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	<title>TE PROMETO ANARQUÍA &#187; 1973</title>
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	<description>procesión poética desde las fauces de un país en llamas</description>
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		<title>la esencia de la vida se distribuye a lo largo de inmensas peregrinaciones con finales etéreos, acaso mortuorios</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Feb 2011 20:12:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[Las casas se ven tan lejos justo donde terminan los pies que cuelgan, meciéndose despacio

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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter size-medium wp-image-996" title="ruth vaides" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/02/ruth-vaides-220x300.jpg" alt="ruth vaides" width="220" height="300" /></p>
<p style="TEXT-ALIGN: center"><strong>[RUTH VAIDES]</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>EL PUENTE</strong><strong></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Las casas se ven tan lejos</p>
<p>justo donde terminan los pies</p>
<p>que cuelgan,</p>
<p>meciéndose despacio</p>
<p>con la brisa que agita</p>
<p>el cabello.</p>
<p> </p>
<p>Di que lo de ayer fue mentira</p>
<p>y, cerrando los ojos,</p>
<p>me dejaré caer.</p>
<p> </p>
<p><strong>TEMBLOR</strong><strong></strong></p>
<p> </p>
<p>No en vano te estremeces</p>
<p>ya que por medio de mis caricias</p>
<p>localicé tu epicentro.</p>
<p> </p>
<p><strong>CONTRARREQUIEM</strong><strong></strong></p>
<p> </p>
<p>Yo busco la muerte</p>
<p>más allá de la versión escarlata</p>
<p>del Angel Caído,</p>
<p>más allá del vulgo,</p>
<p>más allá de la mentira</p>
<p>el delirio me envuelve y derrota la mustia</p>
<p>y fría pasión que me empuja al vacío.</p>
<p>Siempre soy así:</p>
<p>voy tras el feroz secreto</p>
<p>que esconde la locura gris del horizonte</p>
<p>y me volví a perder ayer</p>
<p>en el lado oscuro de la luna</p>
<p>donde la sombra</p>
<p>acaricia el alma</p>
<p>y la posee</p>
<p>donde no existe vida</p>
<p>ni mañana.</p>
<p>En la copa del cráneo bebe</p>
<p>un espectro la sangre maldita</p>
<p>disfrutando el brindis se duerme</p>
<p>esperando tener pesadillas.</p>
<p>Y la daga brilla</p>
<p>y el ingenio se pudre</p>
<p>y el enigma se encierra</p>
<p>y la risa perece</p>
<p>y no encontré nada más</p>
<p>que los restos del vientre.</p>
<p>El silencio no sabe</p>
<p>quien digiere la vida</p>
<p>y la vida no sabe</p>
<p>que empezó su partida.</p>
<p> </p>
<p><strong>ESPECIE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN</strong></p>
<p> </p>
<p>Aquí estoy yo</p>
<p>única e irrepetible</p>
<p>irreemplazable</p>
<p>e, inevitablemente,</p>
<p>sola.</p>
<p> </p>
<p><strong>EL ALMA QUE DUELE</strong><strong></strong></p>
<p> </p>
<p>La soledad, de cristal opaco, oscuro y siniestro,</p>
<p>se raja despacio,</p>
<p>se quiebra y derrama su sangre,</p>
<p>su esencia,</p>
<p>su contenido.</p>
<p>La mente, deprimida,</p>
<p>se esfuerza en el sueño buscando pedazos,</p>
<p>las piezas perdidas del alma vacía.</p>
<p>La encuentra enloquecida,</p>
<p>maniatada,</p>
<p>presa.</p>
<p>La encuentra encerrada en camisa de fuerza,</p>
<p>destruida,</p>
<p>desterrada.</p>
<p>El cerebro se calla,</p>
<p>se duerme,</p>
<p>se inmoviliza.</p>
<p>Empieza el recuento e, inerte,</p>
<p>la soledad se llena de alma muerta.</p>
<p>De alma podrida,</p>
<p>de alma fantasma,</p>
<p>de alma de espectro de sombra caída.</p>
<p>Y el dolor no responde en directo,</p>
<p>solamente grita, gime,</p>
<p>se enfrenta al mundo,</p>
<p>se retuerce al viento.</p>
<p>No sólo para mí.</p>
<p>Y el alma hecha trizas,</p>
<p>el alma que hiere,</p>
<p>el alma que muere encerrada en silencio.</p>
<p>El alma se agota,</p>
<p>el alma no aguanta.</p>
<p>El alma que busca consuelo y no encuentra.</p>
<p>El alma se acaba,</p>
<p>el alma se pierde&#8230;&#8230;&#8230;..</p>
<p>                           …&#8230;&#8230;.el alma me duele&#8230;&#8230;&#8230;</p>
<p> </p>
<p><strong>SIN ORDEN DE ALLANAMIENTO</strong><strong></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Me metí en tu cabeza</p>
<p>te requisé todo el cerebro</p>
<p>decomisé un par de pensamientos piratas</p>
<p>te pedí “mordida”</p>
<p>te dejé algunas palabras que te iba a incautar.</p>
<p> </p>
<p><strong>VENÍ, PLATIQUEMOS</strong><strong></strong></p>
<p> </p>
<p>Quería encontrarte, Muerte,</p>
<p>en la cómoda cama</p>
<p>de una suite</p>
<p>de un hotel de 5 estrellas.</p>
<p>Quería encontrarte</p>
<p>en una clínica privada</p>
<p>así, con el suero</p>
<p>saturado de morfina,</p>
<p>dormida,</p>
<p>suave,</p>
<p>sutilmente.</p>
<p>Quería encontrarte</p>
<p>en mi casa,</p>
<p>en mi dormitorio,</p>
<p>acurrucada entre las sábanas,</p>
<p>en mi almohada.</p>
<p>Pero no fue así.</p>
<p>Te encontré disfrazada</p>
<p>en la calle</p>
<p>vestida de navaja</p>
<p>vestida de bala</p>
<p>vestida de chofer</p>
<p>imprudente y borracho.</p>
<p>Te encontré perdida</p>
<p>deambulando en la banqueta</p>
<p>vagando como si nada</p>
<p>lastimando a cualquiera.</p>
<p>Te encontré disimulando</p>
<p>escondiéndote en SIDA</p>
<p>escondiéndote en cólera</p>
<p>escondiéndote en gripe porcina.</p>
<p>No seas tan mala;</p>
<p>no me empujes,</p>
<p>no me hagas a un lado,</p>
<p>que ya me haces falta.</p>
<p>Te busqué, Muerte,</p>
<p>en la orilla del puente,</p>
<p>en un lazo colgado de un árbol,</p>
<p>en el cañón de una pistola,</p>
<p>en un frasco repleto de píldoras</p>
<p>y de veneno.</p>
<p>Y huiste de mí.</p>
<p>Vos también me abandonaste.</p>
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		<title>que la maravilla de los pestañeos que penden con vapor se cuaje en la realidad y lo precipite todo: aciertos</title>
		<link>http://www.teprometoanarquia.com/2011/01/25/que-la-maravilla-de-los-pestaneos-que-penden-con-vapor-se-cuaje-en-la-realidad-y-lo-precipite-todo-aciertos/</link>
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		<pubDate>Tue, 25 Jan 2011 22:08:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Mentes Fugitivas es un titulo impresionante, suena a cine oscuro, mentes complicadas, sociedades que no entienden. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-976  aligncenter" title="renato buezo" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2011/01/renato-buezo-252x300.jpg" alt="renato buezo" width="252" height="300" /></p>
<p style="TEXT-ALIGN: center"> <strong><a href="http://renatobuezo.blogspot.com/">[RENATO BUEZO]</a></strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>UN TITULO IMPRESIONANTE                                                                             </strong></p>
<p>Mentes Fugitivas es un titulo impresionante, suena a cine oscuro, mentes complicadas, sociedades que no entienden. En cierto rincón de un viejo mundo, un lugar que flota sobre el agua oculta del océano, me descubrí embelesado por una colección de fotografías de Stanley Kubrick. Yo escapaba del turismo apurado que como una ola avanzaba por las callejuelas tal cual una inundación. Te venden la idea de la plaza tal y el lugar tal, pero una pancarta colgada de los barrotes envejecidos de la biblioteca me hizo huir, y así fue como de pronto me descubrí entre una colección de blancos y negros, y una serie de mentes fugitivas que caminaban a mí alrededor. Hablaban idiomas distintos al mío, idiomas que desconozco, aunque en sus ojos y en esas maneras de buscar la luz descubrí lo que se decían, lo que cada quien pensaba con emoción sobre el trabajo artístico del maestro. Un torbellino de emociones que no eran mías señalaban lugares extraños de aquellas fotografías que mi mente no lograba comprender, eso precisamente hacía que el disfrutarlas fuera inentendible y bello. «Alrededor de aquí se exhiben instrumentos que flotan en el aire», dijo una mujer que avanzaba levitando frente a mis ojos. El hombre al que hablaba descansaba en una columna del salón, aunque no lo podía ver entendí quien era, entendí su posición y la manera de decir las cosas. «Violines, han de ser los del Cura Rojo. El haberlos visto es una señal, agradécelo.» Por supuesto no entendí el significado, ¿violines flotando?, a qué podría referirse, y por qué debía agradecerlo, a quién. Las respuestas deben buscarse, necesitan ser descubiertas, que la luz llegué de nuestras manos a ellas y que retorne portentosa; porqué, porqué nuestras manos, porqué nosotros. La luz que nos da los blancos, y la que nos da los negros, ¿es la de todo?, ¿la del resto?, ¿no es necesario entender el fenómeno para verlo? Mentes que se fugan en este mundo, mentes que van de un lugar a otro. «Qué es todo esto», me pregunté sin poder salir, y qué podía ser si no una representación figurativa de la muerte. La muerte que al final de todo es todo. No hay evolución ni desarrollo que obvie a la muerte, no se puede, y no se debe. Mentes que se fugan, mentes que se van. «¡Qué diablos buscan!», grité, pero todo era blanco, una especie tenue de luz que llegaba de todos lados. Luego el sol, la gente que se te queda viendo, y vos parado como un loco en medio de la plaza San Marcos con los pies hundidos en el agua que emana del suelo. </p>
