escozor del agua. «Imaginarme qué.» «A tus antepasados caminando por este parque.» «Mira René, más vale que te salgas, si te escuchan los policías tendremos problemas.» René pensaba en otra cosa, y le dijo: «Fernanda de Porres, no te pasan, ni te pasaran por la mente los años que llevo atrás de ti.» «No.» «Son muchos. Es cierto, yo no vivía acá por el divorcio de mis padres, pero tengo ya toda la secundaria y ahora que estoy por terminar el diversificado, tú al fin te das cuenta, al fin me ves.» «Yo no te vi hoy, jamás te habría dicho que sí si no te conociera. Fuiste tú el que no se atrevía con el primer paso.» «Te amo hermosa aristócrata perdida», dijo sin escuchar, feliz de que todo les estuviera sucediendo escondidos entre cerros y volcanes, allí, en esa antigua ciudad, sobre el pequeño valle estrecho de sus antepasados. «René, ya basta, mis primos me han de estar buscando.» «En ese lugar enloquecido, lo dudo.» «Pues no lo dudes, llevan años yendo a esa disco, ¿sabes?» «Seguro.» Al dar el primer paso perdió un zapato. Giró sobre el pie descalzo. Cuando se agachaba sobre la mancha fungiforme de su calzado, un resbalón incontrolable le hizo dar con la cabeza en la orilla rugosa de la fuente. Fernanda se espantó al verlo hundirse sin remedio, y luego brotar la sangre, dispersarse igual a los sueños de niña que la sorprendían adormitada en el sopor de las meriendas. En el momento paralizado del club, recordó, cuando su padre le dijo desde afuera: «Salte hija, de prisa», insistiendo de cuclillas, con los brazos estirados, tratando de alcanzarla; ella se quedó absorta mirando el hilo imperceptible de rojo sanguíneo buscando la superficie del agua celeste, escapando de su primer período de mujer. Esa noche vio eso dentro de la fuente, cuando René se ahogaba. Entonces aparecieron dos policías y el hombre diminuto que jugaba con las cartas. Los dos primeros, sin preguntar, fueron por el muchacho. El otro hizo el truco de la frente sin que ella se diera cuenta. Entonces sucedió lo peor: el mago vagabundo sacó del bolsillo una bola acuosa de color cobrizo y empezó a frotarla. Fernanda, al darse cuenta, lo vio retadoramente. La bola empezó a flotar sobre las palmas sin líneas del hombre. «Qué hace» «Anoche estuve aquí, y esta bola de sangre me siguió luego de que un tipo cayera herido dentro de esa fuente.» «¿Qué tipo?» «Un tipo que era perseguido por el tiempo, y que al cruzar la barda cayó herido de muerte.» «Miente, anoche no murió nadie acá.» «Todas las noches son la misma noche, y anoche los justicieros de la familia real mataron a un tipo acá», dijo señalando hacía la fuente. Fernanda quiso decirle que ya no había familia real, que todo eso era de tiempos pasados.</p>
<p align="right"><strong>III</strong></p>
<p>Entre las miradas impávidas de las sirenas, los policías intentaban apoyar el cuerpo inerte sobre la rugosa orilla erosiva de la fuente. Cuando lo lograron, uno de ellos gritó: «Parece que no está muerto.» Fernanda se espantó al ver que los policías eran otros, con uniformes antiguos, de otro color, que las cachiporras tenían un tamaño desmedido y que el tipo de la bola había desaparecido. «Sí, está muerto», aseguró el otro agente.</p>
<p align="right"><strong>IV</strong></p>
<p>La camisa era otra. René lucía distinto, como algo antiguo. Sobre la barda de hierro forjado otra prenda más fina, junto a un chaleco de seda, era la evidencia de que aquella barrera había sido burlada.   </p>
<p> <em> </em></p>
<p align="right"><em>*Cuento ganador Certamen El Sitio 2008</em></p>
<p> </p>
<p><strong>ESTE DOMINGO CASI PIERDO LA RAZÓN (Paráfrasis de una paranomasia culterana)</strong></p>
<p>Este último domingo fue un día lluvioso y solitario. Yo estaba en casa de los abuelos de Rita, refugiado en algún rincón de la sala, con un sentimiento atronador de abandono igual al que queda luego de que el oleaje se va. Y sí, pudo haber sido la lluvia continua y fría, o el recuerdo del mar que en ocasiones como aquella llega acucioso y en silencio sin saber porqué, y yo me pongo triste sin ninguna razón y me da por encerrarme en mis pensamientos que de pronto se convierten en un valle de silencio y oscuridad. Llegué a la casa con un rotativo bajo el brazo y mi hijo en el otro. Dos horas después, cuando los niños abandonaron la sala, me descubrí en silencio con el periódico sobre la pierna derecha y la mano del reloj deteniéndolo como si hubiese sido un ave queriendo escapar. La espalda en ángulo recto descansaba en su totalidad sobre el respaldo, posición inusual para mi desgarbada forma de sentarme. Fue en ese momento donde desperté del letargo al que me había sometido la lluvia y todas esas cosas que llegan atrás de ella. Rita apareció y preguntó: «¿No quiere pasar?» «No —le dije—, quiero leer el periódico.» En silencio su mirada y toda ella me sonrieron, entonces dando media vuelta, dijo: «Que resaca, Dios mío», se rió de manera agradable y terminó por advertirme sobre la sorpresa que me esperaba al llegar al Acordeón, suplemento cultural que uno encuentra como una tregua en la parodia de esta vida en democracia que nos obligan a creer como cierta, lo peor de todo es que a veces sucede los domingos. Sin más avancé apresuradamente en busca del Acordeón. Vargas Llosa aparecía sobre un fondo verde con una mueca de dolor tan fingida como la de un mal actor. «Viejo —le dije—, si supieras la envidia que me das. Hubiese querido escribir “Los cachorros y los jefes”, y sé que me hubiera divertido más que tú. Después de eso, te puedes quedar con todo.»  Así fue como sin querer llegué hasta THE MORDER OF CRAZY JANE (poesía inédita de Rafael Gutiérrez) Me puse como loco, días antes el mismo Rafael me había comentado estos textos. Esperé a que pasara alguien, pero todos estaban sumergidos en la alegría familiar de los domingos. El bullicio de las pláticas cruzadas me lo confirmó. A causa de esto mi desesperación fue tal que terminé por inventar a un ser. Y como no se me dan esos menesteres creé al peor de los peores, que por desgracia en la realidad abundan en las calles. «Mira», le dije enseñándole la página donde el titulo aparecía enorme. Hizo una mueca de indiferencia y se largó por la  puerta de entrada. «Esto es una advertencia —me advertí—, si lo comentas no te pases de copas.» Y no es, precisamente, que seamos un país ignorante; es que somos un país de indiferentes. En la primera lectura llegué de manera repentina al final sin haber comprendido mucho, el ritmo es excepcional. Me detuve un instante. Tomé aire y empecé de nuevo:</p>
<p><em>Eso dijo Inés/ que pasó el lunes lamiendo el pez vela que amainó en su pubis a mitad del alba: La Loca Juana no cedió a sus cuchillos/ sino a las bramas que anidaban en la marea estruendosa de sus tetas. </em></p>
<p>Me detuve en la mitad, terminando por creer que me había vuelto loco. Restregué mis ojos cansados, quería mermar el ardor de no dormir nada, era como si la Loca Juana hubiese sido Rebeca, la niña que llevó la enfermedad del insomnio a Macondo.</p>
<p><em>(Lobo contra loba no da lobeznos. Se sabe. Medialunas contra mediosoles sí: logaritmos y ecuaciones. Nunca décimas ni redondillas. Levité en los 3 agujeros + negros y + feos por ignotos y bárbaricos: los de Juana de Arco, Juana de Asbaje y Juana la gongorina, vendedora desde Tebas al Mississipi, de frascos frescos para ebrios que con su baba se los beben, hacen gala de su gula y tretas de sus tratos). </em></p>
<p>Al final, con la noche negra y lluviosa, estuve por tropezar con mi destino. Tuve que contener la excitación para no levantarme y gritar a los cuatro vientos que yo era el asesino.</p>
<p><em>No atina no escatima la noche. Criatura mal nacida/ bebe del hocico de la muerte/ se chupa solita las arrugas de la desgracia. Oleaje va y viene acarreando billetes y todos contentos en la noche de los bares. (¿Eres tú hoy a quien machaqué los voraces peces ayer?). </em></p>
<p><em>El pino/ la rosa de los excesos/ el manojo de ajos como ojos/ el cubetazo de xilca/ la rocola rocolera/ el maximón de los desamparados.</em><br />
<em>El bar Amapola/ señores/ exige labios hasta agotar existencias/ </em><br />
<em>saluda y festeja al tigre que busca refugio  </em><br />
<em>en la ladera de un clítoris ígneo y despiadado.</em><br />
<em>Favor presentarse desnudo con el corazón enhiesto.</em></p>
<p>Puse el suplemento sobre mi pierna, la misma de antes, y eché la cabeza hacía atrás. Rita estaba recostada en el marco de la puerta que da al comedor. Me observaba de una manera conmovedora, quizá sintió lástima, entonces me dijo: «Parece como si hubiera perdido la razón.»</p>
<p> </p>
<p><strong>¿DE POLÍTICA? NO, DE ESO NO SÉ NADA</strong><strong> </strong></p>
<p style="TEXT-ALIGN: right"> <strong>I</strong><strong></strong></p>
<p>Dos minutos antes de la maniobra, como un presagio, un espanto repentino asomó mirando desde adentro de sus ojos trasnochados. Tomó conciencia.</p>
<p>—Sin miedo, Ocaña, es sólo un simulacro de rutina —le iba diciendo el capitán mientras lo conducía del brazo helado.</p>
<p>A su compañero ya le tenían de espaldas al paredón.</p>
<p align="right"><strong>II</strong><strong></strong></p>
<p>La noche anterior, detrás del edificio donde estaban las regaderas, dos reclutas fumaban tabaco oscuro en el jardín de begonias y rosas abandonadas. Ocaña sacudió el agua de su cuerpo con la mano del anillo marital, luego usó la toalla. Inclinó la mirada al ventanal en la parte superior: los reclutas ya no hablaban, respiró lento y profundo. Un hilo de humo asomó a sus fosas dilatadas como una ironía imperceptible. Dos gotas, una tras de la otra, llegaron persiguiéndose hasta estrellarse en sus facciones contraídas: «La primera —pensó —, anuncia la llegada y el daño de la segunda.» Envuelto en la pieza blanca fue por un cigarrillo, caminó descalzo hasta el corredor que formaban la fila de setos con la pared del edificio. Volvió a pensar: «La primera anuncia todo eso, pero no se da cuenta que hace tanto daño como la otra.» Estuvo por dar la vuelta, cuando los oyó murmurar. Detuvo la marcha. Giró sobre los talones, a punto estuvo de dar un taconazo. Retrocedió hasta la pared. Pegado dejó que el frío se regara desde el muro a toda la espalda. Los reclutas volvieron a decir algo, no escuchó con claridad. Inclinó el torso, «son varios», dijo el que miraba a las begonias. Él supo que los habían descubierto.</p>
<p align="right"><strong>III</strong><strong></strong></p>
<p>—A mí me trajeron a la fuerza, yo no quería venir aquí. Y a donde usted nos quiere enviar el día de descanso, allí vive gente que conozco desde toda la vida.</p>
<p>—Silencio, Ocaña —le interrumpió el capitán.</p>
<p>Pensaba en el miedo, en que después de todo aquello una ansiedad fóbica le impediría ver de frente el rostro de cualquiera. Ya no entendería el silencio largo que deja la lluvia, buscaría el espacio oscuro de las camas cuando los truenos anunciaran aguaceros. </p>
<p>—Simulacro, ¿de qué tipo?</p>
<p>—Tranquilo, Ocaña —le advirtió el capitán. Seguido de un largo silencio volvió a repetir:—Tranquilo —dijo y se detuvo. </p>
<p>Las palabras se le quedaron clavadas en la expresión del rostro, en las cicatrices toscas de sus manos. Luego, de súbito, continuó:</p>
<p>—De fusilamiento.</p>
<p>—¿De fusilamiento?</p>
<p>—Usted no se altere, todo está en regla.</p>
<p align="right"><strong>IV</strong><strong></strong></p>
<p>Uno de los sargentos le entregó un máuser que recibió mecánicamente con el mismo movimiento reglamentario de siempre. Se cuadró mientras a su compañero de cuadra lo colocaban en la línea pintada con cal frente al paredón. Entre las dos manos sintió que le temblaba el arma. «Pasar por las armas, así lo llaman», pensó con la mirada puesta en la mirada triste de su amigo. «Es un simulacro», movió los labios en silencio, como para que el otro entendiera, luego le entregaron una bala.</p>
<p>—Cárguelo —le ordenó el capitán.</p>
<p>En ese momento fijó la mirada en el máuser, era un arma burda. La bala no entró en la recámara.</p>
<p>—No le hace —dijo.</p>
<p>El capitán mandó al sargento que le había entregado la bala, cargara el máuser. </p>
<p>En el movimiento, Ocaña, perdió la secuencia de los pasos. El sargento había puesto en la recámara un fulminante, luego le entregó el arma. Ocaña reaccionó al recibir el máuser con un movimiento parecido al primero.</p>
<p>En voz alta ordenó el capitán:</p>
<p>—Posición. Apunte.</p>
<p>Ocaña hizo lo necesario para disparar desde el hombro. «Estoy mecanizado —pensó —, yo nunca quise estar aquí. Ahora soy otro igual.» Su compañero bajó la mirada, en el rostro algo delataba la turbidez que ya tenía invadida su alma, una mezcla de sudor frío y lágrimas se mezcló cerca de su boca, Ocaña no pudo verlo.</p>
<p>—Yo ni sé que es la política — dijo en voz baja, como un consuelo —, si quise hacer algo fue por mi familia.</p>
<p>—Hable fuerte, Ocaña.</p>
<p>—Digo que no sé por qué nos hace esto.</p>
<p>—Es un pinche simulacro, Ocaña. Aquí nadie se muere si yo no lo ordeno.</p>
<p align="right"><strong>V</strong><strong></strong></p>
<p>Ocaña consideró una descarga fuerte cerca del pecho, la locura de verse más allá del día de descanso como el asesino de su compañero, y el que cobardemente atacaría a su familia desarmada, lo fue llevando hasta aquel estado hipnótico donde desde afuera sintió llegar la locura de una fusilería. </p>
<p>—Fuego —gritó el capitán.</p>
<p>La explosión del arma lo desconcertó y en sus oídos el máuser reía a carcajadas. Enceguecido fijó la mirada en la mancha amarilla que ahora era su compañero. Poco a poco fue disipándose aquella luz que al fondo temblaba de pie. El capitán doblado de la risa mandó cargar de nuevo el arma. Esta vez Ocaña vio entre los dedos del sargento el reflejo del cascabillo contrastando con la protuberancia opaca del plomo en la ojiva. El sargento le arrebató el arma que aún estaba caliente, la cubrió con la misma técnica y la cargó. Ocaña la recibió con el mismo orden y exactitud en los movimientos.     </p>
<p>—Monte esa mierda, Ocaña —aún le brotaba la risa a carcajadas —. Apunte.</p>
<p>—Esta vez no, mi capitán. Ya se acabó el simulacro.</p>
<p>El temple de su voz erizó la espalda peluda del hombre que encabezaba la tropa.</p>
<p>—Las ordenes aquí las da su capitán. Apunte.</p>
<p>Ocaña fue subiendo lento, como si le pesara el máuser, como si ya llevara dentro la muerte de su amigo. Apuntando desde el hombro abrió un poco más las piernas.</p>
<p>—La última, Ocaña, y nos vamos. Dispare de una buena vez&#8230; Que dispare, qué chingados, Ocaña.</p>
<p>—Ya no, mi capitán.</p>
<p>El capitán giró la cabeza paralela a un círculo imaginario a dos palmos de su frente. El manto oscuro de la impaciencia comenzaba por cubrir su alegría.</p>
<p>—Ocaña, al paredón —ordenó.</p>
<p>El sargento no pudo moverse, sintió que aquella disputa era entre esos dos hombres donde se sintió atrapado. Retrocedió, dos pasos, esperando una orden, pero el capitán no habló. Ocaña permanecía con temple en la misma posición. </p>
<p>—Voy a disparar —dijo.</p>
<p>—Así me gusta —celebró el capitán, levantando las manos y la mirada hacía el cielo.</p>
<p> Luego dejó que el tirador se acomodara, no quiso distraerlo, la orden de matar a cualquiera para después incriminar a Ocaña, estaba por cumplirse. Las rodillas blancas de su compañero habían desbaratado la rectitud de la línea encalada: las dos veces le dejaron caer una cubeta rebosante con agua de pozo, las dos veces se levantó llorando. Ocaña lo vio al fondo dentro de un charco oscuro, y creyó que el hombre se había orinado. La rabia le fue subiendo al pecho, se le fue a enquistar en las manos, en toda la largura de los dedos ardorosos de cólera. Sobre su cintura el conjunto de tronco y máuser giró repentino y exacto. El capitán vio salir un trueno largo desde adentro de aquellos ojos trasnochados.</p>
<p> </p>
<p>—Es el loquito ese, el de la celda 18 —dijo uno señalándolo con el dedo incompleto.</p>
<p>—¿El de la 18?</p>
<p>—Sí, mañana se lo vuelan. Crimen político, dicen.</p>
<p>—Ah&#8230; ¿es de los rebeldes?</p>
<p>—Ajá, fue él quien mató a mi capitán Gutiérrez de un tiro justito aquí, entre los dos ojos.</p>
<p> </p>
<p align="right"><em>* Cuento ganador Certamen Myrna Mack 2006</em><em></em></p>
<p> </p>
<p><strong>EL FISCO Y YO                                                                                                 </strong><strong></strong></p>
<p>En estos días de vacaciones me he levantado antes que todos, ni siquiera hay aves en el patio, sólo ese viento frío que se cuela por todas partes. Debo meter una montaña enorme de facturas, el fisco me quiere estrujar y yo no pienso dejarme. Es una cosa de tirarse el pelo, de tirarse las palabras, de adelantar el carro a toda marcha para que no se meta el otro, de robarse la plata, de aplastarse los sueños, es una cosa de morirse o matar; es un país de locos éste, o sería más acertado decir de enfermos porque los locos son maravillosos, siempre en su mundo, siempre paralelos.</p>
<p>Es mentira que se ha acabado la guerra; simple, le hemos dado otras perspectivas.</p>
<p>Debo ordenar primero, por proveedor, y luego de ingresadas por fechas. El fisco me va a atacar, quiere robarme mi dinero y yo no me pienso dejar. Afuera hay una buganvilia loca que se mueve más que todas, que esperanzador es saber, y aún más, darse cuenta que cerca de nosotros existen los locos. Coexistencia, no concomitancia.</p>