<p> </p>
<p><strong>FUENTE DE LAS SIRENAS</strong></p>
<p style="TEXT-ALIGN: right"><strong>I</strong></p>
<p>Intempestivo, René se deshizo de la camisa a cuadros burlando la pequeña barda de hierro forjado que rodeaba la fuente. «Es tarde —le dijo la novia—, no puedes hacer eso, vas a atrapar una pulmonía.» René continuó embebido en su borrachera, una felicidad extraña le embrutecía. «Son las sirenas las que me llaman.» «Más te valdría atarte al mástil», le dijo ella soltando al viento de la madrugada una carcajada que se dispersó lentamente por la sombría plaza mayor. «René por favor, ya basta.» Pero su felicidad era el instinto atávico de una bestia prehistórica, y no pudo, por más que quiso, salirse con la suya. «Jamás —le dijo ella—, estás loco, yo no entro allí.» Fernanda era su novia desde hacía algunas horas, nada más; él ya sentía la solidez de las bases, la fuerza natural y profunda de las raíces entrelazadas.</p>
<p align="right"><strong>II</strong></p>
<p>Creyó escuchar el canto de las sirenas húmedas y enmohecidas. Los pechos terráqueos, como planetas divididos, lo perdían desde la estructura central en un mundo danzante de sonidos que no lograba entender. Fernanda no era una muchacha cualquiera, no en ese lugar: antigua ciudad de historias, de aristocracias hereditarias. «Te imaginas», le dijo él levantando los brazos, hundidos los pies en el frío escozor del agua. «Imaginarme qué.» «A tus antepasados caminando por este parque.» «Mira René, más vale que te salgas, si te escuchan los policías tendremos problemas.» René pensaba en otra cosa, y le dijo: «Fernanda de Porres, no te pasan, ni te pasaran por la mente los años que llevo atrás de ti.» «No.» «Son muchos. Es cierto, yo no vivía acá por el divorcio de mis padres, pero tengo ya toda la secundaria y ahora que estoy por terminar el diversificado, tú al fin te das cuenta, al fin me ves.» «Yo no te vi hoy, jamás te habría dicho que sí si no te conociera. Fuiste tú el que no se atrevía con el primer paso.» «Te amo hermosa aristócrata perdida», dijo sin escuchar, feliz de que todo les estuviera sucediendo escondidos entre cerros y volcanes, allí, en esa antigua ciudad, sobre el pequeño valle estrecho de sus antepasados. «René, ya basta, mis primos me han de estar buscando.» «En ese lugar enloquecido, lo dudo.» «Pues no lo dudes, llevan años yendo a esa disco, ¿sabes?» «Seguro.» Al dar el primer paso perdió un zapato. Giró sobre el pie descalzo. Cuando se agachaba sobre la mancha fungiforme de su calzado, un resbalón incontrolable le hizo dar con la cabeza en la orilla rugosa de la fuente. Fernanda se espantó al verlo hundirse sin remedio, y luego brotar la sangre, dispersarse igual a los sueños de niña que la sorprendían adormitada en el sopor de las meriendas. En el momento paralizado del club, recordó, cuando su padre le dijo desde afuera: «Salte hija, de prisa», insistiendo de cuclillas, con los brazos estirados, tratando de alcanzarla; ella se quedó absorta mirando el hilo imperceptible de rojo sanguíneo buscando la superficie del agua celeste, escapando de su primer período de mujer. Esa noche vio eso dentro de la fuente, cuando René se ahogaba. Entonces aparecieron dos policías y el hombre diminuto que jugaba con las cartas. Los dos primeros, sin preguntar, fueron por el muchacho. El otro hizo el truco de la frente sin que ella se diera cuenta. Entonces sucedió lo peor: el mago vagabundo sacó del bolsillo una bola acuosa de color cobrizo y empezó a frotarla. Fernanda, al darse cuenta, lo vio retadoramente. La bola empezó a flotar sobre las palmas sin líneas del hombre. «Qué hace» «Anoche estuve aquí, y esta bola de sangre me siguió luego de que un tipo cayera herido dentro de esa fuente.» «¿Qué tipo?» «Un tipo que era perseguido por el tiempo, y que al cruzar la barda cayó herido de muerte.» «Miente, anoche no murió nadie acá.» «Todas las noches son la misma noche, y anoche los justicieros de la familia real mataron a un tipo acá», dijo señalando hacía la fuente. Fernanda quiso decirle que ya no había familia real, que todo eso era de tiempos pasados.</p>
<p align="right"><strong>III</strong></p>
<p>Entre las miradas impávidas de las sirenas, los policías intentaban apoyar el cuerpo inerte sobre la rugosa orilla erosiva de la fuente. Cuando lo lograron, uno de ellos gritó: «Parece que no está muerto.» Fernanda se espantó al ver que los policías eran otros, con uniformes antiguos, de otro color, que las cachiporras tenían un tamaño desmedido y que el tipo de la bola había desaparecido. «Sí, está muerto», aseguró el otro agente.</p>
<p align="right"><strong>IV</strong></p>
<p>La camisa era otra. René lucía distinto, como algo antiguo. Sobre la barda de hierro forjado otra prenda más fina, junto a un chaleco de seda, era la evidencia de que aquella barrera había sido burlada.   </p>
<p> <em> </em></p>
<p align="right"><em>*Cuento ganador Certamen El Sitio 2008</em></p>
<p> </p>
<p><strong>ESTE DOMINGO CASI PIERDO LA RAZÓN (Paráfrasis de una paranomasia culterana)</strong></p>
<p>Este último domingo fue un día lluvioso y solitario. Yo estaba en casa de los abuelos de Rita, refugiado en algún rincón de la sala, con un sentimiento atronador de abandono igual al que queda luego de que el oleaje se va. Y sí, pudo haber sido la lluvia continua y fría, o el recuerdo del mar que en ocasiones como aquella llega acucioso y en silencio sin saber porqué, y yo me pongo triste sin ninguna razón y me da por encerrarme en mis pensamientos que de pronto se convierten en un valle de silencio y oscuridad. Llegué a la casa con un rotativo bajo el brazo y mi hijo en el otro. Dos horas después, cuando los niños abandonaron la sala, me descubrí en silencio con el periódico sobre la pierna derecha y la mano del reloj deteniéndolo como si hubiese sido un ave queriendo escapar. La espalda en ángulo recto descansaba en su totalidad sobre el respaldo, posición inusual para mi desgarbada forma de sentarme. Fue en ese momento donde desperté del letargo al que me había sometido la lluvia y todas esas cosas que llegan atrás de ella. Rita apareció y preguntó: «¿No quiere pasar?» «No —le dije—, quiero leer el periódico.» En silencio su mirada y toda ella me sonrieron, entonces dando media vuelta, dijo: «Que resaca, Dios mío», se rió de manera agradable y terminó por advertirme sobre la sorpresa que me esperaba al llegar al Acordeón, suplemento cultural que uno encuentra como una tregua en la parodia de esta vida en democracia que nos obligan a creer como cierta, lo peor de todo es que a veces sucede los domingos. Sin más avancé apresuradamente en busca del Acordeón. Vargas Llosa aparecía sobre un fondo verde con una mueca de dolor tan fingida como la de un mal actor. «Viejo —le dije—, si supieras la envidia que me das. Hubiese querido escribir “Los cachorros y los jefes”, y sé que me hubiera divertido más que tú. Después de eso, te puedes quedar con todo.»  Así fue como sin querer llegué hasta THE MORDER OF CRAZY JANE (poesía inédita de Rafael Gutiérrez) Me puse como loco, días antes el mismo Rafael me había comentado estos textos. Esperé a que pasara alguien, pero todos estaban sumergidos en la alegría familiar de los domingos. El bullicio de las pláticas cruzadas me lo confirmó. A causa de esto mi desesperación fue tal que terminé por inventar a un ser. Y como no se me dan esos menesteres creé al peor de los peores, que por desgracia en la realidad abundan en las calles. «Mira», le dije enseñándole la página donde el titulo aparecía enorme. Hizo una mueca de indiferencia y se largó por la  puerta de entrada. «Esto es una advertencia —me advertí—, si lo comentas no te pases de copas.» Y no es, precisamente, que seamos un país ignorante; es que somos un país de indiferentes. En la primera lectura llegué de manera repentina al final sin haber comprendido mucho, el ritmo es excepcional. Me detuve un instante. Tomé aire y empecé de nuevo:</p>
<p><em>Eso dijo Inés/ que pasó el lunes lamiendo el pez vela que amainó en su pubis a mitad del alba: La Loca Juana no cedió a sus cuchillos/ sino a las bramas que anidaban en la marea estruendosa de sus tetas. </em></p>
<p>Me detuve en la mitad, terminando por creer que me había vuelto loco. Restregué mis ojos cansados, quería mermar el ardor de no dormir nada, era como si la Loca Juana hubiese sido Rebeca, la niña que llevó la enfermedad del insomnio a Macondo.</p>
<p><em>(Lobo contra loba no da lobeznos. Se sabe. Medialunas contra mediosoles sí: logaritmos y ecuaciones. Nunca décimas ni redondillas. Levité en los 3 agujeros + negros y + feos por ignotos y bárbaricos: los de Juana de Arco, Juana de Asbaje y Juana la gongorina, vendedora desde Tebas al Mississipi, de frascos frescos para ebrios que con su baba se los beben, hacen gala de su gula y tretas de sus tratos). </em></p>
<p>Al final, con la noche negra y lluviosa, estuve por tropezar con mi destino. Tuve que contener la excitación para no levantarme y gritar a los cuatro vientos que yo era el asesino.</p>
<p><em>No atina no escatima la noche. Criatura mal nacida/ bebe del hocico de la muerte/ se chupa solita las arrugas de la desgracia. Oleaje va y viene acarreando billetes y todos contentos en la noche de los bares. (¿Eres tú hoy a quien machaqué los voraces peces ayer?). </em></p>
<p><em>El pino/ la rosa de los excesos/ el manojo de ajos como ojos/ el cubetazo de xilca/ la rocola rocolera/ el maximón de los desamparados.</em><br />
<em>El bar Amapola/ señores/ exige labios hasta agotar existencias/ </em><br />
<em>saluda y festeja al tigre que busca refugio  </em><br />
<em>en la ladera de un clítoris ígneo y despiadado.</em><br />
<em>Favor presentarse desnudo con el corazón enhiesto.</em></p>
<p>Puse el suplemento sobre mi pierna, la misma de antes, y eché la cabeza hacía atrás. Rita estaba recostada en el marco de la puerta que da al comedor. Me observaba de una manera conmovedora, quizá sintió lástima, entonces me dijo: «Parece como si hubiera perdido la razón.»</p>
<p> </p>
<p><strong>¿DE POLÍTICA? NO, DE ESO NO SÉ NADA</strong><strong> </strong></p>
<p style="TEXT-ALIGN: right"> <strong>I</strong><strong></strong></p>
<p>Dos minutos antes de la maniobra, como un presagio, un espanto repentino asomó mirando desde adentro de sus ojos trasnochados. Tomó conciencia.</p>
<p>—Sin miedo, Ocaña, es sólo un simulacro de rutina —le iba diciendo el capitán mientras lo conducía del brazo helado.</p>
<p>A su compañero ya le tenían de espaldas al paredón.</p>
<p align="right"><strong>II</strong><strong></strong></p>
<p>La noche anterior, detrás del edificio donde estaban las regaderas, dos reclutas fumaban tabaco oscuro en el jardín de begonias y rosas abandonadas. Ocaña sacudió el agua de su cuerpo con la mano del anillo marital, luego usó la toalla. Inclinó la mirada al ventanal en la parte superior: los reclutas ya no hablaban, respiró lento y profundo. Un hilo de humo asomó a sus fosas dilatadas como una ironía imperceptible. Dos gotas, una tras de la otra, llegaron persiguiéndose hasta estrellarse en sus facciones contraídas: «La primera —pensó —, anuncia la llegada y el daño de la segunda.» Envuelto en la pieza blanca fue por un cigarrillo, caminó descalzo hasta el corredor que formaban la fila de setos con la pared del edificio. Volvió a pensar: «La primera anuncia todo eso, pero no se da cuenta que hace tanto daño como la otra.» Estuvo por dar la vuelta, cuando los oyó murmurar. Detuvo la marcha. Giró sobre los talones, a punto estuvo de dar un taconazo. Retrocedió hasta la pared. Pegado dejó que el frío se regara desde el muro a toda la espalda. Los reclutas volvieron a decir algo, no escuchó con claridad. Inclinó el torso, «son varios», dijo el que miraba a las begonias. Él supo que los habían descubierto.</p>
<p align="right"><strong>III</strong><strong></strong></p>
<p>—A mí me trajeron a la fuerza, yo no quería venir aquí. Y a donde usted nos quiere enviar el día de descanso, allí vive gente que conozco desde toda la vida.</p>
<p>—Silencio, Ocaña —le interrumpió el capitán.</p>
<p>Pensaba en el miedo, en que después de todo aquello una ansiedad fóbica le impediría ver de frente el rostro de cualquiera. Ya no entendería el silencio largo que deja la lluvia, buscaría el espacio oscuro de las camas cuando los truenos anunciaran aguaceros. </p>
<p>—Simulacro, ¿de qué tipo?</p>
<p>—Tranquilo, Ocaña —le advirtió el capitán. Seguido de un largo silencio volvió a repetir:—Tranquilo —dijo y se detuvo. </p>
<p>Las palabras se le quedaron clavadas en la expresión del rostro, en las cicatrices toscas de sus manos. Luego, de súbito, continuó:</p>
<p>—De fusilamiento.</p>
<p>—¿De fusilamiento?</p>
<p>—Usted no se altere, todo está en regla.</p>
<p align="right"><strong>IV</strong><strong></strong></p>
<p>Uno de los sargentos le entregó un máuser que recibió mecánicamente con el mismo movimiento reglamentario de siempre. Se cuadró mientras a su compañero de cuadra lo colocaban en la línea pintada con cal frente al paredón. Entre las dos manos sintió que le temblaba el arma. «Pasar por las armas, así lo llaman», pensó con la mirada puesta en la mirada triste de su amigo. «Es un simulacro», movió los labios en silencio, como para que el otro entendiera, luego le entregaron una bala.</p>
<p>—Cárguelo —le ordenó el capitán.</p>
<p>En ese momento fijó la mirada en el máuser, era un arma burda. La bala no entró en la recámara.</p>
<p>—No le hace —dijo.</p>
<p>El capitán mandó al sargento que le había entregado la bala, cargara el máuser. </p>
<p>En el movimiento, Ocaña, perdió la secuencia de los pasos. El sargento había puesto en la recámara un fulminante, luego le entregó el arma. Ocaña reaccionó al recibir el máuser con un movimiento parecido al primero.</p>
<p>En voz alta ordenó el capitán:</p>
<p>—Posición. Apunte.</p>
<p>Ocaña hizo lo necesario para disparar desde el hombro. «Estoy mecanizado —pensó —, yo nunca quise estar aquí. Ahora soy otro igual.» Su compañero bajó la mirada, en el rostro algo delataba la turbidez que ya tenía invadida su alma, una mezcla de sudor frío y lágrimas se mezcló cerca de su boca, Ocaña no pudo verlo.</p>
<p>—Yo ni sé que es la política — dijo en voz baja, como un consuelo —, si quise hacer algo fue por mi familia.</p>
<p>—Hable fuerte, Ocaña.</p>
<p>—Digo que no sé por qué nos hace esto.</p>
<p>—Es un pinche simulacro, Ocaña. Aquí nadie se muere si yo no lo ordeno.</p>
<p align="right"><strong>V</strong><strong></strong></p>
<p>Ocaña consideró una descarga fuerte cerca del pecho, la locura de verse más allá del día de descanso como el asesino de su compañero, y el que cobardemente atacaría a su familia desarmada, lo fue llevando hasta aquel estado hipnótico donde desde afuera sintió llegar la locura de una fusilería. </p>
<p>—Fuego —gritó el capitán.</p>
<p>La explosión del arma lo desconcertó y en sus oídos el máuser reía a carcajadas. Enceguecido fijó la mirada en la mancha amarilla que ahora era su compañero. Poco a poco fue disipándose aquella luz que al fondo temblaba de pie. El capitán doblado de la risa mandó cargar de nuevo el arma. Esta vez Ocaña vio entre los dedos del sargento el reflejo del cascabillo contrastando con la protuberancia opaca del plomo en la ojiva. El sargento le arrebató el arma que aún estaba caliente, la cubrió con la misma técnica y la cargó. Ocaña la recibió con el mismo orden y exactitud en los movimientos.     </p>
<p>—Monte esa mierda, Ocaña —aún le brotaba la risa a carcajadas —. Apunte.</p>
<p>—Esta vez no, mi capitán. Ya se acabó el simulacro.</p>
<p>El temple de su voz erizó la espalda peluda del hombre que encabezaba la tropa.</p>
<p>—Las ordenes aquí las da su capitán. Apunte.</p>
<p>Ocaña fue subiendo lento, como si le pesara el máuser, como si ya llevara dentro la muerte de su amigo. Apuntando desde el hombro abrió un poco más las piernas.</p>
<p>—La última, Ocaña, y nos vamos. Dispare de una buena vez&#8230; Que dispare, qué chingados, Ocaña.</p>
<p>—Ya no, mi capitán.</p>
<p>El capitán giró la cabeza paralela a un círculo imaginario a dos palmos de su frente. El manto oscuro de la impaciencia comenzaba por cubrir su alegría.</p>
<p>—Ocaña, al paredón —ordenó.</p>
<p>El sargento no pudo moverse, sintió que aquella disputa era entre esos dos hombres donde se sintió atrapado. Retrocedió, dos pasos, esperando una orden, pero el capitán no habló. Ocaña permanecía con temple en la misma posición. </p>
<p>—Voy a disparar —dijo.</p>
<p>—Así me gusta —celebró el capitán, levantando las manos y la mirada hacía el cielo.</p>