<p>Yo quiero que esto cambie, el vecino también. Asomo a la ventana, corro la misma cortina gastada de siempre, y siempre que lo hago me topó con la misma casa despintada de enfrente. No hay flores en el jardín, hay monte y basura que ha volado de alguna parte. Yo quiero que esto cambie, y sueño lo mismo que mi vecino ha de soñar. Deberíamos platicarlo, pero lo veo sólo algunas veces cuando los dos coincidimos en nuestras ventanas. Es que afuera hace frío y esta ropa de mierda ya se me cae de tan vieja, por eso no salgo. Quizá por eso no sale él. En un rato él se irá a trabajar, yo debo regresar al computador y meter ese mundo de facturas. Si abro el frasco saldrán como los papeles de colores liberados que forman un tumulto al escapar de la caja de sorpresas. Que hermosa la fiesta, que alegría tan mañanera ésta de sentarme al computador y meter facturas, facturitas, facturitititas, es una carrera que debemos hacer entre el frío de la mañana y la agonía del no llegar. El fisco me quiere ahorcar y con estas facturas que parecen migajas no llego.</p>
<p>El sistema es un cadalso inevitable; por eso, o haces trampa, o te mueres. Cosa maravillosa en este país de enfermos. Me siento orgulloso de mi zorrería cuando engaño al fisco, lo mismo ha de sentir él cuando me quita mi dinero. Y es que él al igual que yo tiene muchas inversiones, necesidades mal nacidas. A mí botella yo la mido con esta mano, él ha de medir la suya con las nubes o los volcanes, la verga del burro, la recta de allá.</p>
<p>Va mermando el frío, la montaña decrece, el número en el computador parece el mismo. El fisco me quiere fregar y yo no pienso dejarme. Viene la navidad, qué lindo saber que todo está en nuestros corazones. </p>
<p> </p>
<p><strong>EL PARADIGMA DEL HOMBRE QUE POR USAR UN TRAJE DE FRAC, PERDIÓ UNA FORTUNA</strong></p>
<p>Esa tarde viajó en el autobús con el traje y un sombrero de copa que llevaba sobre el regazo. De reojo pudo leer en el rotativo del vecino que alguien ofrecía una recompensa sustanciosa a quien informara sobre una edición de 1865 del libro “Alicia en el país de las maravillas”. Los demás, con sus miradas, fueron alimentando en él algo que le hacía sentir falsamente bien. Entonces se levantó con aire de petulancia, ordenando la parada sin usar el timbre. El traje y el sombrero, se daría cuenta esa misma noche, le embrutecían, era como si le obligaran a ver las cosas de una manera distinta, irreal e incongruente. Al cruzar para tomar la calle donde vivía, se pegó a la pared para enderezar la postura, cerciorándose de que nadie lo viera. Adelante, junto a un árbol, una bolsa con libros llamó su atención. «Alguien la abandonó», pensó. Y pensó también detenerse y hurgarla. Aunque sus ínfulas de elegancia no le permitieron dejarse ir de cara y buscar desbocadamente. Por el contrario, se acercó con cautela deteniéndose a cada paso, de tal manera que en su reloj de bolsillo la minutera pasó por el mismo punto varias veces hasta que terminó frente al árbol. Con la punta del zapato muy bien lustrado movió los libros de arriba. Del otro lado asomó un grupo de estudiantes que venía haciendo relajo. Eso lo puso nervioso, y sin querer hizo que la bolsa cayera. Exaltado dio un salto hacía atrás. Frente a sus pies quedó una edición de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”. Por su mente estrafalaria pasaron muchas cosas. Para cuando intentó agacharse, los muchachos le insultaron. Uno de ellos dijo que el tipo era pura pantomima, pues era dependiente en la tienda de trajes. Entonces el traje y el sombrero le obligaron a levantarse y ver a los muchachos de frente. Ellos quedaron en silencio. Pateó los libros y se largó con la presunción excesiva de su superioridad.</p>
<p>Al desaparecer, los muchachos juguetearon con los libros imitando la tonta actitud del hombre. Uno de ellos levantó el libro, que en la parte inferior de su portada decía: Primera edición, 1865.</p>
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		<title>la disección como suculento manjar delikatessen en el imperio de los parias y los solitarios: succiónanos de madrugada</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Dec 2010 09:08:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1979]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[En una esquina cercana a la oficina venden flores. Una patrulla de la policía está mal estacionada, ocupa completamente la acera dificultando el paso.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-940  aligncenter" title="Engler García" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/12/Engler-García1-300x99.jpg" alt="Engler García" width="300" height="99" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://hablecedario.blogspot.com/">[ENGLER GARCÍA]</a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>FLORES</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>En una esquina cercana a la oficina venden flores. Una patrulla de la policía está mal estacionada, ocupa completamente la acera dificultando el paso. Tiene las luces de emergencia encendidas. Es un día con mucho sol y después de un fin de semana cotidiano en este país. Entre el recuento de muertos, algunos policías. Pienso en la chica que trabajaba en la oficina y en todas las veces en las que me esmeré en parecerle divertido. Alguna vez pasamos frente a estas flores y me preguntó que cuándo le iba a comprar unas. Terminó saliendo con el encargado de mantenimiento quien se acaba de comprar un carro nuevo. Recién concluyeron algunos trabajos de remodelación en la oficina. Los dos policías, un hombre y una mujer suben a la patrulla con un ramo de flores cada uno. La chica finalmente logró que la despidieran. El día que se fue, me mostró satisfecha su cheque de liquidación y cuando le pregunté por lo que pensaba hacer, <em>voy a ser puta, me dijo, total, ya casi lo hago</em>. La patrulla apaga las luces de emergencia y se aleja con parsimonia. Pienso en ella y en su olor embriagante. De cualquier manera, estoy seguro, se hubiera largado. Las flores no sirven de mucho.</p>
<p> </p>
<p><strong>MARIACHI</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>El lugar entre semana es un ir y venir de miles de gentes. Carretas, camiones, viajeros y cualquier producto transado en ventas sin pagar impuestos. Restos de verduras aplastadas, frutas podridas y con la piel abierta. Basura con olor a mierda. Humo, ruidos y más humo. Domingo, la mayoría de locales están cerrados. El de la esquina permanece abierto. Frente a él van y vienen gentes con ropas limpias delatando sus orígenes caseros y sus divinos destinos de salvación. Mujeres semidesnudas apostadas en las puertas de palomares sobrepoblados con rótulos de hoteles y pensiones. Mendigos arrastrando sus hilachas, sus miserias. Con sudaderos que acentúan la delgadez de sus cuerpos hambrientos y la opacidad en sus cabellos. Siempre llevan en el puño de la mano un trozo de tela o una botella de alcohol medicinal. Seis brochas acosando a preguntas a una señora cuyo destino podría ser cualquier rincón de este país. La calle luce ancha a pesar de las ventas y covachas improvisadas desde siempre. Domingo, día de lucir en todo su esplendor los enormes y descoloridos plásticos negros que los cubren. Sobre el arriate del boulevard restos de aluminio, cobre, papel. El centro del reciclaje funcionando a las orillas de este lugar que siempre parece a punto de colapsar. Recuerdo hace años los esfuerzos municipales por desalojar a los miles y miles que a diario vienen. Siempre he pensado que el humo de una patrulla incendiada los hizo desistir. Fueron tiempos feroces. Si existe un lugar cosmopolita y representativo de este país no hay que buscar más. El lodo grisáceo de la calle prevalece. Hace calor, son las once de la mañana. Con ese fondo el blanco del taxi se ve impecable. Tres hombres sentados en el asiento trasero, con cervezas en la mano, camisas arrugadas y abiertas por el pecho. Uno de ellos lleva sombrero. Los músicos, los tres tipos y el taxista parecen hartos de representar una y otra vez el mismo papel. Rutina diaria, modorra dominical. El mariachi toca una canción que desconozco. Me gusta. El soundtrack preciso para una calle en las afueras de la terminal. En los rostros de los músicos puede adivinarse que cuando les paguen las canciones con un par de billetes arrugados terminarán en la cantina de la esquina. Un rótulo en letras rojas y negras pintado a la pared anuncia, BIENVENIDOS AL CIRCULO. </p>
<p> </p>
<p><strong>SIETE A.M. </strong></p>
<p> </p>