<p> Luego dejó que el tirador se acomodara, no quiso distraerlo, la orden de matar a cualquiera para después incriminar a Ocaña, estaba por cumplirse. Las rodillas blancas de su compañero habían desbaratado la rectitud de la línea encalada: las dos veces le dejaron caer una cubeta rebosante con agua de pozo, las dos veces se levantó llorando. Ocaña lo vio al fondo dentro de un charco oscuro, y creyó que el hombre se había orinado. La rabia le fue subiendo al pecho, se le fue a enquistar en las manos, en toda la largura de los dedos ardorosos de cólera. Sobre su cintura el conjunto de tronco y máuser giró repentino y exacto. El capitán vio salir un trueno largo desde adentro de aquellos ojos trasnochados.</p>
<p> </p>
<p>—Es el loquito ese, el de la celda 18 —dijo uno señalándolo con el dedo incompleto.</p>
<p>—¿El de la 18?</p>
<p>—Sí, mañana se lo vuelan. Crimen político, dicen.</p>
<p>—Ah&#8230; ¿es de los rebeldes?</p>
<p>—Ajá, fue él quien mató a mi capitán Gutiérrez de un tiro justito aquí, entre los dos ojos.</p>
<p> </p>
<p align="right"><em>* Cuento ganador Certamen Myrna Mack 2006</em><em></em></p>
<p> </p>
<p><strong>EL FISCO Y YO                                                                                                 </strong><strong></strong></p>
<p>En estos días de vacaciones me he levantado antes que todos, ni siquiera hay aves en el patio, sólo ese viento frío que se cuela por todas partes. Debo meter una montaña enorme de facturas, el fisco me quiere estrujar y yo no pienso dejarme. Es una cosa de tirarse el pelo, de tirarse las palabras, de adelantar el carro a toda marcha para que no se meta el otro, de robarse la plata, de aplastarse los sueños, es una cosa de morirse o matar; es un país de locos éste, o sería más acertado decir de enfermos porque los locos son maravillosos, siempre en su mundo, siempre paralelos.</p>
<p>Es mentira que se ha acabado la guerra; simple, le hemos dado otras perspectivas.</p>
<p>Debo ordenar primero, por proveedor, y luego de ingresadas por fechas. El fisco me va a atacar, quiere robarme mi dinero y yo no me pienso dejar. Afuera hay una buganvilia loca que se mueve más que todas, que esperanzador es saber, y aún más, darse cuenta que cerca de nosotros existen los locos. Coexistencia, no concomitancia.</p>
<p>Yo quiero que esto cambie, el vecino también. Asomo a la ventana, corro la misma cortina gastada de siempre, y siempre que lo hago me topó con la misma casa despintada de enfrente. No hay flores en el jardín, hay monte y basura que ha volado de alguna parte. Yo quiero que esto cambie, y sueño lo mismo que mi vecino ha de soñar. Deberíamos platicarlo, pero lo veo sólo algunas veces cuando los dos coincidimos en nuestras ventanas. Es que afuera hace frío y esta ropa de mierda ya se me cae de tan vieja, por eso no salgo. Quizá por eso no sale él. En un rato él se irá a trabajar, yo debo regresar al computador y meter ese mundo de facturas. Si abro el frasco saldrán como los papeles de colores liberados que forman un tumulto al escapar de la caja de sorpresas. Que hermosa la fiesta, que alegría tan mañanera ésta de sentarme al computador y meter facturas, facturitas, facturitititas, es una carrera que debemos hacer entre el frío de la mañana y la agonía del no llegar. El fisco me quiere ahorcar y con estas facturas que parecen migajas no llego.</p>
<p>El sistema es un cadalso inevitable; por eso, o haces trampa, o te mueres. Cosa maravillosa en este país de enfermos. Me siento orgulloso de mi zorrería cuando engaño al fisco, lo mismo ha de sentir él cuando me quita mi dinero. Y es que él al igual que yo tiene muchas inversiones, necesidades mal nacidas. A mí botella yo la mido con esta mano, él ha de medir la suya con las nubes o los volcanes, la verga del burro, la recta de allá.</p>
<p>Va mermando el frío, la montaña decrece, el número en el computador parece el mismo. El fisco me quiere fregar y yo no pienso dejarme. Viene la navidad, qué lindo saber que todo está en nuestros corazones. </p>
<p> </p>
<p><strong>EL PARADIGMA DEL HOMBRE QUE POR USAR UN TRAJE DE FRAC, PERDIÓ UNA FORTUNA</strong></p>
<p>Esa tarde viajó en el autobús con el traje y un sombrero de copa que llevaba sobre el regazo. De reojo pudo leer en el rotativo del vecino que alguien ofrecía una recompensa sustanciosa a quien informara sobre una edición de 1865 del libro “Alicia en el país de las maravillas”. Los demás, con sus miradas, fueron alimentando en él algo que le hacía sentir falsamente bien. Entonces se levantó con aire de petulancia, ordenando la parada sin usar el timbre. El traje y el sombrero, se daría cuenta esa misma noche, le embrutecían, era como si le obligaran a ver las cosas de una manera distinta, irreal e incongruente. Al cruzar para tomar la calle donde vivía, se pegó a la pared para enderezar la postura, cerciorándose de que nadie lo viera. Adelante, junto a un árbol, una bolsa con libros llamó su atención. «Alguien la abandonó», pensó. Y pensó también detenerse y hurgarla. Aunque sus ínfulas de elegancia no le permitieron dejarse ir de cara y buscar desbocadamente. Por el contrario, se acercó con cautela deteniéndose a cada paso, de tal manera que en su reloj de bolsillo la minutera pasó por el mismo punto varias veces hasta que terminó frente al árbol. Con la punta del zapato muy bien lustrado movió los libros de arriba. Del otro lado asomó un grupo de estudiantes que venía haciendo relajo. Eso lo puso nervioso, y sin querer hizo que la bolsa cayera. Exaltado dio un salto hacía atrás. Frente a sus pies quedó una edición de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”. Por su mente estrafalaria pasaron muchas cosas. Para cuando intentó agacharse, los muchachos le insultaron. Uno de ellos dijo que el tipo era pura pantomima, pues era dependiente en la tienda de trajes. Entonces el traje y el sombrero le obligaron a levantarse y ver a los muchachos de frente. Ellos quedaron en silencio. Pateó los libros y se largó con la presunción excesiva de su superioridad.</p>
<p>Al desaparecer, los muchachos juguetearon con los libros imitando la tonta actitud del hombre. Uno de ellos levantó el libro, que en la parte inferior de su portada decía: Primera edición, 1865.</p>
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		<title>tantea el camino y verás que en sus vértebras se esconde el silente y potente fulgor de uno y mil manifiestos</title>
		<link>http://www.teprometoanarquia.com/2010/10/19/tantea-el-camino-y-veras-que-en-sus-vertebras-se-esconde-el-silente-y-potente-fulgor-de-uno-y-mil-manifiestos/</link>
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		<pubDate>Tue, 19 Oct 2010 22:15:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Necesita plagarse de olores y sabores. De sensaciones y flujos. Esta urbe inconforme que se compone de arterias y venidas. De sentimientos en construcción permanente algunos y en ruinas otros.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-785  aligncenter" title="alexis herrera" src="http://www.teprometoanarquia.com/wp-content/uploads/2010/10/alexis-herrera-226x300.jpg" alt="alexis herrera" width="226" height="300" /></p>
<p style="text-align: center;"> <strong><a href="http://www.youtube.com/alexisHalquijay">[ALEXIS HERRERA ALQUIJAY]</a></strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p><strong>SOBRE NUESTRA CIUDAD INCONFORME</strong></p>
<p>Necesita plagarse de olores y sabores. De sensaciones y flujos. Esta urbe inconforme que se compone de arterias y venidas. De sentimientos en construcción permanente algunos y en ruinas otros. Un museo lleno de bilis. Una pintura que sangra. Escritos llenos de mierda. Canciones viscerales. Acá todo es naturaleza muerta. En oposición la única naturaleza aceptable es la tuya. Muerta como viva. Seducción cuerpo urbano y ruralmente. Como para emboscarte, si no es que me emboscan antes. En estas condiciones mejor metrópoli no puedo darte. Porque es la única que tengo. Laberintos insospechables. Callejones sin salida. Nadie conoce esta ciudad. Cambio constante. Inconformidad perenne. Felicidad taciturna. Odio explicito. Ciudad de contradicción. Ciudad azotada por mi ausencia. Hace décadas que vengo desapareciendo. Tengo un triángulo lleno de verdades desnudas. Erijo la resistencia a lo políticamente correcto. Me rebelo ante la inconsistencia. Soy consecuente con mis deseos. No me escondo. Únicamente en caso de defensa propia. Desenvaino. Desenfundo. Desespero. Desarmónico. Disonante. No viajo con la marea. Mareo. Doy asco. Doy ganas de vomitar. Golpeo y me golpean, pero me gustan más los puños o dedos que me lastiman a las heridas o dolores infringidos en mi contra. Lastimo porque no tengo otra forma de afectar totalmente una mente intacta. Lastimo con las palabras. Lastimo con mis quejas. Lastimo con la inevitable caricia de mis besos y abrazos. La estima que le tengo a los demás es la misma que ejerzo en mí. Las palabras son una vorágine inentendible. Ilegible. Entonces solo dibujo. Despierto en este amanecer urbano. En este delirio que llamo cárcel. Que arde como infierno. Manos que queman. Mirada que hostiga. Penetración total. Desde los poros hasta el cáliz entrepiernas. Brazos lamidos y axilas relamidas. Besos que se dan. Y otros que esperarán. Como esperma que espera la próxima eyaculación. Como próximo entierro. Como natural resurrección de lo que nunca será eterno. Porque la inmortalidad solamente se alcanza en cada grito o ronroneo que excita y agita ventrículos que antes parecían muertos. Muertos socavados por el miedo. Y que en medio del miedo por fin atrofien lo que queda de nuestros contradictorios, deseables, arriesgados y ensimismados cuerpos. Entrelazados como alambre de amarre, como valla de seguridad, como alambre espigado, junto, pero violento, junto pero seguro de sí mismos y de cualquier intromisión posible a este nosotros corporal. Así como tan citadino y bayunco el mío, como tan natural y machetero el tuyo.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE ESCOGER</strong></p>
<p>Abrazos no se aceptan por rutina. Besos no quiero por costumbre. Sueños sin realizar no se permiten. Decisiones sin consulta, ¡nunca! No mentiría para creerte, no mentiría para interesarte, no mentiría para tenerte, no mentiría para acercarme. No. La verdad no es encontronazo, es solamente eso. Verdad. Las palabras exageradas y sin sentido no van. Me río de mí. Me río contigo. Me río de todos. Por vivir. Sincretismo de creencias. Amalgama de gustos. Escojo lo que quiero.</p>
<p><strong></strong> </p>
<p><strong>SOBRE ABRIR</strong></p>
<p>Tomar la iniciativa. Mirar de cerca. Besar. Hacerlo sin hacerlo y finalmente hacerlo. Fue decisión no error. Fue camino no piedra. Camino entre sombras.  Deseos intrínsecos. Abrir la puerta para cerrarla, da miedo. A quién no. Abrir las ventanas no solo para ver afuera o para que entre el viento y te despeine. Abrir las ventanas&#8230;.por abrirlas sin esperar. Abrir puertas. Ventanas. El baño. El techo. La cama. El piso. El alma. Algo así como decir&#8230; esperar con los brazos abiertos&#8230;. sabiendo que nunca se espera realmente. Ya vino. No se ha ido. Se fue lo que tuvo que irse y vendrá lo que venga&#8230;  con su carácter destructivo de renacer&#8230; rehacer&#8230; recrear&#8230; re..  fa&#8230; mi&#8230; tu&#8230; sol.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA CONFIANZA</strong></p>
<p>Eran las tres de la mañana y por fin logré quedarme dormido. Con la puerta abierta. Pude confiar. A la mañana siguiente logré despertarme sin exaltarme. Me pude sentar hasta atrás en el bus. No sentí detenerme para medir. Al entrar al café sin darme cuenta me senté de espaldas a la puerta. De espaldas a la ventana. Absorto en la confianza pude disfrutar una taza de café sin pensar en el vicio final&#8230;  es decir juicio.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA ESPERA</strong></p>
<p>Aburrida espera. Esperen. No deje de leer esto. Por lo menos usted llego hasta acá. No deje de leer esto. Si deja de leer. Acá esta la espera. Yo aquí espero. Mientras vuelva seré espera. Espere. Espero que vuelva. No vuelva esperando. Espere volver. Para poder esperar necesita irse uno. Dos. Tres. Las veces que sea. Para poder regresar. No hay que voltear solo para ver. Hay que voltear esperando que se revuelva todo. O se revuelque o se retuerza o se resuelva. Pero si nunca se fue. Se es entonces más de uno. O por lo menos uno mismo. Espere lo que espere, no espere nada de mí. Sólo de su. De si. De uno se desespera. Se desespera uno. Verdad. A medias. A completas. Talvez. No sé. Espere.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA EDUCACIÓN VIAL</strong></p>
<p>Continúe. No vire. No cruce. Siga de largo. No pida vía. No ceda el paso. No se detenga en rojo. No vea por el retrovisor. Nadie le detendrá. En pendiente nunca frene con motor. En subida vaya lo más despacio. No respete ninguna ley. No se deje llevar por todas esas normas absurdas que sólo le han permitido ser tan calculador. Tan controlador. No sea responsable. Déjese llevar. Lo más que puede pasar es una inevitable caída. Dolorosa. Riesgos los hay. Ventajas no lo sé. Nunca crea todo lo que digan. Sólo puede quedarse entrampado en un solo lugar, a veces el muro revienta sin que usted sepa y puede pasar. Pero si se detiene, voltee a ver, ceda el paso y pida vía, cuando pase en verde, vea por el retrovisor nadie le detendré, cayendo en la pendiente frene con motor, total abajo tiene que llegar. En subida acelere, pero igual llegará hasta arriba. Si respeta la ley. No se deje llevar. Calcule, mida, controle. Sea absolutamente responsable. De todos modos lo único que puede pasar es una inevitable caída. Dolorosa. Riesgos los hay. Ventajas no lo sé. Nunca crea todo lo que digan. Puede quedarse entrampado en un solo lugar, porque a veces el muro se revienta sin que usted sepa y puede pasar&#8230;  y si pasa… que pase lo que tiene que pasar.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE EL PRE Y EL POST</strong></p>
<p>Invitación para hacerlo. Se complacía. Te complacía. Hacer saber lo poco indispensable que somos. Se supo lo contrario. Frente a frente. En la cama. En el sofá. En la alfombra. En la mesa. En el baño. En el piso. En el corredor. Nadie se fue. Solo siguieron recorriendo. Corriendo. Sin competencias. Sólo les competía estar. Sin necesitar. Sin dejar de ser. Escupimos por la lejanía. Aborrecemos la cercanía. Entonces medio oriente. Medianía. Medio cerca o medio lejos. Puro intermedio. Pre. Post. También. Se han acabado. Vos estás acabada. Yo estoy acabado.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE UN SABELOTODO</strong></p>
<p>El sentimiento más radical ―decía el― es la indiferencia. Construía todo su día alrededor de garantizar quedar en el recuerdo de ella. De que pensara en él. Ella no contestaba a sus llamadas, no lo miraba de reojo, no recordaba su olor. Casualmente se lo encontraba, por momentos reía con algo que pasó en medio del diario vivir. Él trabajaba afanosamente en que ella sintiera su radicalismo. Solamente siendo consecuente consigo mismo podría encontrar la paz. No estaría tranquilo hasta saber que su tiempo se convertía en necesidad de ella. Ella dormía tranquila. Se bañaba acariciándose porque su autoestima se lo pedía. Desayunaba sola. Disfrutando la compañía de su rutina. Por momentos pensaba en encontrarse casualmente con alguien y pasar un buen rato. Él se dormía pensando en su táctica y estrategia. Ella se despertaba con la sensación de que ¡sí, sería un buen día! Él finalmente se despertaba con la ansiedad de no saber nada de ella, de no tener noticias, de no leer sus correos, de no escuchar su voz. El sentimiento más radical ―decía el― es la indiferencia. Ella dormía tranquila.</p>
<p> </p>
<p><strong>SOBRE LA MIGRACIÓN</strong></p>
<p> Boleto sin aduana, sin chequeos, sin trámites, sin pena, sin culpa. Llego a donde voy, soy de donde estoy, viajo con limitado equipaje. Llego en punto exacto de mi llegada, preciso de mi partida. Para salir, sólo sé irme. Dejo todo, me olvido de mí, para no repetirme, para no arrepentirme. Sin compra de boleto salgo. Sin culpa. Sin pena. Sin trámites. Sin chequeos. Sin aduanas.</p>
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		<title>cuatro caminos domésticos de la existencia atisbados desde el inicio de una medular imploración terrena</title>
		<link>http://www.teprometoanarquia.com/2008/07/07/cuatro-caminos-domesticos-de-la-existencia-atisbados-desde-el-inicio-de-una-medular-imploracion-terrena/</link>
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		<pubDate>Mon, 07 Jul 2008 08:38:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
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		<description><![CDATA[Amanda dejó el camino y se dirigió entre los árboles por un pequeño sendero. No era la primera vez que lo hacía. Conocía los alrededores de la aldea tan bien como sus padres o sus abuelos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://3.bp.blogspot.com/_ioOoEfHu1Gk/SHHWspSZ8DI/AAAAAAAAA30/NAUt7t6xuRM/s1600-h/dios.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5220189505584754738" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" src="http://3.bp.blogspot.com/_ioOoEfHu1Gk/SHHWspSZ8DI/AAAAAAAAA30/NAUt7t6xuRM/s320/dios.jpg" border="0" alt="" /></a></p>