<p>Mientras tomo mi desayuno veo pasar al chico que todos los lunes y los viernes toca la puerta de mi casa. Llega por la basura y una vez al mes a cobrar. Lo veo pasar y sé que le va al Municipal. Usa unos lentes redondos como su rostro, moreno, morocho, con el pelo recortado. Un espeso bigote y su playera de pentacampeón cubriendo una buena parte de su pantalón camuflado. Siempre me ha parecido uno de esos tipos que van los domingos a jugar al fútbol para emborracharse después. Tal vez me equivoco. Tal vez va a la iglesia. Pago mi desayuno. Ocho quetzales por dos huevos estrellados, una porción generosa de frijoles refritos y un chorrito de crema. Tortillas recién hechas por una cobanera que mecánicamente las produce con su maquinita. No aplaude, ni sonríe, ni desea buen provecho. Solo baja y sube la palanca de su maquinita. Y una taza de café. Hay algo en esto de los cafés en vasitos de duroport a lo largo de esta calle, en puestos callejeros, comedores y carretillas, no he sido capaz de encontrar dos que sepan igual en distintos lugares o en distintos días en el mismo lugar. Pasa un grupo de policías y soldados, se detienen en la esquina a esperar que el semáforo cambie. Unos chicos harapientos y sucios se embriagan en una tienda. Uno de ellos grita. <em>¡Ya estamos bien a verga! ¡Y qué!</em> Cambia la luz. Los policías siguen su camino y los chicos se quedan brindando. Salud, chocan los octavos y sonríen. Espero llegar a la oficina.</p>
<p> </p>
<p><strong>BLUES, GRIS</strong></p>
<p> </p>
<p>Ha estado lloviznando toda la tarde. Camino hacia la parada del bus con la mirada en el suelo. No quiero levantar la vista, ver a alguien a los ojos que como yo sale de la oficina después de la jornada exacta y el pago esperando en el banco. Y con la sonrisa fingida. No, no quiero. Tomo el bus que camina lento. Solo se escucha el sonido del motor acelerando y desacelerando. Algunos oficinistas con suéter de lana y ropas planchadas se quedan de pie. Ya no hay lugares vacíos. Alguien canta. Apenas logro divisar una parte del traste de una guitarra. <em>Stay close to me, don&#8217;t let me be alone, it&#8217;s tearing apart my blue, blue heart.</em> Una voz otoñal y una paciencia pasajera viajando lentamente de un acorde al otro. Voy viendo los muros de los edificios. No están del todo mojados. Solamente por arriba. La humedad se desliza por ellos cual parafina de una veladora derritiéndose. La canción llega a la parte final. Le ha tomado casi todo el viaje desde que me subí hasta ahora que me apresto a bajar. Ha cantado incluso esa parte que va como en rap. Un susurro. Logro ver al viejo, barba blanca y tez negra. Una desgastada guitarra y un saco sucio. El viejo camina hacia atrás como parte de ese ritual de cientos. Con dulces unos, otros contando una dramática historia, algunos con cortauñas, portagafetes, lapiceros. Cualquier cosa. Hastiado de verlos, preferimos las ventanas aunque por seguridad o más bien por inseguridad, siempre los miramos de reojo. Nos miramos de reojo. Algunos le dan monedas al viejo y las deja caer al fondo de su guitarra. Emiten sonidos secos que rebotan por la caja amplificadora de una tarde gris. Casi parece una coda para el blues que recién acaba de tocar. Acaso el dinero que me depositan en una cuenta bancaria por venderles mi apagado corazón sólo tenga el sonido cacofónico de algunos teclazos y un par de clics. Me bajo. El viejo se queda en la puerta trasera. Camino el par de cuadras hacia mi casa en medio de la misma llovizna. Mis pantalones empiezan a mojarse como los muros, pero al revés. De abajo hacia arriba. A este ritmo mi corazón quedará atrapado entre dos fríos acercándosele, acorralándolo, asfixiándolo.</p>
<p> </p>
<p><strong>TARDE DE DOMINGO </strong></p>
<p> </p>
<p>Es domingo, tarde, casi noche. Las calles de esta ciudad se pierden en la nada, apenas unos carros circulando como si fuese una canción lenta, casi una balada pero sin serlo del todo. Es imposible que un conductor de un automotor sea por lo menos cursi. Ya se sabe como son.</p>
<p>El viento sopla. Bolsas plásticas y basura se arremolinan como en aquella escena de Sam Mendes. Desde el portal de una puerta en un segundo nivel, una chica me mira. Tirita de frío, tiene los brazos cruzados como si se abrazara a ella misma. Una pequeñísima falda negra y otra pieza de igual tamaño la cubren. En una de las manos tiene un jugo o desde donde la miro eso parece. Bebe, sin prisa. Pareciera no tener ganas de entrar al local a sus espaldas. Nadie la ve. Desde esa altura parece dios. Yo también tengo frío. Tal vez cuando entre, la vea y la invite a otro jugo. </p>
<p>El lugar vacío, las luces neón que alumbran el centro del local parecen tristes, siempre lo están. Generalmente siempre hay algún cuerpo contoneándose y eso desvía las miradas. Por eso la tristeza y la soledad se disipan momentáneamente. Esta casi noche en cambio ningún cuerpo se contonea. Será porque hay pocos clientes, más meseros que clientes y más chicas que meseros. Una ecuación que seguramente no cuadra en las cuentas de los administradores. O tal vez sí.</p>
<p>La chica recién se ha despertado, me cuenta. En sus ojos hay una tristeza que intenta convertir en alegría. Agradece a dios por sobre todas las cosas. Otro año de vida. Pero rápidamente toda cortina se desvanece y entonces surgen de sus pequeños ojos algunas lágrimas que intenta contener. Nunca había trabajado para un cumpleaños dice y tiene que tragarse las ganas de romper en llanto. Pide permiso para ir al baño. Tarda bastante en volver. Sorbo el último trago del jugo que pedí. Dejo la pajilla mordisqueada y me voy. Afuera la ciudad también entristece.</p>
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		<title>pronto la luna se pondrá a dilatar el revés de las historias y de las cosas que también suceden</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Dec 2010 22:40:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1985]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Y la materia estaba ordenada y vacía. La nada llenaba el espacio uterino del cosmos. Dos células que se encuentran, que chocan, que explotan y se expanden.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><strong></strong><img class="size-medium wp-image-886  aligncenter" title="juan carlos rodríguez" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/12/juan-carlos-rodríguez-174x300.jpg" alt="juan carlos rodríguez" width="174" height="300" /></p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>[JUAN CARLOS RODRÍGUEZ]</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>CARTA AL SEÑOR DESTINO</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><em>Y la materia estaba ordenada y vacía. La nada llenaba el espacio uterino del cosmos. Dos células que se encuentran, que chocan, que explotan y se expanden. El Big Bang celular. Una nueva vida, el camino irrenunciable. Aún humeante, recién salido del vientre de la madre, la guadaña de la muerte lleva el mapa del camino indiscutible hasta las manos invisibles de Destino:</em></p>
<p><em> </em></p>
<p align="right">Confines de la Eternidad, a las 268 vueltas de Sol sobre el Centro de la Galaxia.</p>
<p> </p>
<p>Sr. Destino                                                                                                                                                               </p>
<p>Presente.</p>
<p> </p>
<p>Es para mí un honor saludarte de nuevo, esperando como siempre que tus labores se lleven a cabo sin el menor inconveniente. A continuación te describo el itinerario de la nueva forma de vida que ha sido concebida en este preciso instante:</p>
<p>“<strong>Tres de la mañana:</strong> En la encrucijada del inicio, esquina, empezará el camino del nuevo cúmulo de células que tienes a la vista. Mediano recorrido le espera por el valle, frente a él encontrará un conjunto de almas ilusas que viven intentando —sin conseguirlo—, atrasar el trayecto estipulado de cada materia viva. A la siguiente esquina en dirección al mar, cruzará a la derecha.</p>
<p><strong>Nueve de la mañana:</strong> Lejos aún de su ocaso, encontrará en la vida los amargos sabores que acompañarán su recorrido. El odio empezará a tomar forma en su conciencia. Al final de la cuadra, a ambos lados de la misma, encontrará un lugar en donde las neuronas son engañadas con un saber que sabe a poco. No cruzará.</p>
<p>Una, dos, tres cuadras, recto —el direccional, no el anatómico—. En este trayecto se extrañará de ver a personas encargadas de fabricar y regalar miedo, para después vender seguridad. A su paso falsos caminos intentan cruzarse por su mente, uno a la izquierda primero, uno a la derecha después. Sabe sin saberlo cuál es su porvenir y no se deja engañar por veredas de mentiras, atajos sin trascendencia, caminos sin verdad.</p>