<div><strong><span style="color:#3333ff;"> </span></strong><strong><span style="color:#3333ff;"> </span></strong></div>
<p style="text-align: left;">
<div style="text-align: center;"><strong><span style="color: #000000;"><a href="http://www.cementeriocercano.blogspot.com/">[EDGAR QUISQUINAY]</a></span></strong></div>
<div style="text-align: center;"><strong><span style="color: #000000;"> </span></strong></div>
<div><strong><span style="color:#3333ff;"> </span></strong></div>
<div><span style="color:#3333ff;"></span></div>
<p> </p>
<p><span style="color:#3333ff;"></p>
<p style="text-align: left;"><strong><span style="color: #000000;">PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO</span></strong></p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #000000;">Amanda dejó el camino y se dirigió entre los árboles por un pequeño sendero. No era la primera vez que lo hacía. Conocía los alrededores de la aldea tan bien como sus padres o sus abuelos. El constante ir y venir, hacia el pueblo y desde él, por años y años le daban una autoridad que tal vez sólo ella reconocía en sí misma. Hay cosas que pueden llegar a no importar. Pero, para Amanda, acortar distancias por senderos entre árboles o en barrancas y ríos, por alambrados o cercos de piedra, era un orgullo y un secreto. Hacer el camino sola, desde pequeña, fue primero una obligación debido al estado de salud de su padres y luego a su insistencia por asistir a la escuela. Los otros niños debían obedecer los caminos que serpenteaban por las faldas de los cerros atravesando aldeas y caseríos, montañas, sembrados. A ellos no les estaba permitido, yendo de la mano de mamá o papá, aventurarse por la oscuridad del monte o en la semiluz de la barranca. Amanda, en cambio, inventó caminos y descubrió las posibilidades que tenía el no seguir las rutas de siempre, descubrió las posibilidades de no cumplir la regla. Nunca se lo dijo a sus padres y en la aldea se asombraban de esa capacidad que tenía de salir última y llegar primera a cualquier lugar. Se entretenía en el pozo por las mañanas, tiraba piedras dentro de él y se hacía la desentendida esperando que ya nadie tomara el camino, que ya todos hubieran salido y que sus siluetas se desdibujaran en lo alto de la colina, así lograría que no la vieran robar tiempo cruzando el potrero grande hasta la primera curva del camino, luego deslizarse por un socavón de agua de lluvia hasta el lecho de un arroyo seco y salir entre charrales a un caminito en desuso hecho por leñadores, de allí subir jadeando la colina hasta detrás del pueblo, evitando con eso que la vieran llegar y sonreírse por otro día y otra burla completada.<br />
Pero cada día inventó algo nuevo. Sabía observar su alrededor y muchas veces se guió por los pasos de los animales para que sus rutas se completaran y orientaran o por el sonido del agua que bajaba por los desagües hasta el río porque sabía que su aldea se encontraba río abajo.<br />
Pero esta vez no intentaba llegar a casa rápido o inventar una ruta nueva. Lo que quería era encontrar un lugar entre los árboles para llorar a gusto. Sabía que ya no era una niña y que sus padres faltaban. Conocía la muerte de cerca y la soledad en carne propia. Debía llorar escondida, que nadie viera cómo una mujercita fuerte dejaba que su cuerpo se cimbrara por el llanto. No lloró la muerte de sus padres, ni la de su hermanito, no lloró al pueblo encendido en llamas en un atardecer de balas y gritos. Amanda explotó esta vez por otras miles razones. Sentía que no debía sus lágrimas a los que a su alrededor se encontraban: no eran los suyos, eran esa otra gente que repobló el lugar años después. Gente sin nostalgias, gente con rostros esperanzados que veían tierra nueva y caminos para caminar con todas sus ansias a cuestas. Amanda pensó en rezar y pedir por el descanso de todas las almas que se perdían entre las risas nuevas, Amanda rezó para que alguien más recorriera sus caminos secretos. Se dio cuenta que todos tenemos secretos y que esta inútil existencia tan sólo sirve para tratar de ser únicos. Amanda rezó fuerte: “santificado sea tu nombre&#8230;” Sus manos describieron una curva lenta hacia el cielo que se oscurecía y súbitamente bajaron hasta su pecho. El destello de la hoja del machete fue tenue pero delator. Una queja sorda, una mancha roja más sobre el rojo güipil y la puerta abierta, como abiertos ojos, para muchos y más caminos por recorrer.</span></p>
<p> </p>
<p></span></p>
<p style="text-align: left;"><strong>HÁGASE TU VOLUNTAD EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO<br />
</strong><br />
—Decídase ―dijo Rubén dirigiendo su mirada al suelo. A pesar del tono altanero era notorio que aún le temía a la mirada de Claudia. —Decídase de una vez, si lo sigue pensando se nos va a hacer tarde a los dos. Si usted no se decide ahora, me voy y la dejo con el problema a usted solita.<br />
Claudia dibujaba en su rostro una mueca parecida a una sonrisa. Le divertía grandemente que alguien como Rubén le diera órdenes. Más aun pensando en eso a lo que él se refería. No podía tomar la decisión ya. No era cuestión de que la apurara para que su mente se aclarara.<br />
—Pues va a tener que irse y dejarme el problema a mí solita —dijo Claudia tomando a Rubén por el hombro—, por ahora no puedo decir nada y el de la prisa es usted no yo. A mÍ no me afecta esperar un par de días más.<br />
Rubén estaba a punto de explotar, quería zarandearla, tomarla del cabello y sacudirla a bofetadas. Su desesperación llegó al máximo al sentir esa mano en su hombro, nadie se atrevía a tocarlo, todos le tenían miedo o respeto y lo que él decía siempre era una ley.<br />
Pero ahora de nada le valía desesperar. Claudia tenía fama de terca y él se acercó con el afán de ayudar, si quería irse contra la razón pues cosa suya, él no iba a evitarle las consecuencias.<br />
—Haga como quiera entonces —murmuró, sudaba copiosamente y sentía que las sienes le reventarían en cualquier momento—, no más no vaya a decir después que no quise ayudar.<br />
—No tenga pena —respondió Claudia iluminando la habitación con su sonrisa—, ya miraré yo como salgo de esto. Váyase con cuidado.<br />
—Usted también —dijo Rubén sin pensar, dio la vuelta en redondo y salió de la habitación.<br />
Cruzaba el patio hacia la puerta que daba a la calle cuando cayó en la cuenta que olvidaba su sombrero, giró sobre sus talones y regresó a la habitación. Tocó suavemente con los nudillos en el marco de la puerta y dijo casi susurrando:<br />
—Claudia, olvidé mi sombrero, me lo alcanza por favor.<br />
No hubo respuesta, volvió a tocar un poco más fuerte por si ella no había oído pero desistió al recordar que era un cuarto pequeño y que sólo la penumbra daba la sensación de que fuera más grande. Ella debía estar dentro a no más de tres metros o había salido justo detrás de él a otro de los cuartos de la vecindad, pero él no recordaba ningún ruido a su espalda o no pudo escucharlo por rumiar su rabia. Un pudor mezclado con miedo le impedía entrar a la habitación así que decidió dar por perdido el sombrero antes que volver a enfrentar a la fiera esa. De nuevo dio vuelta y se dirigió por la vereda del patio hacia la puerta. Una voz lo detuvo. Un niño pequeño le gritó que olvidaba su sombrero.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>PERDONA NUESTRAS OFENSAS ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN<br />
</strong><br />
Mario no salía de su casa para nada desde el incidente con Paco. Prefería hacerlo todo desde allí. El teléfono se convirtió en su mejor aliado y las visitas de Adela lo reconfortaban mucho. Pero todo cambió el 15 de abril de ese año. La noticia le llegó rápido, busco su revólver entre el canasto de la ropa sucia, lo cargó y se llevó una caja de balas. Se puso la chamarra negra, los lentes oscuros y salió a la luz después de casi dos años de reclusión.<br />
Sabía que el revólver era una exageración, que los amigos de Paco ni siquiera lo reconocerían. Algunos, incluso, lo daban por muerto. Los pasos que daba en la acera los sentía elásticos, rebotaba de baldosa en baldosa, llego al extremo de reír de la sensación. Mucha gente se cruzó en su camino pero nadie lo detuvo. Su presencia en las calle era irreal.<br />
—¡Alejandro! —aúllo Mario al llegar a la casa del nombrado.<br />
—¿Quién lo busca? —contestó una voz femenina desde adentro.<br />
—¡Dile que Mario está aquí!<br />
Hubo silencio. La cabeza de Alejandro asomó por la ventana del segundo nivel. Sus ojillos brillaron y con las manos hizo una seña para que esperara. Un momento después se abría la puerta y Alejandro puteaba y reía al ver a Mario otra vez dueño de su voluntad de andar por las calles.<br />
—Lo que haya pasado allá adentro no me lo contó nadie. Asumo que intercambiaron anécdotas sobres sus vidas, se tomaron unas cervezas y luego maquinaron planes hasta que uno les gustó —en el barcito resonaba la voz de Coca, contando las cosas tal y cual si las hubiera vivido. Iba a continuar cuando fue interrumpido por Daniel, que era quien había empezado el relato:<br />
—Salieron de la casa cargando dos bolsas de lona de esas de los reclutas del ejército gringo, como la que lleva sobre el hombro Elvis cuando hicieron el show ese de que se enlistaba en el ejército para ir a la guerra. Pero bueno, ese tipo de bolsas. Bajaron por la calle Cuestas y doblaron al oeste para llegar al portón. Nadie los detuvo y todavía tuvieron tiempo de sentarse en la grama a tomar otro par de cervezas. Pero recordaron a lo que iban y ya no se entretuvieron con nada más. Sus pasos los conducían hasta Paco. Allí fue donde Alejandro dudó un poco, pero Mario dijo: “No me voy hasta que me disculpe con él”. De las bolsas sacaron la herramienta y se dirigieron hasta Paco. Sacaron y abrieron el ataúd. Mario se abrazó al cuerpo y le pidió perdón.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>NO NOS DEJES CAER EN TENTACIÓN<br />
</strong><br />
Era un deseo sincero aquel de quedarse bajo las sábanas, pero tambaleó al sentir el cuerpo de ella escurrirse desde su lado hasta el baño. Abrió los ojos y se enfrentó a las luces tenues que las cortinas de las ventanas colaban, delatando el naciente día. Apretó los párpados y se negó a hacer movimiento alguno. Resintió en su espalda la falta del calor que ella producía. Así, también, resistía a caer en el juego de planear, poner en agenda, pensar. Cualquier movimiento ajeno al de la respiración era retenido, los oídos trabajaban lo menos posible pero no podían negarse al sonido del agua cayendo desde la regadera. Imaginó el cuerpo desnudo de ella entrando poco a poco bajo la cascada de la ducha, un pie primero, el otro despacio, la cabeza, la cabellera corta e hirsuta, el rostro, el pecho, el vientre, el sexo, los muslos. Un estremecimiento recorrió su cuerpo yaciente. Eso produjo también algo de enojo. Debía negarse, dejar que los oídos se fueran apagando así como sus ojos estaban apagados, como su tacto, inútil, por tener como referencia tan sólo su propio cuerpo. La almohada empezó a calentarse y humedecerse a la altura de su cuello, su espalda era el cielo de un charquito de sudor incomodo y pegajoso. Todo confabulaba para hacerlo abandonar su propósito sedentario y perezoso. El grifo de la ducha chirrió y anunció el final del rito diario de ella. Ahora tendría que secarse, segunda parte del ritual, y es seguro que lo hará acá en el cuarto, mojará todo el piso, manchará las baldosas, las sábanas tendrán la marca del goteo de su cabello y de sus nalgas húmedas. Se vestirá sin mirarse al espejo: le tiene miedo. Se vestirá despacio. Canturreará la melodía que escuchó anoche en el ensayo de la banda y eso será la estocada final. Me veré obligado a recordarlo todo y rehacer cada canción desde el silencio de mi horizontalidad. Su mano recorre mi pecho y escucho su risa y muchos apelativos dichos por su voz: zonzito, haragán&#8230; no te hagas el dormido. Ahora mi pecho y mi rostro también están húmedos por culpa de su mano, de su corto cabello. Pero no se moverá. Está decidido, nada lo moverá de allí. Ella se acerca a la ventana y corre de golpe las cortinas. Sientes la luz en el rostro y frunces más los ojos. Ella ríe de tu gesto y enumera todo lo que hará hoy, todo lo que planea, todo lo que tiene en agenda, te recuerda que Carlos te espera en su oficina y que por la tarde habrá reunión en lo de Ana y en la noche la cena de despedida de Rosario y Camilo. Querrías que todo hubiera pasado ya, que ella no asumiera que la escuchas, que entendiera que no necesitas recordatorios, que todo lo sabes bien: nada olvidas, nada pasas por alto. Pero todo confabula contra tu propósito de hoy, tu no querer estar, tu halagar y mimar el cansancio. Abres la imaginaria puerta hacia el sueño profundo pero recibes el revés de la luz, recibes la cándida súplica de ella para que te levantes de una vez, tus ojos responden lágrimas en su cerrada condición. Tus ojos hablan por ti pidiendo que te dejen en paz, el cielo sabrá estar allí, claro u oscuro, cuando decidas levantar la cabeza de la almohada. Adivinas el trajín de la calle, sientes que cada cosa tiene su movido lugar en la rutina diaria.<br />
Adiós, dice su voz. Te besa en la frente como si besara a un cadáver. Esa simpleza te cimbra completamente, te vuelve piedra. Luchas por mover tu cuerpo de su estado cataléptico. Logras incorporarte hasta sentarte, pero tus ojos siguen cerrados. Ahora hay que concentrarse en pensar algo bueno para que tus ojos dejen de llorar y se abran. Te pones de pie, te vistes, no te bañas, bajas hasta el garaje y sigues tu camino hasta el trabajo conduciendo tu automóvil con los ojos cerrados y llorosos.</p>
<p style="text-align: left;"> </p>
]]></content:encoded>
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		<title>avistando al ente que se anula entre la multitud como urbanita-cero que sí cuenta</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Mar 2008 13:03:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rafael romero</dc:creator>
				<category><![CDATA[1973]]></category>
		<category><![CDATA[Guatemala Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[Se acerca, me mira con los ojos verdes grandotes como un gatita en brama y me coge de la mano para que la lleve a una pensión.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://4.bp.blogspot.com/_ioOoEfHu1Gk/R9KO9ROCRuI/AAAAAAAAAvk/Oueb7dEMcwU/s1600-h/sergio1.jpg"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5175356105047557858" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" src="http://4.bp.blogspot.com/_ioOoEfHu1Gk/R9KO9ROCRuI/AAAAAAAAAvk/Oueb7dEMcwU/s320/sergio1.jpg" border="0" alt="" /></a></p>
<div><span style="color:#3366ff;"><span style="color:#3333ff;"></span></span></div>
<blockquote>
<p align="center"><span style="color: #000000;"><strong>[SERGIO ESPADA] </strong></span></p>
</blockquote>
<p><strong> </strong></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Algo común</p>
<p></strong></span><span style="font-size: 85%;"><span style="color: #000000;"><em>La propina incluirá todos<br />
los servicios:<br />
Ron, merengue<br />
y un implícito<br />
alquiler de tu vacío.<br />
</em>“Cabaret”, Luis Fernando Alejos<br />
</span></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Se acerca, me mira con los ojos verdes grandotes como un gatita en brama y me coge de la mano para que la lleve a una pensión. Ebrio y descuidado la beso varias veces untándola de guaro con saliva y restos de boquitas; le lleno el calzón de pisto, billetes de cincuenta, veinte y diez, ella sólo ríe. Por un momento su dulce perfume me causa náusea y regurgito un poco de comida, ella me tranquiliza y me pregunta si debe seguir, mientras se limpia el vómito del hombro, yo afirmo con la cabeza pesada y sin decir palabras me tiendo en la cama de la habitación que alquilamos. Ella me desnuda, no tiene asco y solo lame por donde quiere y sabe que excita. Pasan unos momentos, ella hace varias cosas que nunca recordaré. Al amanecer sufre una mutación y recupero algo de sobriedad, la veo horrible, espero no haberme cogido a un travesti, la veo bien y lo constato tocándole la vagina y un pechito. Me siento aliviado de seguir siendo machito y de que no me pegaran el sida; sigo durmiendo un poco más mientras ella se marcha. Entrada la mañana decido abandonar el lugar, hago cuentas que ayer me pagaron una semana de trabajo en la obra de construcción: eran mil quetzales, ahora sólo tengo cinco; me siento mal de no haberla invitado aunque sea a un traguito para quitarnos la cruda. Voy a la casa, a patadas rompo la puerta de lepa, tendré que pegarle a esa pisada que me llenó de hijas, para que no alegue del gasto, total ella tuvo la culpa del montón de hembras que tenemos. Lo haré si empieza con malas miradas y a pedirme pisto.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El extraño</span></p>
<p><span style="font-size: 85%;"><span style="color: #000000;"><em>Deathwish in the fading light<br />