<p>Fábricas artificiales de luz, epicentros de viajes sin final aparente aparecerán a su paso. En una esquina, vendedores de comodidad pasajera, símbolos de una religión sin dioses. Al llegar al final de la tercera cuadra, verá uno de tantos lugares que anuncia el oro y la felicidad de colores rojo y blanco. Al llegar aquí, cruzará a la izquierda.</p>
<p><strong>Dos de la tarde:</strong> El lado derecho la calle le parecerá interminable, únicamente una pequeña vereda interrumpe su continuidad. Del lado izquierdo, tres vertientes alimentan su cauce con personas que deambulan por la vida, siguiendo la ruta trazada por sus mapas. A medio camino, el árbol del bien y del mal brinda su sombra al viajero. En sus hojas se nota la experiencia y sabiduría guardada en la savia que recorre su corteza. Al final de la calle, cruzará a la derecha.</p>
<p>Una, dos, tres, cuatro cuadras, sin cruzar. Tienda de baratijas frente al deseo interminable de un vicio sin remedio. Del frío al calor, del calor al frío. Ansias de volver al comienzo de todas las cosas invadirán sus ganas de vivir, pero Curiosidad lo tratará como a un gato y hará que siga adelante.</p>
<p><strong>Cinco de la tarde: </strong>Tres cuadras, sin desvíos. Sentimientos evolutivos hincharán sus neuronas. El ansia de perdurar en el tiempo lo domina y le hace creedor ferviente de cosas que no existen en su realidad. Concentración mental a las 18 horas.</p>
<p>Ya es tarde para cambiar las cosas.</p>
<p><strong>Seis de la tarde:</strong> El final del día se acerca y él lo sabrá. Sin prisas, hará contados los pasos hasta el final de esta última calle. Cruzará a la izquierda. En este tramo final, verá de un lado el conjunto de conocimientos adquiridos, y al otro, el descanso eterno. Una cosa llevará a la otra, y creyendo saber más que tú y yo, entrará dócilmente en las puertas por donde todo entra tarde o temprano.”</p>
<p>De antemano te agradezco la atención que eternamente prestas a mis cartas, recomendándote que de querer alterarse algo de lo anteriormente expuesto, por mínimo que sea, envíes a tus designios para encarrilar de nuevo el asunto y así no se descarrile lo que nos fue encomendado no se descarrilara.</p>
<p>Con mucho cariño, esperando verte pronto,</p>
<p>Muerte.</p>
<p><em>Las luces se apagan y regresa todo a la nada. De donde era, retorna lo que antes andaba. Metamorfosis material de lo visible, camino eterno e insondable de lo que no se ve. Simples elementos que componen todo un sistema, un círculo de donde nada se escapa, únicamente cambia de forma. </em></p>
<p><em>Hola y Adiós</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>NOCTÁMBULO</strong></p>
<p>Tic, tac, tic, tac&#8230; suenan impasibles las agujas del reloj en sus orejas&#8230; tic, tac, tic, tac&#8230; cantan, a veces alegres, lloran, a veces tristes, dependiendo quien las oiga en su eterno ir y venir por su mundo tan pequeño&#8230; tic, tac, tic, tac&#8230; un mundo de doce horas&#8230; tic, tac, tic, tac&#8230;</p>
<p>Poco a poco va llegando el momento. El deseo pronto lo hará su presa, ese deseo incontenible que inspiran las hembras todas sus noches, noches de golpes, rasguños, cortadas que casi le llevan la vida, y de vez en cuando, muy de vez en cuando, el trofeo de un amor fugaz, efímero.</p>
<p>Pero esta noche no. Las caricias lo detienen. Manos que desde hace mucho tiempo no lo tocaban hicieron que el tiempo se detuviera para él, que no escuchase el cansado cantar del reloj en ese sitio que por momentos era su hogar.</p>
<p>Las caricias de su amo lo detienen, lo hacen olvidar y recordar a la vez&#8230;</p>
<p>Esta noche se quedará en casa y le faltará un personaje a la jauría de gatos nocturnos de algún barrio cualquiera.</p>
<p> </p>
<p><strong>EL VENDEDOR DE EXTRACTO DE AJO</strong></p>
<p>¡Extracto de ajo! ¡Compre su extracto de ajo! Endurece sus uñas, le crece el pelo, ¡le arregla la vida! ¡Compre su extracto de ajo! —Grita a pleno pulmón el vendedor de artículos colombianos. ¡Olvide sus penas con el increíble extracto de ajo! ¿Su novia lo dejó? ¿Nadie le hace caso? ¡Lleve barato su extracto de ajo! ¡Aceptamos cualquier tipo de pago! Aceptamos tarjetas de crédito, visa, master card, etc. ¡Lleve su extracto de ajo! —Sigue gritando el vendedor de artículos colombianos.</p>
<p>La gente se junta a su alrededor, algunos prueban el producto, y quedan extasiados, vuelan a otros mundos, miran otros universos, conocen el nirvana, la iluminación, la resurrección, y a lo lejos se escucha: ¡Compre su extracto de ajo! La primera muestra gratis, barato el gramo, ¡compre su extracto de ajo!</p>
<p>Me acerco por curiosidad, sólo por saber qué es, pido una muestra gratis, y viajo, voy a la luna, a sus ojos, la abrazo, la beso, digo lo que nunca dije. No quiero regresar, lo dejo todo, ya no existo, me piden que regrese, pero ya no puedo, es un viaje sin regreso, ya no quiero, vivo en sus inalcanzables ojos, y pido más y más&#8230;</p>
<p>Cayó un polvo blanco en mi camisa, lo miro con terror, con tristeza. Limpio mi nariz con los dedos que no siento, y a lo lejos sólo escucho los gritos a pleno pulmón del vendedor de artículos colombianos.</p>
<p> </p>
<p><strong>DE CÓMO CIPRIANO CONOCIÓ EL LUGAR A DONDE NADIE QUIERE IR (fragmento)</strong></p>
<p>Cipriano estaba totalmente horrorizado. Jamás imaginó que lo que estaba viendo pudiera ser real. Siempre creyó que eran historias para modificar la conducta humana. Pero no. ¿Será demasiado tarde?, se preguntó. Los gritos de dolor y espanto se escuchaban por doquier y como suele suceder en momentos en los que se cree que pasaremos a mejor vida, el protagonista de esta historia vio la suya pasar en un segundo. Si, en un segundo. Por increíble que parezca, el cerebro humano es capaz de convertir un segundo en un siglo y un siglo en un segundo, dependiendo de la conveniencia o las circunstancias. Hasta es capaz de saber hasta el mínimo detalle de cosas que nunca ha presenciado. Cosas que sólo le han contado en términos generales, pero que las reproduce mentalmente con increíble exactitud, gracias a una gran herramienta: la imaginación. Más o menos eso le pasó a Cipriano en ese segundo que abarcó veinte años, dos meses, tres días, cinco horas y diez minutos, aproximadamente, un segundo más, un segundo menos.</p>
<p>Como muchos de los nacidos en este mundo, el protagonista de nuestra historia vino al valle de lágrimas, alegrías, deseos, amores, odios y demás a causa del azar, destino, casualidad, falta de planificación humana o por planificación divina, distintos nombres que recibe la misma situación, dependiendo de la forma de pensar de quien la defina. Cuando sin saber cómo ni por qué, a un par de copas se le suman dos integrantes del género humano, hombre y mujer para ser específicos, soledad, una cama —en la mejor de las situaciones— y el intercambio de hormonas, feromonas y toda una amalgama de fluidos corporales propios del caso, ¿puede llamársele de otra forma que no sea accidente? Pues variando unos cuantos detalles, como que en vez de copas fue un autobús el motivo por el cual se conocieron, los padres de Cipriano dieron inicio, sin saberlo, a esta historia que acabaría en las puertas del Seol.</p>
<p>Dicen los que saben, que una historia que tenga la intención de ser más o menos buena, debe de tener un protagonista, un antagonista y una situación, entorno, meta o finalidad. Al protagonista ya tuvimos la ocasión de conocerlo. No fue una presentación convencional, de esas en las que se dice: Amigo lector, éste es Cipriano Madruga, el protagonista, Cipriano, éste es nuestro querido amigo, lector, pero en fin, no siempre se puede hacer lo que manda la etiqueta y las buenas costumbres. Conociendo ya al protagonista, pasaremos a conocer la situación, dejando a nuestro antagonista para más adelante. Y para ser exactos, la situación de nuestro querido Cipriano no es de las mejores. Su señor progenitor, al no estar preparado para que después de nueve meses y días de un encuentro casual le llamaran por teléfono para escuchar a un bebé llorando y una voz femenina diciendo: éste hijo es tuyo, hizo oídos sordos y se hizo invisible en la vida de Cipriano y compañía. Creció entonces el joven sin una figura paterna, de esas que dicen los psicólogos sirven para moldear el carácter y de la que los niños toman de ejemplo para comportarse en el lugar que les tocó vivir. Y en cuanto a la figura materna, pues justo es decir que no por culpa de la madre, sino por las arduas horas de trabajo que implicaron la manutención de una boca que no era la suya, no tuvo más remedio que dejar que la criatura se criara a como Dios le ayudó.</p>
<p>Muchos de los que tuvieran la amabilidad, la gentileza o la curiosidad de leer esta historia dirán que el final de Cipriano es muy previsible: de madre soltera, familia pobre, barrio marginal, malas juntas y peores amigos, delincuente seguro, pero con temor de desilusionar a los que tal cosa pensarán y contra cualquier pronóstico, el muchacho llegó a ser lo que sin temor puede llamarse un ciudadano ejemplar. Así es la vida, a veces por situaciones que no alcanzamos a comprender suceden cosas inexplicables, el aparecer de un ovni por el horizonte, la aparición de un espíritu o alma en pena a medianoche o la elección de un semoviente para el cargo de presidente de la república, cosas por el estilo.</p>
<p>En fin y para no aburrir, Cipriano era un buen chico. Y un buen chico tranquilo. No tenía grandes preocupaciones fuera de las normales a su edad y situación económica, sacar buenas notas, disfrutar con los amigos, trabajar en vacaciones para ayudar con los gastos del hogar, en conclusión, un chico pobre, pero feliz.</p>
<p>Esta situación de juvenil felicidad en la que vivía el joven Madruga hubiera durado mucho más allá de los veinte años de edad que el tiempo llevaba en la cuenta del protagonista, si no hubiera sido por la intervención del por todos conocido como dios del amor, Cupido. Y es que el niño de arco, flecha, pañales y a veces malas intenciones, tuvo el capricho de flechar a Cipriano, enamorando al pobre de una joven que, por situaciones sólo imaginables por la retorcida mente del ser humano, era muy difícil que se enamorara de él. La duda se asoma por el resquicio de la ventana como el vientecillo que sopla precediendo la tormenta y pregunta: ¿por qué para un joven considerado buen muchacho y ejemplo para los de su edad, tendría por imposible enamorar a una dama de la cual está enamorado? Pues por una razón que como antes se mencionó, sólo es posible en la sociedad humana: él era pobre y ella rica.</p>
<p>Dejaremos por un momento al joven Cipriano Madruga quemando pestañas gracias a la joven adinerada, y pasaremos a describir un poco al último elemento de esta historia, el némesis, el otro lado de la moneda, el opositor, el adversario: el antagonista. Este personaje, que más adelante identificaremos con nombre y apellido, es la antítesis del muchacho del cual, hasta el momento, nos había ocupado la atención, pues, a diferencia de Madruga, nació en cuna de oro, hijo primogénito y predilecto de un padre muy honorable y respetado por todos. Al parecer no tuvo los cuidados y el cariño de una madre, pues o la madre se fue cuando todavía era muy pequeño para recordarla, o lo que es más probable, no la tuvo y fue creado por puro milagro divino. Como decíamos antes, hay cosas difíciles de explicar, como es difícil de entender que sea posible que el hijo predilecto de alguien de renombre, con todos los cuidados y el cariño posibles, alguien que literalmente vivía en el paraíso, se revelara contra el padre que tanto cariño le profesaba y decidió ser el príncipe de las tinieblas. Si, exactamente querido lector, el personaje que estamos describiendo es el mismo que usted se acaba de imaginar, al que muchos le temen: Chamuco, Belcebú, Lucifer, o más conocido en las bajas esferas cómo: El diablo.</p>
<p>Pues bien, la noche en que Cipriano y don diablo se conocieron fue precisamente aquella en donde habíamos dejado al joven, es decir, aquella noche cuando se estaba desvelando&#8230;</p>
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		<title>construyó su guarida con retazos de historias, le puso luz, trazó figuras en la pared y les habló al oído secretos silentes</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Nov 2010 00:29:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1990]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[microrrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Apuntó su dirección en un trozo de indiferencia que guardó en su gaveta para saber por dónde no volver.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-805  aligncenter" title="juan diego asturias" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/10/juan-diego-asturias-300x293.jpg" alt="juan diego asturias" width="300" height="293" /></p>
<p> </p>
<p style="TEXT-ALIGN: center"><strong><a href="http://demisfrases.blogspot.com/">[JUAN DIEGO ASTURIAS]</a></strong></p>
<p> </p>
<p>Apuntó su dirección en un trozo de indiferencia que guardó en su gaveta para saber por dónde no volver.</p>
<p>No perdió más tiempo: comenzó a correr; sabía que si lo hacía en línea recta volvería, menos tarde o más temprano, al lugar de partida.</p>
<p>Tú que ocupas mi interior, tú que bebes de mí, que te alimentas de lo que soy, tú que llenas mi ser, no pagas pensión, no pagas alquiler.</p>
<p>Buceaba hasta el fondo de cada botella esperando encontrarse con ella, su sirena de aguas dulces, su confidente en las profundidades.</p>
<p>Le dio vueltas en el aire como malabar de semáforo.</p>
<p>En el vagón más lleno de vacío del primer tren de la noche, él se acercó a preguntarle qué haría el resto de su vida.</p>
<p>Pasado el efecto de la píldora de la ilusión cambió el reglamento del juego, se fugó el tiempo perfecto, salió el sol y volvió la disfunción.</p>
<p>Si la montaña no viene a Mahoma es porque no es terreno chapín y por ello no se derrumba.</p>
<p>La lluvia lo dejó sin casa, sin techo, sin paredes ni calor&#8230; perdió su único trozo de cartón.</p>
<p>Y detrás de él marchaba su desfile de decepciones, desamores, desilusiones y desencantos; sí, detrás de él y en dirección contraria a su paso.</p>
<p>La amó en proporciones bíblicas, ése fue su pecado.</p>
<p>Le dio el beso de buenas noches de todas las noches y la embalsamó con sus piernas y brazos.</p>
<p>Desempolvó su repertorio de sentimientos y los ventiló en su nueva habitación conyugal. Su manual de amor estaba vigente.</p>
<p>El psicólogo y mi madre creen que estoy loco. La almohada, mi guitarra, el peluche que dejaste y yo sabemos que no es cierto.</p>
<p>Cuando decidió cerrar el abanico decapitó todas sus opciones.</p>
<p>Guardaba en su cartera un pequeño calendario de bolsillo de los próximos tres años; no era garantía, pero creía que viviría hasta entonces.</p>
<p>Sin complejos ni restricciones se contagió de ese síndrome que impulsa meteóricamente a generar pensamientos y perder el aliento por ella.</p>
<p>Recuperó la fe un día mientras tomaba café; la vio, sobria y sonriente, dio un trago y dijo amén.</p>
<p>Descifró el cambio en la brisa; mudó el trapo del asta y se dedicó a explorar otras aguas lejanas.</p>
<p>La tomó con pinzas dedales, delicadamente, para no romperla; la introdujo en la probeta, la techó con un corcho, la llevó siempre con él, siempre.</p>
<p>Tenía miedo: 12 años habían pasado desde la última vez, sin ver, oír ni saber nada; tenía miedo de que comenzaran otros 12 años iguales.</p>
<p>La cirugía pretendía hacerle una ingeniería del alma; todo iba bien hasta que se evaporó la anestesia.</p>
<p>Al ver que la gente llevaba paraguas comprendí que en el mundo real llovía; hubo faroles en guerra con la tarde sepia.</p>
<p>Anhelaba tener una escalera que llegara a la luna para dar una caminata y fumar un habano viendo la Tierra.</p>
<p>Únicamente veía la luna a través del reflejo en las olas del sereno mar nocturno. Ella sólo veía por una rajadura en la pared de la prisión.   </p>
<p>Pidió aspirinas para la cabeza, mentol para la gripe y pepto para el estómago&#8230; si lograra curarse el corazón todo lo anterior le sobraría.</p>
<p>Intentó disecar una fotografía de cuando él era joven para descubrir cómo sería su rostro en ese momento.</p>
<p>Y ese era sólo su nombre artístico; en realidad ella no sabía su verdadero nombre.</p>
<p>Disfrazó la melancolía con una sonrisa vacía, pintó el descolor de su mirada con acuarela expirada.</p>
<p>Tiró la colilla del cigarro, bebió el agua de las rocas derretidas del whisky, cogió el cilindro de pastillas y las tragó todas.</p>
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		</item>
		<item>
		<title>haz que circule el revólver, esa dádiva preciosa, y apuesta alto: son cuatro piezas para el mismo juego</title>
		<link>http://www.teprometoanarquia.com/2010/10/26/haz-que-circule-el-revolver-esa-dadiva-preciosa-y-apuesta-alto-son-cuatro-piezas-para-el-mismo-juego/</link>
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		<pubDate>Tue, 26 Oct 2010 21:30:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1968]]></category>
		<category><![CDATA[Frankfurt]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Así si ya no te sentís tan machito, ¿verdad? La punta del arma cae dura sobre el pecho... 