Headlight pointing through the night<br />
Never thought I&#8217;d see the day<br />
Playing with my life this way<br />
</em>Sting/The Police<br />
</span></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Una fuerte llovizna caía al otro lado del ventanal de la que asumía era la sala de mi casa. Como una especie de efecto hecho a propósito por las luces de los autos y los transeúntes, se percibían, a través del vidrio empañado, figuras abstractas, impresionistas y espectrales. Un abominable y vertiginoso temor recorría mi ser e intenté hablar con palabras de aliento a ese yo interno para que dejara esa angustia. Pero poco pudieron hacer mis huecas palabras, algo sucedía en mis adentros.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">El ambiente me parecía en cierta forma incongruente, algo me desintegraba de la demás materia; si hubiera muerto, pensé, no me estaría pensando y reprochándome la incertidumbre. Intenté tomar una especie de lapicero que estaba encima de una repisa de la sala, para plasmar ese sentimiento en una hoja que observé tirada en el suelo, pero el lapicero se escurrió de mis manos innumerables veces, hasta quedar convencido de que era imposible sujetarlo y levantarlo. Durante varios minutos quedé estático en medio de la habitación, cuando algo motivó mi interés por ver quiénes estaban en las otras piezas de este lugar algo familiar; reconocí a Lucky, mi mujer, estaba sola en cama, completamente explayada; también Bruno y Camilo, mis dos hijos varones, aún dormían, talvez soñando con alguna figura imaginaria; pude ver sus imágenes mentales y sentí algo agradable y reconfortante.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Caminé por el corredor que daba a los diferentes ambientes de la casa, para que no pudieran oír mis pasos. Así llegué a mi estudio, un lugar pequeño, acogedor y que renunciaba a la luz con tan sólo correr una opaca cortina y una persiana americana. El lugar estaba arreglado de forma que mis libros más preciados quedaran guardados en una estantería de cedro, aromática, limpia, seca, y que recorría en media luna la habitación. Tranquilo pude observar los volúmenes compilados de mi pequeña colección, vi los lomos de “El mundo como voluntad y representación”, la colección de Allan Poe, Borges, Cortazar, H.P. Lovecraft, Nikos Kazantzakis, Milan Kundera, alguno que otro libro de filosofía occidental y psicología; varios libros de arte, fotografía, y diseño gráfico; el repetido color de la Enciclopedia Británica, mas otros libros de los cuales solamente algunos pude reconocer.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Observé hacia el suelo y noté varias hojas impresas desperdigadas, formando un sinuoso camino que conducía hacia un escritorio, incliné lo más que pude el cuerpo y concentré la vista en la hoja más cercana a mis pies, parecía el final y decía: <em>Esa noche Basilio abandonó en la alcoba a su mujer, reconoció su culpa y lejos de evadirla, llegó a la conclusión que la única forma de no sufrir la infamia y el divorcio era el suicidio, evitando así el peso de esta vida, aunque pudiera para otros significar, cobardía o torpeza</em>. El texto que leí me pareció ajeno y contradictorio a lo que creía mi realidad.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Subí la mirada de frente y observé que en el escritorio había una laptop abierta ya en modo de hibernación y una pequeña impresora láser encendida; pero mi admiración fue espeluznante al ver sentado en ese lugar a un hombre corpulento que estaba dormido como una montaña y se dibujaba a contra luz en una silueta desproporcionada. Recorrí de nuevo la alfombra buscando más detalles: noté un charco de sangre que probablemente se había formado horas atrás, caminé alrededor del escritorio siguiendo el origen de la sangre y vi que del lado que se reclinaba el cuerpo del hombre, el izquierdo, colgaba su brazo con un torniquete y una jeringa que aún suspendía del antebrazo goteando sangre. Me alarmé, aunque mis latidos eran nulos y la sensación duró un instante. Volví a observar al individuo, busqué su rostro y bajé mi vista hasta poder alcanzar a ver algo de sus ojos. Acongojado y convencido de que no necesitaba más elementos de juicio para creer que era yo mismo, sentí ahogarme.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Con dificultad abrí los ojos y me di cuenta de que había amanecido, todo giraba a gran velocidad como una intolerable embriaguez. Estaba tirado en un vertedero de basura, muchos dejaban caer bolsas encima de mí sin importarles mi presencia, solo giré a un lado para evitar que un camión me aplastara, sentí un agudo dolor en el brazo izquierdo, tenía clavada una aguja hipodérmica y avanzando una gangrena; pronto una excavadora me empujó al fondo de un hoyo lleno de basura y súbitamente se hizo todo oscuro. Agitado y desubicado me levanté en una cama de hospital, Lucky me haló de forma sutil del brazo izquierdo y sin sentir ningún dolor punzante volví a despertarme en el estudio, con el hombre extraño, del que no había despegado la vista de sus ojos; aterrorizado procuré salir de ese lugar pero en vano fueron mis esfuerzos<strong>,</strong> toda la casa estaba con llave, excepto la ventana de mi estudio. Intenté salir, pero afuera la visibilidad era nula, oscura y sólida.</span></p>
<p><span style="color: #000000;"><strong>Espectros caen del cielo</strong></span></p>
<p><span style="font-size: 85%;"><span style="color: #000000;"><em>Strangers passing in the street<br />
By chance two separate glances meet<br />
And I am you and what I see is me<br />
And do I take you by the hand<br />
And lead you through the land<br />
And help me understand the best I can.<br />
</em>“Echoes”, Pink Floyd<br />
</span></span></p>
<p><span style="color: #000000;">Al mirar al cielo veo las nubes que se convierten en no sé que cosas, veo los zopilotes en contra picado y el trasfondo del espacio azul profundo, una máquina se escucha resoplar y las sirenas suenan en distintos lugares de la ciudad. Esta monotonía no tiene otra respuesta que en el “interior del corazón”, es algo inexplicable. Un sujeto mutilado de las piernas pasa a mi lado y no le reconozco, pero me saluda con un ademán.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Sé que este ejercicio para mis letras es un abandono de mí mismo y la realidad, la búsqueda en la forma de las nubes me atrae e inspira a escribir estas líneas sin mayor sentido u objetivo, me confieso estar endeudado con el todo y a la vez con la nada y que la ciudad expele un paisaje decrépito y sórdido.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Ahora una putita me llama y quiere que la lleve a una pensión, evado su pedido y sigo recorriendo el espacio exterior con mi mirada introspectiva y dubitativa, pero encuentro que en la punta del Edificio del Centro en la cara oeste que da al Pasaje Aycinena, donde está el Cien Puertas, una figura se lanza al vacío y cae cerca de mí. Nunca he sido curioso de los percances humanos, pero me acerco asustado ante tal fatalidad y el hombre, ante mi asombro se levanta, me saluda y me dice en medio de sollozos: <em>¡Qué día tan maravilloso para morir!, ¿no cree?</em> Absorto, no respondo absolutamente a nada.</span></p>
<p><span style="color: #000000;">Una vieja indigente aparece a la par mía y observa lo mismo que yo, mueve la cabeza con sentido negativo y me dice tristemente: </span><span style="color: #000000;"><em>Este muchacho hace siempre eso para llamar la atención de los que les gusta ver hacia el cielo, pero siempre termina hecho mierda y se vuelve a tirar al siguiente día por la tristeza de que es incomprendido su salto, yo ya ni le pongo atención: desde hace 10 años que morí, cuando le vi caer por primera vez.<br />
</em><br />
Asustado, corro por las calles en medio de un déjà vu, cruzo la octava calle doblando hacia la novena avenida, dejo regados en el camino hojas, lapiceros y libros, trato de volver y recogerlos, pero un bus me tira y martaja contra un poste. Ahora ya recuerdo que esto sucede siempre, a esta misma hora y luego vuelvo a repetir la escena de estar viendo al cielo, la invitación de la joven prostituta, luego la punta del Edificio del Centro, el suicida que cae, la anciana y sus palabras que me causan un terror incontrolable de estar muerto, mi trágico accidente al querer huir de algo ineludible y luego se repite todo de nuevo sin piedad, excepto que alguien diferente me saluda desde el principio.</span></p>
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