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-794  aligncenter" title="tania hernández" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/10/tania-hernández.jpg" alt="tania hernández" width="250" height="274" /></p>
<p> </p>
<p style="TEXT-ALIGN: center"><strong><a href=" http://cuentiemos.blogspot.com">[TANIA HERNÁNDEZ]</a></strong></p>
<p> </p>
<p><strong>ANA MARÍA NO TIENE CORAZÓN</strong></p>
<p>Así si ya no te sentís tan machito, ¿verdad?</p>
<p><em>la punta del arma cae dura sobre el pecho</em></p>
<p>Puta, es que desde que yo era chiquita no has hecho más que joderme la vida. Primero con la onda de mi papá. Que por culpa tuya dejé que me hiciera lo que me hacía, a pesar de que la náusea y el dolor me invadían el cuerpo tanto como él. Ni siquiera me dejaste que lo matara cuando tuve la oportunidad. Allí estaba, tumbadito en el sofá de tanto guaro, y yo con unas ganas de insertarle el cuchillo en el cuello a ese hijoeputa. Pero te metiste vos en medio, con tus mierdas, que no vos, que tranquila, que mirá que la culpa es del alcohol, que quién sabe si de veras en el fondo te quiere. Y yo de imbécil haciéndote caso. ¿Y qué pasó?, que eran puras pajas pues, porque el otro día yo misma le pregunté, y me gritó que qué me creía, que cómo me iba a querer si yo no servía para nada, ni para coger, pero que como yo estaba menos peor que mi mamá, pues que por eso me cogía, para no desperdiciar. El muy hijo de puta.</p>
<p><em>Ana María le quita el seguro al gatillo y vuelve a apuntar</em></p>
<p>Y vos no empecés a chillar, que apenas estoy comenzando. Porque allí no quedó todo, no. Me seguiste chingando la vida, cerote, comiéndome el coco para que yo me metiera con cuanto idiota se te atravesaba en el camino. Que ya olvidá al viejo, vos. Que mirá ese César, se le nota a leguas que anda tras tus huesos. Y el Rubén, mirá ese maje si que es buena onda, ese fijo que te va a cuidar bien. Y el Mario, y el Tono, y el Chepe, todas puras joyitas, ¿vaá? Ya vas. Y vos en lugar de defenderme solo alcahueteándole todo a aquéllos. Ni sé cuál de todos fue el peor. Si el que me madreaba en plena calle, el que me tenía de cholera y ni me tocaba porque prefería irse de putas o el que me quebró la mano para quitarme las llaves del carro porque por bolo yo no se las quería dar.</p>
<p><em>pasa el revolver a la mano izquierda, abre su mano derecha y la observa unos segundos, absorta. Esa mano que aún duele, pero que también algún día tocó, acarició, amó. De repente reacciona, se da cuenta de la trampa. Tiene que apretar los dientes para obviar el dolor punzante que siente al volver a empuñar el arma<br />
</em><br />
Ninguno me quería vos. Nin-gu-no. Vos y ellos puro daño me hicieron. Pero hoy si te llegó tu hora. Ya no me vas a seguir chingando la vida, hijoep&#8230;.</p>
<p><em>el disparo es certero, el corazón de Ana María, maltratado de tanto abuso, explota fácilmente. Se hace pedacitos dejando salir, junto al líquido rojo y acuoso, toda la ternura rechazada, todos los sentimientos traicionados. El impacto la hace caer de rodillas y llorar las últimas lágrimas de su vida. Espera un momento para recuperarse. Se levanta y, satisfecha, se pasa la mano sobre la abertura pectoral. No más dolor, le digo desde adentro, ese idiota sentimental ya no te hará sufrir. Esto es sólo el comienzo. Me emociona oír que mi voz ya no es sólo un susurro, que se va haciendo cada vez más fuerte. ¡Triunfamos!, le grito finalmente. Ana María sonríe, va a la cocina dejando huellas de sangre a su paso. Saca una cerveza y brinda por mí, La Razón, sin saber que algún día yo también seré capaz de traicionarla. </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL RETORNO DEL JEDI</strong></p>
<p>Esta estampita de Luke Skywalker fue lo único que me quedó el día que mi papá la arremetió contra mi álbum de colección. Uno de esos días en que, ante sus ojos, el alcohol nos convertía a mi mamá y a mí en clones enemigos. Pau-pau-pau, no necesitaba armas láser para neutralizarnos. En sus puños cabía todo el lado oscuro de la Fuerza.</p>
<p>Ayer se apareció por mi casa, dizque para disculparse por lo de mi mamá. Le conté que Luke Skywalker es el santo de los parricidas. De niño nunca me atreví a decírselo, pero ahora ya lo sabe. Fue lo último que le dije antes de dispararle.</p>
<p> </p>
<p><strong>AMENAZA SONORA</strong></p>
<p>Once de la noche. Frente al computador, con los audífonos puestos, Laura ríe viendo unos videos que le mandó una amiga. Al sonido del timbre salta. A esa hora solo podría ser Él. ¿Podría ser Él? Apaga el monitor y se levanta sin hacer ruido. No hay nadie en casa, murmura para sí, como si ese conjuro la hiciera invisible. Apaga la luz de la sala. Las rendijas de la puerta se iluminan. Significa que alguien encendió la luz de las escaleras. No hay nadie en casa, repite a manera de mantra. Ve el teléfono. Lo toma. ¿El número de la policía? Pasos subiendo. Bloqueo mental. Laura sin zapatos. Va a la cocina. Coge un cuchillo. Siguen subiendo. Primero, segundo, tercer piso. Espera detrás de la puerta. La vista fija en el cerrojo. Espera. Espera. Suena el timbre&#8230; en el apartamento vecino. Laura vuelve a respirar pero solo hasta que está completamente segura de que la voz del visitante no es la de Él. Otro amigo de la vecina que se equivoca de botón.</p>
<p>Todavía temblando, cuchillo en mano, vuelve a la sala y se sienta en el sofá. Una voz interior intenta convencerla de que Él no será capaz de encontrarla, aquí, después de un año y en esta nueva ciudad. Como no logra tranquilizarse, Laura toma el mando a control remoto. La música siempre ayuda. En la radio suena una voz masculina,</p>
<p><em>No te voy a dejar libre<br />
Voy a buscarte bajo cielo y tierra<br />
Este amor no fue una apuesta, mujer</em></p>
<p><em>Por ti caminaré<br />
Siempre aquí estaré<br />
Y te perseguiré*</em></p>
<p>Malditos salseros, dice, y rompe a llorar.</p>
<p style="TEXT-ALIGN: right">(*Extracto de <em>Caminaré</em>, de Gian Marco)</p>
<p> </p>
<p><strong>HISTORIAS DE ÁNGELES</strong></p>
<p>Voy a visitarlo al hospital. Jorge me saluda con una sonrisa y me cuenta historias de ángeles que realizan rituales líricos de media noche. Son sólo los síntomas de la enfermedad —me dice el médico en voz baja—. Me hubiera gustado conocerlo en Puebla, en su mejor época, cuando compartía con mi padre exilio y creación poética. Un crítico lo describió entonces como un hombre derecho con una cierta severidad en la mirada. De ese hombre no queda más que la sombra. No hace falta mucha fantasía para adivinar, en lo pálido de su piel y sus profundas ojeras, al vampiro de alcohol que le succiona la vida.</p>
<p>Alguien encontró mi número en su agenda telefónica. Creyeron que la inscripción “mi hijo” determinaba una relación de consanguinidad entre nosotros y me llamaron. Puedo imaginar a mi padre escribiéndolo allí, antes de volver a Guatemala, días antes de que lo mataran. Fue Jorge el que me llamó entonces para darme la mala noticia. Nos escribimos durante años. Varias veces me invitó a que lo visitara en México, pero, por una u otra razón, fui posponiendo mi viaje. Esa manía que tenemos de creer que la vida tiene cualidades elásticas. No pude o no quise intuir sus desesperados intentos por matar la tristeza a puro veneno etílico.</p>
<p>Me hace una señal para que me acerque. Recuerdo que soñé contigo en el mar ―me susurra al oído para que el médico no lo oiga― un ángel con tu imagen me alegraba el día. No sé mucho de su vida amorosa. No sé si tuvo otros amantes, antes o después de Puebla, pero, en este momento, quiero creer que en esa frase, fragmento de uno de sus poemas más conocidos, hablaba de mi padre.</p>
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		<title>tantea el camino y verás que en sus vértebras se esconde el silente y potente fulgor de uno y mil manifiestos</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Oct 2010 22:15:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-785  aligncenter" title="alexis herrera" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/10/alexis-herrera-226x300.jpg" alt="alexis herrera" width="226" height="300" /></p>
<p style="text-align: center;"> <strong><a href="http://www.youtube.com/alexisHalquijay">[ALEXIS HERRERA ALQUIJAY]</a></strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p><strong>SOBRE NUESTRA CIUDAD INCONFORME</strong></p>
<p>Necesita plagarse de olores y sabores. De sensaciones y flujos. Esta urbe inconforme que se compone de arterias y venidas. De sentimientos en construcción permanente algunos y en ruinas otros. Un museo lleno de bilis. Una pintura que sangra. Escritos llenos de mierda. Canciones viscerales. Acá todo es naturaleza muerta. En oposición la única naturaleza aceptable es la tuya. Muerta como viva. Seducción cuerpo urbano y ruralmente. Como para emboscarte, si no es que me emboscan antes. En estas condiciones mejor metrópoli no puedo darte. Porque es la única que tengo. Laberintos insospechables. Callejones sin salida. Nadie conoce esta ciudad. Cambio constante. Inconformidad perenne. Felicidad taciturna. Odio explicito. Ciudad de contradicción. Ciudad azotada por mi ausencia. Hace décadas que vengo desapareciendo. Tengo un triángulo lleno de verdades desnudas. Erijo la resistencia a lo políticamente correcto. Me rebelo ante la inconsistencia. Soy consecuente con mis deseos. No me escondo. Únicamente en caso de defensa propia. Desenvaino. Desenfundo. Desespero. Desarmónico. Disonante. No viajo con la marea. Mareo. Doy asco. Doy ganas de vomitar. Golpeo y me golpean, pero me gustan más los puños o dedos que me lastiman a las heridas o dolores infringidos en mi contra. Lastimo porque no tengo otra forma de afectar totalmente una mente intacta. Lastimo con las palabras. Lastimo con mis quejas. Lastimo con la inevitable caricia de mis besos y abrazos. La estima que le tengo a los demás es la misma que ejerzo en mí. Las palabras son una vorágine inentendible. Ilegible. Entonces solo dibujo. Despierto en este amanecer urbano. En este delirio que llamo cárcel. Que arde como infierno. Manos que queman. Mirada que hostiga. Penetración total. Desde los poros hasta el cáliz entrepiernas. Brazos lamidos y axilas relamidas. Besos que se dan. Y otros que esperarán. Como esperma que espera la próxima eyaculación. Como próximo entierro. Como natural resurrección de lo que nunca será eterno. Porque la inmortalidad solamente se alcanza en cada grito o ronroneo que excita y agita ventrículos que antes parecían muertos. Muertos socavados por el miedo. Y que en medio del miedo por fin atrofien lo que queda de nuestros contradictorios, deseables, arriesgados y ensimismados cuerpos. Entrelazados como alambre de amarre, como valla de seguridad, como alambre espigado, junto, pero violento, junto pero seguro de sí mismos y de cualquier intromisión posible a este nosotros corporal. Así como tan citadino y bayunco el mío, como tan natural y machetero el tuyo.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE ESCOGER</strong></p>
<p>Abrazos no se aceptan por rutina. Besos no quiero por costumbre. Sueños sin realizar no se permiten. Decisiones sin consulta, ¡nunca! No mentiría para creerte, no mentiría para interesarte, no mentiría para tenerte, no mentiría para acercarme. No. La verdad no es encontronazo, es solamente eso. Verdad. Las palabras exageradas y sin sentido no van. Me río de mí. Me río contigo. Me río de todos. Por vivir. Sincretismo de creencias. Amalgama de gustos. Escojo lo que quiero.</p>
<p><strong></strong> </p>
<p><strong>SOBRE ABRIR</strong></p>
<p>Tomar la iniciativa. Mirar de cerca. Besar. Hacerlo sin hacerlo y finalmente hacerlo. Fue decisión no error. Fue camino no piedra. Camino entre sombras.  Deseos intrínsecos. Abrir la puerta para cerrarla, da miedo. A quién no. Abrir las ventanas no solo para ver afuera o para que entre el viento y te despeine. Abrir las ventanas&#8230;.por abrirlas sin esperar. Abrir puertas. Ventanas. El baño. El techo. La cama. El piso. El alma. Algo así como decir&#8230; esperar con los brazos abiertos&#8230;. sabiendo que nunca se espera realmente. Ya vino. No se ha ido. Se fue lo que tuvo que irse y vendrá lo que venga&#8230;  con su carácter destructivo de renacer&#8230; rehacer&#8230; recrear&#8230; re..  fa&#8230; mi&#8230; tu&#8230; sol.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA CONFIANZA</strong></p>
<p>Eran las tres de la mañana y por fin logré quedarme dormido. Con la puerta abierta. Pude confiar. A la mañana siguiente logré despertarme sin exaltarme. Me pude sentar hasta atrás en el bus. No sentí detenerme para medir. Al entrar al café sin darme cuenta me senté de espaldas a la puerta. De espaldas a la ventana. Absorto en la confianza pude disfrutar una taza de café sin pensar en el vicio final&#8230;  es decir juicio.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA ESPERA</strong></p>
<p>Aburrida espera. Esperen. No deje de leer esto. Por lo menos usted llego hasta acá. No deje de leer esto. Si deja de leer. Acá esta la espera. Yo aquí espero. Mientras vuelva seré espera. Espere. Espero que vuelva. No vuelva esperando. Espere volver. Para poder esperar necesita irse uno. Dos. Tres. Las veces que sea. Para poder regresar. No hay que voltear solo para ver. Hay que voltear esperando que se revuelva todo. O se revuelque o se retuerza o se resuelva. Pero si nunca se fue. Se es entonces más de uno. O por lo menos uno mismo. Espere lo que espere, no espere nada de mí. Sólo de su. De si. De uno se desespera. Se desespera uno. Verdad. A medias. A completas. Talvez. No sé. Espere.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA EDUCACIÓN VIAL</strong></p>
<p>Continúe. No vire. No cruce. Siga de largo. No pida vía. No ceda el paso. No se detenga en rojo. No vea por el retrovisor. Nadie le detendrá. En pendiente nunca frene con motor. En subida vaya lo más despacio. No respete ninguna ley. No se deje llevar por todas esas normas absurdas que sólo le han permitido ser tan calculador. Tan controlador. No sea responsable. Déjese llevar. Lo más que puede pasar es una inevitable caída. Dolorosa. Riesgos los hay. Ventajas no lo sé. Nunca crea todo lo que digan. Sólo puede quedarse entrampado en un solo lugar, a veces el muro revienta sin que usted sepa y puede pasar. Pero si se detiene, voltee a ver, ceda el paso y pida vía, cuando pase en verde, vea por el retrovisor nadie le detendré, cayendo en la pendiente frene con motor, total abajo tiene que llegar. En subida acelere, pero igual llegará hasta arriba. Si respeta la ley. No se deje llevar. Calcule, mida, controle. Sea absolutamente responsable. De todos modos lo único que puede pasar es una inevitable caída. Dolorosa. Riesgos los hay. Ventajas no lo sé. Nunca crea todo lo que digan. Puede quedarse entrampado en un solo lugar, porque a veces el muro se revienta sin que usted sepa y puede pasar&#8230;  y si pasa… que pase lo que tiene que pasar.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE EL PRE Y EL POST</strong></p>
<p>Invitación para hacerlo. Se complacía. Te complacía. Hacer saber lo poco indispensable que somos. Se supo lo contrario. Frente a frente. En la cama. En el sofá. En la alfombra. En la mesa. En el baño. En el piso. En el corredor. Nadie se fue. Solo siguieron recorriendo. Corriendo. Sin competencias. Sólo les competía estar. Sin necesitar. Sin dejar de ser. Escupimos por la lejanía. Aborrecemos la cercanía. Entonces medio oriente. Medianía. Medio cerca o medio lejos. Puro intermedio. Pre. Post. También. Se han acabado. Vos estás acabada. Yo estoy acabado.</p>
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<p><strong>SOBRE UN SABELOTODO</strong></p>
<p>El sentimiento más radical ―decía el― es la indiferencia. Construía todo su día alrededor de garantizar quedar en el recuerdo de ella. De que pensara en él. Ella no contestaba a sus llamadas, no lo miraba de reojo, no recordaba su olor. Casualmente se lo encontraba, por momentos reía con algo que pasó en medio del diario vivir. Él trabajaba afanosamente en que ella sintiera su radicalismo. Solamente siendo consecuente consigo mismo podría encontrar la paz. No estaría tranquilo hasta saber que su tiempo se convertía en necesidad de ella. Ella dormía tranquila. Se bañaba acariciándose porque su autoestima se lo pedía. Desayunaba sola. Disfrutando la compañía de su rutina. Por momentos pensaba en encontrarse casualmente con alguien y pasar un buen rato. Él se dormía pensando en su táctica y estrategia. Ella se despertaba con la sensación de que ¡sí, sería un buen día! Él finalmente se despertaba con la ansiedad de no saber nada de ella, de no tener noticias, de no leer sus correos, de no escuchar su voz. El sentimiento más radical ―decía el― es la indiferencia. Ella dormía tranquila.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA MIGRACIÓN</strong></p>
<p> Boleto sin aduana, sin chequeos, sin trámites, sin pena, sin culpa. Llego a donde voy, soy de donde estoy, viajo con limitado equipaje. Llego en punto exacto de mi llegada, preciso de mi partida. Para salir, sólo sé irme. Dejo todo, me olvido de mí, para no repetirme, para no arrepentirme. Sin compra de boleto salgo. Sin culpa. Sin pena. Sin trámites. Sin chequeos. Sin aduanas.</p>
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